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Domingo 17.06.2018 - Última actualización - 11:44
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Espacio para el psicoanálisis

Parejas separadas




Espacio para el psicoanálisis Parejas separadas

Luciano Lutereau (*)

 

Tengo un amigo que, en chiste, suele decir que el matrimonio es “cosa del pasado”, una institución que sólo era viable en una sociedad en la que la expectativa de vida rondaba los 50 años. Hoy en día, cuando las personas viven hasta casi 90 años, sigue diciendo mi amigo, sólo quedan dos opciones: casarse después de los 40 (un fenómeno en ascenso) o separarse a los 40 (un fenómeno habitual también). Mi amigo dice en broma que también está la solución tradicional de la viudez, pero que una pareja que cumpla 70 años juntos es una barbaridad del mundo civilizado. 

 

Yo lo escucho con atención y pienso en algo que es frecuente en la práctica del análisis: los varones de cerca de 60 se encuentran con un límite real para el erotismo, no porque la erección pueda faltar (ese límite ya fue trascendido), sino porque el erotismo del varón depende mucho más de la belleza que el de la mujer. Después de cierta edad, a los varones no les gustan las mujeres de su edad; es cierto que una mujer madura puede ser hermosa, pero suele no producir deseo. El deseo necesita la juventud y quizá cuando hace algunos años, cerca de los 60, un tipo se retiraba de la vida sexual, todo era más fácil. Al menos para la familia. Y quizá para él mismo, porque ahora tiene que lidiar con un deseo que es más fuerte que su cuerpo, un deseo que es más potente que su pene. Mientras que las mujeres después de cierta edad, pueden prescindir de la belleza del varón para excitarse: en realidad, esa condición sólo tuvo un sentido breve en la vida de una mujer, en la adolescencia, cuando las jóvenes se enamoran de los “lindos”. En cierto punto, mi amigo tiene razón: una vida sexual sin condiciones ni decadencia, puede ser el infierno de la especie. Lo es.

 

Por otro lado, un temor muy frecuente en algunos varones hoy en día es que sus mujeres los dejen. Por eso se autodefinen como “inseguros”. Así es que se enojan con el feminismo y la liberación femenina, pero esto no es lo esencial sino la fantasía subyacente: que alguien te puede dejar por otra persona, que somos intercambiables. Hace un tiempo escuchaba a (Graciela) Borges en una entrevista decir: “Una mujer nunca deja si no la dejaron antes”. Es una idea muy clínica, que explica también el saber popular que dice que las mujeres hacen el duelo durante las relaciones. En ese sentido, el temor de los varones está justificado, sólo que es reactivo: ellas pueden dejarlos, porque ellos las dejaron antes, por ejemplo, cuando no les prestaron atención o no las escucharon. Así, la inseguridad no es un rasgo de carácter, sino un autorreproche encubierto y la idea de ser dejado por otra persona es un castigo fantaseado. Este temor a veces se expresa en otra fantasía: que si la relación se consolida, entonces se van a aburrir, el sexo se volverá monótono, el deseo se perderá. Y sin duda eso puede pasar (y suele pasar), pero ¿es sólo un deseo sexual lo que un varón puede darle a una mujer? Esa fantasía es la mejor forma de dejarla.

 

La pareja no es pacto, sino conflicto. Cuando en una pareja surge el pacto, ahí ya hay separación. Muchas parejas se van separando mientras están juntos. Un pacto muy común en parejas separadas, sobre todo cuando hay hijos de por medio, es que cada uno haga su vida mientras el otro no se entere. Esto que parecía una condición de ciertos matrimonios de otro tiempo que, por ejemplo, dejaban de dormir juntos o de vivir en la misma casa, pero nunca tramitaban el divorcio, me sorprende ver que es una dimensión también presente en parejas que hoy tienen alrededor de 40-50. Son “parejas separadas”, que es un modo también de estar en pareja; por ejemplo, con un ex que participa de la vida cotidiana, con el/la que está todo bien, mientras que el otro no sepa... Pacto de silencio, para estar juntos, pero separados. Separación física, que permite que cada uno administre sus tiempos, su vida erótica, etc., pero sin separación psíquica. Hace un tiempo una pareja me decía en una entrevista, una y otra vez, “desde que nos separamos” y era tan insistente esa expresión, que confirma su carácter contrario: estar separados era la mejor manera que habían encontrado para estar juntos. 

 

Por eso no estoy de acuerdo con la perspectiva que piensa las relaciones humanas en términos de contrato, acuerdo, etc.; para mí lo que une es el deseo y el deseo es conflicto y hay diversas maneras de posicionarse ante el conflicto, más o menos sintomáticas, pero, en fin, todas productivas en cierta medida. El contrato, el pacto, el acuerdo, son modos de separación y lo notable es que, así como muchas personas hicieron de la posición de “soltero” una forma exitosa de rechazar la interpelación del otro, ahora me llama la atención la autodefinición de quienes se llaman “separados” a sí mismos. Es toda una posición.

 

(*) Psicoanalista, doctor en Filosofía y doctor en Psicología (UBA). Coordina la Licenciatura en Filosofía de Uces. Autor del libro “Más crianza, menos terapia” (Paidós, 2018). 




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