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Martes 23.10.2018
19:30

Tribuna de opinión (por Néstor Vittori)

¿Quién es John Galt?



Tribuna de opinión (por Néstor Vittori) ¿Quién es John Galt?

Néstor Vittori

 

Esta pregunta es la incógnita que enhebra el desarrollo de la novela de Ayn Rand “La rebelión de Atlas”, uno de los libros más leídos en la historia de los Estados Unidos, tan sólo superado por la Biblia.

 

La trama de la novela conjuga la ficción propia de toda novela, con un fuerte componente de definiciones filosóficas, económicas y políticas, que lo ubican en el plano ideológico de la derecha norteamericana, con una proyección de difusión popular única en sus resultados y eficacia.

 

Si la derecha necesitaba una Biblia para oponerse al “progresismo” socializante, sin duda en el libro de Ayn Rand la ha encontrado.

 

La trama de la novela se desarrolla en la fuerte contradicción, entre el individualismo creador, generador de proyectos y emprendimientos exitosos a lo largo de la historia de los Estados Unidos, con un afianzado y respetado derecho de propiedad sobre los medios de producción y de su renta, frente a una tendencia cada vez más marcada, de regulación de las actividades productivas desde el Estado, apropiándose cada vez más de la renta privada, por la vía de los impuestos, favoreciendo la apropiación de invenciones y creando beneficios para los amigos del poder, por un lado, y por otro favoreciendo una creciente presión sindical en las empresas, a costa de su competitividad interna y externa y el desaliento de la inversión.

 

La respuesta a este estado de cosas, representada por John Galt, es el abandono de las empresas por parte de sus dueños, buscando refugio en un valle secreto, invisible para el espionaje, donde los emprendedores que abandonaron sus empresas, comenzarán a prepararse para sustituir el inevitable fracaso del gobierno y toda la gama de saqueadores de la productividad empresaria, satanizada por no adherir al descontrolado altruismo del modelo del “estado de bienestar”, especializado en repartir la riqueza que generan otros, pero sin crearla sustitutivamente.

 

La trama ficcional, así como el modelo filosófico económico y político que propone, tiene una lógica capitalista absolutamente clara, sin perjuicio de su validez en muchos sentidos, particularmente cuando rescata el principio moral de la procura de la ganancia como motor de todo el sistema, el derecho a la misma y la negativa a retribuir esfuerzos no realizados, confinando la decisión altruista a una lógica excedentaria, pero de ninguna manera condicionante de la rentabilidad empresarial. Rand se coloca en un extremo que abre sin duda una grieta formidable en la realidad actual de la sociedad americana, que se debate con obvios signos de decadencia de su gravitación mundial.

 

Acaso, el libro sea un espejo de lo sucedido en Argentina en los últimos 70 años, donde se han despilfarrado 50 años de acumulación de riqueza y desarrollo, producto de un crecimiento continuado a más del 6 % anual, que nos había colocado entre los 10 países más ricos y desarrollados del mundo.

 

Los 70 años de populismo que siguieron a la crisis del 30 y el final de la Segunda Guerra Mundial, no solamente malgastaron las inmensas reservas acumuladas en el Banco Central. Perón alguna vez dijo que no se podía caminar en sus pasillos por tanto oro acumulado. Y en pocos años los gobiernos argentinos comenzaron la danza del endeudamiento, hasta llegar a la realidad de hoy donde tenemos comprometido como deuda más del 70 % del PBI de un año, con el consiguiente costo de intereses, que asociado a nuestro crónico déficit fiscal no hace más que aumentar la deuda y las dificultades para conseguir financiamiento.

 

El abrupto cambio de escenario que provocó la corrida cambiaria de los últimos meses por la concurrencia de causas -algunas reales y otras especulativas-, nos ha depositado en el sitio imaginado por Ayn Rand, y ha convertido sin duda sin quererlo al presidente Macri en el émulo argentino del personaje central del libro.

 

Contra todas las resistencias al ajuste, contra toda la voluntad gradualista del gobierno, contra toda la demonización del FMI, se impone la realidad de un mercado que ha marcado un punto límite a la posibilidad argentina de obtener financiamiento en el mercado voluntario de crédito y que ha dicho basta a la desproporción del Estado Argentino, a la incompetencia de la estructura laboral, a la dimensión incompatible de la estructura estatal en relación con la dimensión de la estructura privada que tiene que financiarla, encontrando un punto límite a las posibilidades del gobierno de resolver todos los reclamos, en un punto de inflexión donde se estrellan todas las presiones, movilizaciones, amenazas y actos de violencia, porque el sistema populista de 70 años ha explotado.

 

Es posible, que en proyección electoral, la situación le cueste la reelección a Macri, pero no hay dudas de que quien venga, va a tener que navegar sin remedio con esta misma situación, salvo que en el extremo de la inconsciencia elija el tenebroso camino seguido por Maduro en Venezuela.




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