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Jueves 06.09.2018
18:43

Mesa de Café (por Remo Erdosain)

Las encrucijadas argentinas



Mesa de Café (por Remo Erdosain) Las encrucijadas argentinas

Remo Erdosain

 

—Admitamos que las cosas andan mal y después seguimos hablando -digo como para abrir el debate.

 

Estamos desde temprano tomando café y conversando. En el bar hay un clima que no merece calificarse de fúnebre, pero sí de luto. Caras largas, silencios prolongados, todos hablan en voz baja como si estuvieran en un velorio o con temor de despertar a alguien.

 

—Andan mal las cosas, es cierto -dice Marcial-, pero la diferencia que yo tengo con José es que vamos a salir con este gobierno, mientras él cree que van a salir no sé... con Cristina... con Massa... tal vez con Barrionuevo.

 

—Si esas son las salidas... -suspira el cura Ramón.

 

—No me diga cura que usted se pone al lado del gobierno -exclamo.

 

—Ni al lado ni al frente...

 

—Se lava las manos -acusa José. El cura lo mira, parece que se va a enojar, pero después se ríe.

 

—Anda y preguntá en mi parroquia si yo me lavo las manos... ¿o vos te creés que el compromiso del que tanto te gusta hablar consiste en hablar al pedo a favor de los pobres en el bar?

 

—Entonces -insiste José- perdóneme, pero no lo entiendo.

 

—No hay mucho que entender. Predico el Evangelio, me esfuerzo por estar a la altura de la Palabra que es estar a la altura de la historia, pero no me embandero con causas políticas.

 

—Sin embargo, los curas villeros sí lo hacen.

 

—Algunos... y allá ellos -responde el cura-, yo no duermo de ese lado, los curas somos curas... no nos ha ido bien cuando hemos intentado meternos en política o alinearnos en batallas cívicas... no es lo nuestro, no estamos acá para eso y, además, la gente no espera eso de nosotros... no quiere que seamos diputados o concejales o que pregonemos las bondades de algunos modelos político... soy cura en un mundo y en un tiempo complicado pero sé bien lo que tengo y lo que no tengo que ser.

 

—¿Y la solidaridad con los pobres?

 

—La practico todos los días, ya te lo dije, y lo hago sin alharaca, sin poner condiciones, ni siquiera condiciones religiosas. Y lo hago todos los días.

 

—Pero admita que hay días peores que otros.

 

—¿Y a mí me la vas a contar? ¿O vos te creés que ésta es la primera vez que pasamos por una tormenta o una crisis? En 2002, con tu amigo Duhalde de presidente, los pobres en el país superaron la cifra del cincuenta por ciento... y en el último gobierno de Cristina también estuvimos jodidos... ¿o vos sos de los que creen que los pobres llegaron con Macri?

 

—Pobres había de antes, pero con Macri son más.

 

—Si vamos a hacer estadísticas, nunca hubo tantos pobres como con Duhalde.

 

—Pero la culpa no la tuvo Duhalde.

 

—No sé quién la tuvo... pero admití conmigo que Duhalde algo habrá tenido que ver... y además, ya que me buscás la boca, te digo otra cosa: no era necesario acorralarlo a De la Rúa para que renuncie... tenía muchos defectos este muchacho, pero era el presidente elegido por los argentinos y, por lo tanto, había que respetarlo, cosa que no se hizo.

 

—No me diga que ahora es delarruísta.

 

—Ni lo soy ni dejo de serlo... lo defiendo a De la Rúa como defendí a Alfonsín, a Menem y defendí a Néstor y a Cristina, porque lo que se defiende, si uno cree en serio en la democracia, es la institucionalidad, eso que a los argentinos les cuesta tanto aceptar, porque acá, mi querido, todos somos institucionalistas cuando el que gobierna es amigo, pero ni bien llega uno que piensa distinto empezamos a conspirar en su contra.

 

—Usted me va a perdonar, cura, pero yo no estoy de acuerdo con lo que estás diciendo -replica José-, entiendo sus preocupaciones, pero el meridiano mío en todos estos casos son los pobres.

