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Martes 26.06.2018 - Última actualización - 8:34
6:23

Argentina se juega la clasificación ante Nigeria en San Petersburgo

Que sea la noche más blanca de todas

En esta ciudad en la que, para esta época, la noche cerrada es de apenas un par de horas y casi se confunde el crepúsculo con el amanecer, la selección, apostando a los de experiencia, llega para cambiar una pésima imagen y entrar en octavos. Otra vez habrá varios cambios de nombres y hasta de esquema.

El “10”, en el centro de la escena. De lo que haga Messi dependerá gran parte del destino de la Selección, pero no puede solo y eso ya quedó ampliamente demostrado. Banega es el socio que pidió y la “Pulga” necesita del pase preciso del ex Boca para encontrar los espacios. Foto: Télam




Argentina se juega la clasificación ante Nigeria en San Petersburgo Que sea la noche más blanca de todas En esta ciudad en la que, para esta época, la noche cerrada es de apenas un par de horas y casi se confunde el crepúsculo con el amanecer, la selección, apostando a los de experiencia, llega para cambiar una pésima imagen y entrar en octavos. Otra vez habrá varios cambios de nombres y hasta de esquema. En esta ciudad en la que, para esta época, la noche cerrada es de apenas un par de horas y casi se confunde el crepúsculo con el amanecer, la selección, apostando a los de experiencia, llega para cambiar una pésima imagen y entrar en octavos. Otra vez habrá varios cambios de nombres y hasta de esquema.

Enrique Cruz (h) | deportes@ellitoral.com
Enviado Especial a San Petersburgo, Rusia

 

Ya estamos en ésta, la ciudad que, entre otras acepciones, se la conoce como la “ciudad de la noche blanca”. Esto se da, aproximadamente para esta época del año.

 

El sol no se pone hasta las 10 de la noche, pero el crepúsculo dura toda la noche. El crepúsculo se eterniza y la tímida luminosidad celeste crea un baile continuo de colores en el solsticio de verano, cuando la noche apenas dura una hora. O nada.

 

Llena de museos y catedrales ortodoxas, algunas de ellas muy grandes, San Petersburgo es una de las máximas atracciones de Rusia. Pero no creo que tengamos mucho tiempo para disfrutar de tanta belleza e historia. Hay cuestiones urgentes por atender, que nos ocupan y preocupan a todos. Y es lo que sucederá en la noche de este martes (las 15 de Argentina), cuando quizás con muy poca noche, esperemos que no se nos venga la noche y que podamos disfrutar de la “noche más blanca de todas”.

 

El estadio es lisa y llanamente espectacular, como todos los estadios de esta copa del mundo. Pero este tiene esa modernidad y olor a nuevo que impacta.

 

Antes, en el mismo lugar había otro estadio en el que entraban 110.000 personas. A nuevo se construyó el actual, que lleva el nombre de Krestovski, con capacidad para 68.000 espectadores, inaugurado el año pasado con un costo total estimado en la friolera de 1.100 millones de dólares.

 

Después de todo lo que se habló en estos días y de tantos cruces mediáticos u opiniones que, en algunos casos, suman y en otros sólo se busca la destrucción, llega el momento de la verdad. Y esa verdad la tienen los jugadores adentro de la cancha. “No queremos que el Mundial termine el martes para nosotros”, dijo Mascherano, entre tantas otras frases en las que habló de la “descomposición” que sufrió el equipo en la última media hora del partido ante Croacia y la necesidad de que aparezca el “funcionamiento” para ganar y pasar.

 

Llegar al partido con “la mayor cantidad de certezas” es algo que Mascherano pide y quiere. Mascherano y los otros 44 millones. El tema es: ¿cómo pretendemos llegar así?, ¿con qué fundamento?. Es que el pasado inmediato nos condena. Dos partidos malos, un equipo que no aparece, un entrenador confundido, una sensación latente de improvisación y un descrédito generalizado que no nos permite ir más allá de la espera por un milagro futbolero.

 

Mascherano es el símbolo de una generación que debería ser dorada, pero no, asiste ahora a esa inocultable inclinación que tenemos los argentinos para autoflagelarnos, para entrar en la promiscuidad absurda alimentada por esas redes sociales convertidas en cloacas o en algunos personajes que quieren trascendencia a partir del cuento barato (elegante forma de mencionar al “puterío”).

 

Pero como escribíamos en la columna de la víspera, hay algunas cosas dentro de las tantas que se dicen que son ciertas. Sobre todo cuando el análisis futbolero nos lleva a evaluar la pobreza franciscana de un equipo que no tiene brújula y que ha esquilmado a esta generación que debería ser dorada y que tiene, ni más ni menos, que a uno de esos jugadores que aparecen muy de vez en cuando en el planeta. Me refiero a Messi, obvio.

