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Sábado 12.05.2018
11:38

“No hay que llorar” de Roberto Cossa

La desintegración de una familia

El drama es mechado con algunas dosis de melodrama, para ir después hacia una extraña sensación de desamparo que envuelve por igual a todos los personajes, las nueras incluidas. Foto: Gentileza Producción / José Gunsett




“No hay que llorar” de Roberto Cossa La desintegración de una familia

 

Roberto Schneider

 

“No hay que llorar”, la obra del dramaturgo argentino Roberto Cossa, se estrena en el país en 1979, luego del gran suceso de crítica y público que fue “La Nona”. Se dibuja en ella una familia que se reúne a festejar el cumpleaños de la mamá; está integrada por tres hijos, dos de ellos casados con sus respectivas esposas, y el restante soltero. En medio del festejo, el descubrimiento de que la madre es propietaria de unos terrenos despierta en los codiciosos miembros de esa familia la siniestra idea de llevar a la anciana lentamente a la muerte, como si se tratara de un simple exceso de la celebración. La obra está muy bien escrita y tiene un mecanismo de relojería, una estructura perfecta. Como sostuvimos en el anterior estreno santafesino, hace diez años, tiene una vigencia casi demoledora. La ceremonia de celebración tiene algo de ritual buñuelesco, cargado de múltiples significaciones, que se renuevan en la puesta estrenada por el Grupo Amalgama en el Centro Cultural Roma.

 


La obra -como ya sostuvimos- es una lúcida, cercana, a veces trágica y a veces risible radiografía de la familia argentina que se aprecia en la escena mostrando la pasión, la competencia entre mujeres y la tortuosa relación entre madre e hijos, el acomodamiento y la rutina pero, sobre todo, los modos particulares de ser y hacerse familia de los argentinos. Las de ahora, las de siempre. En el transcurso de la pieza, Cossa ingresa al interior de esa familia para sacar a luz los conflictos que la cruzan, sin abusar del dramatismo y por momentos con un piadoso manto de ternura que de algún modo la absuelve de crímenes y pecados.
Con un estilo propio, el dramaturgo construye una tragicomedia que se desliza por distintos géneros y tonos con suma precisión, una fábula agridulce que entretiene y que, sin apelar a subrayados ni moralejas altisonantes, resulta bastante incisiva respecto del discurso imperante sobre determinado modelo de familia argentina. Aparecen en escena los infortunios, los desencuentros y hasta las tragedias, que no harán otra cosa que unir a los miembros de esa familia en una obra que no deja indiferente al espectador. Porque se sonríe, pero el mazazo llega con fuerza.

 

El director Eduardo “Gringo” Córdoba acierta al construir una puesta en escena sólida en varios aspectos. Porque muestra cómo la enfermedad de la madre hace estallar en minimalistas conflictos el drama que se esconde, aunque se vislumbra, con los hijos divididos por la misma ansiedad de poder económico. Así, el drama es mechado con algunas dosis de melodrama, para ir después hacia una extraña sensación de desamparo que envuelve por igual a todos los personajes, las nueras incluidas.

 

Se dibujan los personajes de Cossa y cómo representan cada uno un signo distinto de la mezquindad humana, puesta al servicio, en su mayoría, de la destrucción, a veces premeditada, a veces inconsciente, del otro, ya sea a través del amor asfixiante o el cariño fraterno. Con estos elementos, el dramaturgo dibuja un estado de locura latente, que se traduce en situaciones en las que cada personaje representa una idea distinta de la existencia, pero en su totalidad, esa familia parece responder a un único protagonista: mostrar que la irracionalidad y el caos a veces son parte de una sociedad, aunque sus integrantes no se den cuenta.

 

Los actores de este elenco tienen el empuje necesario para llevar por muy buen camino la responsabilidad de encarar una labor de indudable compromiso con el escenario. Elisa Coronel es una Esther correcta, demasiado marcada por la dirección; Eduardo Leva construye un Osvaldo querible y repugnante al mismo tiempo y es el mejor actor de la propuesta; Larisa Sánchez es la pretenciosa de mejor nivel, la que todo lo sabe. La actriz tiene sólidos recursos para la construcción de su personaje; Rodrigo Berger es el otro hermano con indudable entrega, Fabián Acosta resuelve muy bien a su personaje Gabriel y Mónica Mántaras es la madre que todo lo maneja, incluso la perversión. La actriz disfruta su personificación y hace la torta de su cumpleaños, que se comparte con el público. Son correctos los rubros técnicos, asumidos por Eduardo Córdoba en escenografía y el vestuario a cargo del mismo grupo, todos con el compromiso de alcanzar la propuesta de un autor que indaga en la fina línea divisoria que separa lo individual de lo social, lo psicológico de lo económico.
 


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