 

—Y el mío también -contesta el cura levantando un poquito la voz-, el mío también... pero hay que estar con los pobres en todas, no en las que nos conviene... y además, estar con los pobres es también advertir contra aquellos que los manipulan, que los usan como carne de cañón, que los alientan a los saqueos, los que los chantajean con planes sociales o pequeñas dádivas... los que los arrean como ganado para ir a actos públicos... Acá en este bendito país hay mucha gente que se ha hecho y se hace millonaria en nombre de los pobres...

 

—Yo vuelvo al principio -digo-, las cosas están mal y me parece que van a seguir mal por un tiempo más.

 

—Se suponía -insiste José- que Macri llegaba para arreglarlas.

 

—Y yo creo que sinceramente intenta hacerlo -responde Marcial-, pero setenta años de demagogia, despilfarro de recursos, de gastar más de lo que se gana, convivir alegremente con tasas inflacionarias altísimas, creer que los problemas sociales se resuelven de la noche a la mañana gracias a la intervención de un líder supuestamente “sensible”... dejan hábitos, privilegios, costumbres...

 

—Vos dirás lo que dirás -responde José-, pero en la Argentina los mejores momentos de felicidad el pueblo los vivió con el peronismo.

 

—Yo no voy a negar lo evidente -digo-, pero admitamos que esa cadena de felicidad se cortó hace rato y, además, nunca fue gratis.

 

—Eso dicen los gorilas.

 

—Seré gorila... qué se le va a hacer...

 

—Lo que yo sé -observa el cura Ramón- es que no hay posibilidades de distribución si no existen niveles altos de acumulación. Algunos, dicen que estas cosas van juntas; otros, dicen que va primero una y después la otra, pero lo cierto es que en estos últimos setenta años la mayoría de las veces nos hemos equivocado al ritmo de una crisis cada seis o siete años.

 

—Lo que Macri se propone -dice Marcial- es terminar con esto.

 

—Supongo que se debe proponer eso -responde el cura Ramón-, pero en la cancha se ven los pingos y hasta ahora los pingos siguen en gateras.

 

—Admita que algo se ha hecho.

 

—Puede ser, pero lo más importante todavía no se hizo -contesta el cura.

 

—Ese es mi cura -festeja José.

 

—Vos no te entusiasmés tanto, porque ustedes tampoco lo hicieron, y es más, en algunos aspectos lo que hicieron fue un desastre.

 

—¿Por ejemplo?

 

—La corrupción, por ejemplo, robaron escandalosamente, y le robaron al pueblo, a los que más necesitan... pero además, no sólo corrompieron, también se equivocaron fiero en muchas cosas. Y si no, mirá las cifras devastadoras que dejaron...

 

—O sea, cura, que usted está con Macri.

 

—Seguís meando fuera del tarro... no estoy con él... no podría estarlo... pero tampoco estoy con ustedes, por lo que por el momento me conformo con simplemente apoyar la institucionalidad del país: que Macri gobierne, que termine su mandato y si no nos gusta que lo saquemos con los votos.

 

—Eso queremos todos -digo.

 

—No estoy tan seguro -responde el cura.

 

—Si el gobierno choca la calesita -sentencia José- no nos puede después echar la culpa a los peronistas de los destrozos.

 

—Depende -dice Marcial-, un gobierno puede chocar la calesita porque conduce mal, pero también la puede chocar porque al conductor lo obligaron a chocarla.

 

—No se hagan las víctimas -dice José-, porque de víctimas ustedes no tienen nada.

 

—Nosotros no nos vamos a hacer las víctimas -dice Marcial- pero convengamos que ustedes tienen unas ganas bárbaras de ser victimarios.

 

—A los gorilas, como buenos gorilas -reflexiona José- les encanta irse por las ramas, pero lo que es cierto es cierto: despidos, pérdida de poder adquisitivo, inflación, más pobreza...

 

—No comparto -concluye Marcial.

 

“Acá, mi querido, todos somos institucionalistas cuando el que gobierna es amigo, pero ni bien llega uno que piensa distinto empezamos a conspirar en su contra”.

 

“Lo defiendo a De la Rúa como defendí a Alfonsín, a Menem y defendí a Néstor y a Cristina, porque lo que se defiende, si uno cree en serio en la democracia, es la institucionalidad, eso que a los argentinos les cuesta tanto aceptar”.




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