 

Volverá a las fuentes Sampaoli. Armará un equipo “normal” desde lo táctico, sin complicaciones, con ese 4-4-2 con el que se para la gran mayoría y con la vuelta de varios referentes que se habían perdido en la nebulosa de la mediocridad luego de aquella desconcertante actuación y resultado frente a Islandia.

 

Que ataje Armani era un hecho “cantado” que se debió adoptar desde el mismo arranque del torneo (es el mejor por momento, por continuidad y porque ataja en su equipo). Línea de cuatro atrás (si juega Rojo, va Mercado de “4 con Otamendi, Rojo y Tagliafico; si juega Salvio, Mercado pasa a la zaga; otros cuatro en el medio (Enzo Pérez, Mascherano y los retornos de Banega y Di María), más dos delanteros (Messi y otra de las dudas que prolonga la decisión final de Sampaoli: Agüero o Higuaín).

 

Esto es “morir con las botas puestas”. A la mochila se la cargan los de experiencia y si el esquema es el planteado, será el tercero al que se apelará en este Mundial de cambios constantes, de muchas incertidumbres y de niveles paupérrimos en lo individual y colectivo. Lo de las “mayores certezas” que pide Mascherano es lo que más preocupa y ocupa. No hay muchos motivos para confiar en que así será. Pero el fútbol tiene esa resistencia a la lógica natural que permite abrigar una pizca de esperanza. Una pizca nada más.

 

¿Cómo incide el factor humano?
Por Pablo Sucarrat (*)

 

La selección en este mundial sufrió un duro revés y las críticas no se hicieron esperar. Se habló de la falta de juego colectivo, se habló del sistema, se habló de la falta de autoridad del entrenador y así se podrían mencionar todas las opiniones que giraron en torno a esa derrota.

 

Pienso que el grupo apelará al factor humano para salir adelante. Desde reunirse y poder decirse las cosas cara a cara, como intentar cambiar el clima, buscar contagiar otro tipo de emociones. Apelar a su historia deportiva y focalizarse en aquellas cosas que le den fortaleza y confianza para el juego.

 

El peso de llevar la camiseta de la selección es un honor, pero también conlleva diferentes responsabilidades. El cuerpo técnico, sus auxiliares, el entorno a la selección, obviamente con los jugadores, sienten esa necesidad de revertir esta situación adversa.

 

La prueba del consenso. Mascherano charla con Sampaoli, con los apuntes del DT en su libreta como tema excluyente. El equipo tiene el sello de lo que prefieren los jugadores.Foto: Gentileza Infobae

 

Nosotros, desde nuestro lugar, debemos ser responsables y no generar ese ruido de la crítica, al menos esperemos que el Mundial termine. Porque mientras hay chance, debemos aferrarnos a esa realidad de la posibilidad concreta de que las cosas cambien y fortalecer, con nuestro humilde apoyo de hinchas, a ese grupo que quiere salir adelante.

 

A nuestra selección le falta trabajar el aspecto mental porque no tiene psicólogo deportivo, ya que el entrenador no lo quiso. Lo más importante ahora es dar nuestro apoyo a este factor humano. Apelar a la humanidad de aquellos que parecían semidioses, pero que no lo son. Ese mito de que los jugadores, porque son profesionales, ya dejan de sentir, sufrir y equivocarse, se cae y la realidad demuestra que son tan humanos como cualquiera de nosotros. Y que por nuestra condición necesitan del apoyo de su país para poder hacer fuerza y salir de esta crisis emocional y deportiva.

 

(*) Psicólogo deportivo

 

Formación Argentina - Nigeria.Foto: El Litoral

 

Diario de viaje
 

Otro aporte a lo culinario. Evidentemente, los argentinos estamos acostumbrados a comer y mucho. Acá todo es tipo gourmet. Platos ricos pero no abundantes. Y tomarse un vino exige pensarlo bien porque los precios no son accesibles en un restaurante (distinto ocurre en un supermercado). Se puede llegar a pagar hasta 800 o 1.000 pesos nuestros por un vino, aunque este domingo nos deleitamos con uno que costó 590 rublos (o sea menos de 300 pesos). Algo interesante desde el paladar y el precio.

 

Eso sí. La simpática y atractiva rusa que nos atendió, fue clara y concreta: “se lo toman antes de las 22 sí o sí”. Y como acá las leyes se respetan o se respetan y no hay “lola”, hubo que tomarlo en forma, digamos, acelerada.

 

Eran las 21.40. Así que experimentamos la extraña sensación de bajarse un tinto entre dos en 20 minutos... La puerta giratoria de salida del restaurante, parecía un trompo...

 

Enrique Cruz (h)

 


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