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Jueves 14.06.2018 - Última actualización - 7:58
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Sampaoli y los otros 22 tienen esa responsabilidad

Hay que ayudar a Messi

Se preparó todo el año para esto, eligió los partidos de Barcelona para jugar, fue al banco a pesar de que es algo que nunca le gustó, se lo nota más maduro y entendiendo que en las derrotas también puede aprender. El mismo se flageló diciendo que dio un mal ejemplo cuando renunció después de la final perdida hace dos años en Estados Unidos. Es el argentino que más ganas tiene de ser campeón del mundo.

Foto: Twitter Selección Argentina




Sampaoli y los otros 22 tienen esa responsabilidad Hay que ayudar a Messi Se preparó todo el año para esto, eligió los partidos de Barcelona para jugar, fue al banco a pesar de que es algo que nunca le gustó, se lo nota más maduro.. Se preparó todo el año para esto, eligió los partidos de Barcelona para jugar, fue al banco a pesar de que es algo que nunca le gustó, se lo nota más maduro y entendiendo que en las derrotas también puede aprender. El mismo se flageló diciendo que dio un mal ejemplo cuando renunció después de la final perdida hace dos años en Estados Unidos. Es el argentino que más ganas tiene de ser campeón del mundo.

Enrique Cruz (h) | (Enviado Especial a Moscú, Rusia)

 

Guillem Balagué, a quien tuve la dicha de conocer en alguno de los torneos internacionales en los cuáles la frialdad de la noche se hacía sentir y calaba los huesos –debe haber sido el Mundial de Sudáfrica o la Copa América de Chile- es el periodista que más sabe y mejor interpreta a Messi. Lo llevó a su pluma y supo escribirlo como ninguno. Y tiró dos o tres aseveraciones que, a menos de 48 horas de comienzo del Mundial, a uno le hace un poco de ruido interno.

 

“Leo tiene otra perspectiva con respecto a la derrota: antes lo mataba por dentro y ahora entiende que es parte del juego y desde ahí se puede aprender”, dice Balagué. Y enseguida agrega: “El siente que tiene la obligación de ganar el Mundial; y a eso fue a Rusia”.

 

Veamos. Si a estas palabras de Balagué las tomamos desde un costado positivo y alentador, se trata de la música más linda que puede escuchar cualquier argentino deseoso de que Messi levante la copa el 15 de julio en esta ciudad. Pero una mirada más crítica y no tan llevada por esa fiebre mundialista que suele agarrarnos cada cuatro años, significa que se le está tirando toda la responsabilidad a un solo jugador, cuando todos sabemos que no es sólo Messi el que se tiene que preparar para salir campeón del mundo, sino que necesita que haya “varios Messi” que vayan en la misma sintonía.

 

No hay otra forma de ganar el Mundial que no sea acompañándolo y bien. No comparto tanto aquello de que hay que definir el equipo que se recite de memoria, porque los antecedentes no avalan ese concepto. Cuando fuimos campeones en el 78, apareció Larrosa en los partidos finales y fue figura. En el 86 fue mucho más evidente. Bilardo arrancó con una idea táctica y la modificó a partir de Inglaterra. Recién allí –cuartos de final- apareció el verdadero equipo. El Negro Enrique no era titular, tampoco el Vasco Olarticoechea y el equipo marcaba con cuatro atrás. Giusti tampoco era el lateral-volante que terminó siendo, sino que jugaba de “8” tradicional. Y adelante, la compañía de Valdano no era Diego, como al final lo fue, sino que aparecían otros jugadores como Borghi o Pasculli.

 

Pero no nos vayamos tan lejos. Recuerdo todavía muy fresco aquél concepto terminante del Tata Brown de hace cuatro años, después de la sufrida victoria en cuartos de final ante Suiza, cuando aventuró que Argentina llegaba a la final si Sabella lo ponía a Demichelis en la zaga. Y así fue.

 

Los cambios se producen durante el Mundial, es algo inevitable. Son siete partidos, pero también digo que son siete finales. Y esto tiene un costo para el futbolista. El que tiene más de 30 años –y en esta selección hay algunos- sufre físicamente más que en la parte mental. En teoría. Pero la realidad indica que además de una gran preparación y de un entrenador que sea capaz de saber cómo empezar, cómo seguir y de qué manera terminar, se necesita también de una dosis de fortuna. Es muy difícil que sin la suerte a favor, sin algo no deseado ni tampoco provocado que se produzca, un equipo pueda limpiarse de rivales y alzar la copa. En Brasil, Argentina falló en pocas cosas. Quizás hubo algo de mala puntería, de errores individuales en el momento de definir, de algún yerro arbitral, pero, ¿no le parece que a Messi no lo acompañó la fortuna en aquella pelota cruzada que se fue rozando el palo?. Sólo él sabe y debe soñar con ver de qué manera se iba, por un par de centímetros, un remate que en la amplia mayoría de las anteriores ejecuciones –que las tuvo y muchas en el Barcelona- le hicieron gritar goles que jamás festejó como lo hubiese hecho con ese que no fue en el Maracaná.

 

Hay que ayudar a Messi a que salga campeón. Dicen que se preparó como nunca, que en este 2018 sólo pensó en Rusia y que lo demostró claramente cuando fue él quien eligió los partidos en los cuáles ser titular y los otros en los que hasta aceptó algo que no le gustaba “ni medio” y fue al banco. Fue él quien se lo sugirió a Valverde. Y lo hizo porque hoy tiene una ascendencia como ninguno en el vestuario del Barcelona y porque, interiormente, sabe que lo único que realmente quiere y desea es ser campeón del mundo con Argentina.

 

Pero solo no puede. Y es lo que Sampaoli y los 22 jugadores restantes deben saber y entender. Mucho más ellos, agraciados y privilegiados de poder compartir un equipo con alguien que afronta en esta adultez futbolística, un momento –otro más- de esplendor y capacidad de desequilibrio como no hay otro en este evento que nos paraliza cada cuatro años.

 

Fue muy sabio lo de Messi cuando dijo que “Argentina no es candidata”. De la boca para afuera quiso evitar el triunfalismo tan común en un pueblo tan futbolero como exitista. Pero en el fondo e interiormente, Messi no sólo quiere ser candidato, sino que desea y anhela como nadie ser campeón.

 

Y así llegó a este país que se abre como pocas veces a los miles y miles de turistas de todo el planeta que alteran su ritmo serio, estructurado, sin gritos ni desesperación. Rusia estará más abierto y permisivo. No quieren excesos, por más que ya la Plaza Roja se ha invadido de argentinos que desean, como lo deseamos todos, que Messi sea el que levante la copa en ese no tan lejano 15 de julio que lo puede sentar, por fin y para siempre, en el trono glorioso que se merece.


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