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Martes 10.07.2018 - Última actualización - 13:51
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Tribuna de Opinión

Agrotóxicos: la nueva grieta inventada entre el campo y la ciudad

Basados en la contradicción imaginaria de “oligarquía” y “pueblo”, el populismo y la izquierda marxista han impulsado históricamente el antagonismo entre el agro y la ciudadanía urbana. El ataque a los fitosanitarios se inscribe en esta estrategia para la propia supervivencia.




Tribuna de Opinión Agrotóxicos: la nueva grieta inventada entre el campo y la ciudad Basados en la contradicción imaginaria de “oligarquía” y “pueblo”, el populismo y la izquierda marxista han impulsado históricamente el antagonismo entre el agro y la ciudadanía urbana. El ataque a los fitosanitarios se inscribe en esta estrategia para la propia supervivencia. Basados en la contradicción imaginaria de “oligarquía” y “pueblo”, el populismo y la izquierda marxista han impulsado históricamente el antagonismo entre el agro y la ciudadanía urbana. El ataque a los fitosanitarios se inscribe en esta estrategia para la propia supervivencia.

Néstor Vittori

Ex presidente de Carsfe

 

Durante muchos años, la grieta entre el campo y la ciudad en la opinión pública argentina fue alimentada por el populismo y también por el comunismo basados en la contradicción imaginaria entre “oligarquía” y “pueblo”, como modo de esgrimir un enemigo en el desarrollo de un campo antagónico. La unificación de las demandas es necesaria para concentrar a distintos sectores -aún con diferencias entre sí- frente a un enemigo común, que representa la frustración de sus diversos reclamos.

 

Fue el contenido del discurso del líder carismático de turno, que actuaba como un significante vacío o flotante, según las necesidades y que por inversión se constituía en el catalizador hegemónico y difuso de esos reclamos.

 

Esta grieta fue en gran medida el fundamento para la política anti agraria de la mayoría de los gobiernos de los últimos setenta años, que utilizaron distintos mecanismos para que el Estado se apropiase de la renta de la producción rural, mediante discriminaciones fiscales.

 

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Aquella vieja contradicción hoy evidencia claramente su falsedad, y la opinión pública ya no cree en su existencia, fundamentalmente porque la evolución en la tenencia de la tierra ha experimentado cambios que alejan de la misma cualquier connotación “oligárquica”, ya sea por subdivisión hereditaria, como de desarrollo de verdaderas empresas rurales con economías de escala, y aún por la intervención de fondos de inversión, que en su participación atomizan la titularidad de dominio de la tierra, concentrando sus esfuerzos en la rentabilidad de la actividad productiva, más allá del aspecto patrimonial del factor tierra.

 

Y más aún, debido al asociativismo y la concentración de inversiones en tecnología, que muchas veces excede la relación con las superficies individuales para concretarse en proyectos cooperativos -o de terceros especializados- que brindan servicios a esas empresas o productores que no tienen una dimensión que justifique la inversión individual.

 

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Con la falsedad a la vista y desaparecida la relación causal de la “grieta” porque no hay “oligarcas”, el populismo y la izquierda marxista -que después del año 1989 (de implosión del comunismo soviético) se han refugiado en el feminismo anti patriarcal y anticapitalista, en el indigenismo colectivista comunitario y el ecologismo fundamentalista-, necesitan crear nuevas grietas para mantener sus convocatorias, apelando sistemáticamente a la mentira. Tal es el caso de la relación campo ciudad, inventando contradicciones, afirmaciones y sospechas que tratan de instalar, a partir de la ignorancia por parte de la comunidad urbana respecto de la problemática rural, una imagen de actividad peligrosa, contaminante y nociva para la salud debido a la utilización para su producción de productos fitosanitarios, que en realidad están debidamente controlados y habilitados por la autoridad sanitaria nacional que es el SENASA.

 

Cabe aquí señalar el particular ataque de grupos ecologistas a la utilización del Glifosato, que es el herbicida que ha posibilitado el desarrollo de la agricultura transgénica de soja y maíz, luego de la valiente y decidida intervención en su momento -a principio de los 90 del siglo pasado- del entonces secretario de Agricultura Ing. Felipe Solá y del presidente Carlos Menen, quienes habilitaron la siembra de la soja transgénica con la asociación del Glifosato como herbicida.

 

Sin duda les cabe la paternidad de lo que Héctor Huergo, prestigioso columnista agropecuario de Clarín, denomina “la segunda revolución de las pampas” que posibilitó luego, con el desarrollo de los maíces transgénicos, el gran salto de producción que en menos de 30 años nos llevó de 35 millones de toneladas de granos -en 1989- a 130 millones de toneladas en la campaña 2016/17 y que son las que pagan las cuentas cuando el país se empantana económica y financieramente como ocurrió luego de la crisis del 2001. El faltante de granos por factores climáticos se evidencia en nuestro déficit de balanza comercial en el presente año.

 

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La izquierda y el populismo necesitan ese enemigo, y si no lo tienen lo inventan, como ocurre con la atribución de relaciones causales entre la aplicación de agroquímicos como el Glifosato con la aparición de enfermedades, malformaciones y patologías cancerosas, de las cuales lo inculpan sin demostración de nexo causal alguno, por el solo hecho de que el lobby ecologista ha logrado incluir dicho agroquímico -como otros- en el listado de productos que eventualmente podrían originar cáncer, pero sin tener comprobación alguna en su afirmación.

 

Más de 900 estudios realizados por distintos organismos de investigación, como universidades, centros de investigación organismos bromatológicos oficiales son concluyentes respecto de la inocuidad del herbicida, que dicho sea de paso fue inicialmente objetado por la Comunidad Económica Europea, en defensa de sus agricultores, que ante la explosión productiva de Estados Unidos y Latinoamérica, se transformaron en incompetentes por diferencias de escala y productividad.

 

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Sin duda, la producción agropecuaria argentina, aún en la adversidad de una sequía como la que soportamos en el último ciclo agrícola, agravado por la salida de la misma con un exceso de lluvias que afectaron el fin de ciclo, sigue siendo un factor de genuina estabilidad para la economía del país con el agregado muchas veces ignorado, de que los productores constituyen una auténtica y estable burguesía nacional, que reinvierte su renta principalmente en la modernización tecnológica de sus explotaciones para lograr una mejor y mayor producción, arrastrando en ese proceso a la evolución de la agroindustria en el desarrollo tecnológico y la competitividad, fomentando la economía del interior del país y constituyéndose en generador de trabajo formal y permanente para más de 6 millones de personas.

 

Es posible que al populismo y al comunismo, que están en retirada en la mayoría del mundo, no les importe destruir -como los ejércitos derrotados- las bases de sustentabilidad de las sociedades que fueron su campo de disputa, y entonces violen, quemen o rompan todo lo que encuentran a su paso.

Sin duda la producción agropecuaria argentina, moderna y eficaz, es un enemigo al que hay que vencer de la manera que sea, para generar la miseria que constituya la “base objetiva de la revolución” que habilitaría la toma del poder.




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