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Lunes 09.04.2018 - Última actualización - 10:42
10:35

Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau)

Tontas canciones de amor

“Besos por celular” es la imagen más desgarradora con que una canción denuncia, no la ficción del amor, sino el amor a la ficción en una relación.

Gustav Klimt Foto: Archivo El Litoral




Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau) Tontas canciones de amor “Besos por celular” es la imagen más desgarradora con que una canción denuncia, no la ficción del amor, sino el amor a la ficción en una relación. “Besos por celular” es la imagen más desgarradora con que una canción denuncia, no la ficción del amor, sino el amor a la ficción en una relación.

Luciano Lutereau (*)

 

El ser humano es el único animal que todo el tiempo milita por la libertad, pero que el día que se enamora justifica hasta el más mínimo de sus actos en esa ficción de determinismo que es la “casualidad”. El amor no es un sentimiento o una emoción, sino que es la pasión temerosa (¡mala fe!) basada en establecer correspondencias en el universo para acercarse a otro ser humano. Porque, a diferencia de otros animales, el ser humano no soporta la libertad que imputa el amor.

 

Es más fácil cruzar el Rubicón que dar un beso. Un poeta español decía: “El primer beso es un robo”. Un amigo suele decir: “Hay que besar sin avisar”. Del modo que sea, siempre es una especie de tropiezo; y no debe haber nada más torpe que preguntar: “¿Te puedo dar un beso?”. Porque un beso se da, ¡no se pide! Hay varones que se la pasan pensando en el momento oportuno, y la neurosis es la creencia en ese instante que facilitaría el acto; así llegan hasta despedirse y el autorreproche por todas las veces en que podrían haberlo hecho. Hay mujeres que dan pie, que esperan, inducen, alzan las cejas, bajan los ojos, y no mucho más. La diferencia sexual no es anatómica, sino entre modos de ser-para-el-beso: el varón besa, la mujer se hace y deja besar. Porque un beso también se recibe. Y más difícil es recibirlo que darlo. Pero nada garantiza el acto, hasta que acontece: por lo general se piensa que se besa con los labios, pero es con la mirada que se actúa el beso. Los labios simplemente acompañan. Siempre es encantador ese momento en que casi por azar dos personas quedan enfrentadas y no hay otra opción que besar. Al beso se condesciende, más allá de la voluntad. El neurótico padece la búsqueda del beso, el cálculo y la ocasión, y se olvida de la mirada. El neurótico no ve la mirada. Pero la mirada se ve, por ejemplo, para besar. Al menos en el primer beso. Los demás obedecen a otras formas pulsionales: besos robados, besos brujos, besos escatimados, besos negros, besos suspirantes, besos aspirados, besos risueños, besos ruidosos, etc.

 

“Besos por celular” es la imagen más desgarradora con que una canción denuncia, no la ficción del amor, sino el amor a la ficción en una relación. Hace días que la imagen me da vueltas. Y pienso también en otro hábito común: enviar canciones de Youtube. Desde que el mundo es mundo, la música nos permite decir mejor lo que queremos decirle a alguien (habría que escribir alguna vez una Historia de la palabra de amor cantada); pero desde que existe Youtube se envían canciones no para acompañar a la palabra, sino para sustituirla. Ya no hablamos de amor, nadie se anima a decir cosas tan serias como “Tengo ganas de verte, ya pasaron muchos días” o “Hace mucho que no veía una mujer tan hermosa como vos con ese vestido”, sino que se envía alguna canción que diga “Miss you” o “Wonderful tonight”. Porque hay diferentes tonos y maneras de decir las cosas con canciones: se puede enviar una canción de un estilo diferente al que suele escuchar el destinatario, y así se consigue cierto efecto de sorpresa o humor; se puede enviar algo conocido, que funcione como referencia común y produzca intimidad; se puede compartir el secreto de una canción lejana, a través de la cual se genera la disposición afectiva para una conversación que nunca se tendrá. Cómo hacer cosas con canciones. Y no decir, como diría Freud, “eso que se debería decir”. Nos mandamos besos por celular, nos enviamos canciones, para sustituir una palabra faltante, para estar en contacto pero sin que nada nos toque. “Youtube y el decir alusivo” podría ser el título de un artículo que no voy a escribir. “Te lo muestro con una canción, que no es lo mismo que decirlo” podría ser otro. Algo parecido ocurre con el decir en la vida cotidiana, cuando citamos o hacemos chistes. Esto no quiere decir que la palabra seria no tenga humor; ¡al contrario! La diferencia está en el chiste que sustituye el decir, y decir un chiste; lo mismo pasa con la cita: una cosa es citar para no decir, y otra es decir con una cita. Lo mismo podría pasar con la interpretación del analista y el uso defensivo de la palabra en un análisis, con el que se puede redoblar la división fundamental del neurótico, que es quien reprime el decir. Y por eso envía canciones de Youtube. ¿Habría que dejar de hacerlo? ¡Nunca! Al igual que en los otros casos, antes que enviar una canción para no decir, mejor decir con una canción o, mucho más interesante aún, que la palabra imponga letra y música.

 

La palabra de amor es la que falta. Y la sustituimos con conversaciones ordinarias, con preguntas sobre la vida o la historia (signo, gustos, familia, lecturas, ideología política con especificación de intención de voto) de cada uno, pero falta la palabra faltante. A veces aparece como halago (“Te queda muy lindo ese pullover”), pero es demasiado ostensiva, es una palabra que busca el reconocimiento (“Gracias”). Otro modo de hacerla existir es a través del nombre, el surgimiento más o menos intempestivo de una palabra que sólo sirve para denominar, porque no tiene sentido: “Lu”, “Luchito”. Se empieza por diminutivos, pero luego adviene la destrucción del lenguaje y surgen nombres como “Pipi” o “Pu”. Esa forma más o menos esquizoide de llamar al prójimo es otro equivalente sustitutivo de la palabra de amor.

 

(*) Psicoanalista, Doctor en Filosofía y Doctor en Psicología (UBA). Coordina la Licenciatura en Filosofía de UCES. Autor de los libros: “Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante” y “Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina”.

 


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