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Sábado 17.11.2018 - Última actualización - 18:20
18:19

Charles Aznavour

In memoriam



Charles Aznavour In memoriam

María del Pilar Barenghi


Y fue necesario enamorarse. No hubo tiempo de esperar a la persona soñada: ni príncipe, ni alma gemela, ni “sos lo que siempre soñé”. Echamos mano, pragmáticas al fin, al compañerito de banco, al profe posible, al hermano de la íntima amiga, hasta ese momento odioso y distante. Nada. O todo. Enamorarse era la consigna. Pero con la certeza de que la cosa no terminaba ahí. Porque lo que motorizaba nuestro énfasis era ser dignas de la canción que un diminuto francés, que había echado a volar a los vientos del universo. Y para merecerla debíamos pasar a la casilla siguiente y vivir lo que generalmente o no desencadena el enamorarse: el distanciamiento. Había que sufrir la ruptura y morder la ausencia. Sólo de esa forma podríamos hacer carne propia la historia musicalmente narrada que nos llevaba a una lejana ciudad conocida sólo por películas o folletos turísticos y que, a partir de ese momento, se constituyó en el objeto inmediato de nuestros sueños. Fue así que, alistadas como soldados y amparadas en una adolescencia ferviente, decidimos salir a enamorarnos y a esperar el próximo capítulo, que nos convertiría en heroínas dolientes, pero con música de fondo.


La noticia dijo que Shahnourh Varinag Aznavourián Baghdassarian murió en la madrugada del 1º de octubre en su casa de Alpilles, al sur de Francia. Tenía 94 años. El mundo (y nosotras) lo conoció como Charles Aznavour. Había nacido en París, de padres armenios y se hizo célebre por grandes éxitos como, entre otros, “Venecia sin tí”.


Aznavour dio por tierra con varios arquetipos. Uno de ellos, el ideal de belleza masculino de la época. El hijo de armenios era todo lo opuesto a lo que a la sazón considerábamos “buen mozo”. Quedaron fuera de competición los altos, las narices respingadas, los rubios, los morochos y por sobre todo, los jóvenes. El hombre ideal era, a partir de ese momento, menudo, con nariz de difícil valoración, alejado del héroe clásico que gana todas las batallas, y que generalmente en el cine, daba el physique du rol del amigo del galán siempre listo a sacrificarse por los demás.


Aznavour era contemporáneo de nuestros padres y su forma de cantar no revelaba registros notables. Él mismo desconfiaba de su voz, al punto tal de que tuvo que ser la eterna Edith Piaf, la que lo impulsará a mostrar su talento. Pero por sobre todas las marcas que pudo haber dejado en los espacios que transitó, que fueron muchos y excedieron con creces el mundo del cine y de la música, lo recordaremos como ese diminuto francés que echó a volar a los vientos del universo, la canción por la que tuvimos que salir, en bandada y con obstinada intrepidez, a enamorarnos para merecer con suerte las lágrimas del necesario y futuro desencuentro.


“Gracias, Sr. Aznavour”, tuiteó el portavoz del gobierno francés Benjamin Griveaux, al enterarse de la muerte del cantante. “Gracias, Charles”, también decimos nosotras, más confianzudas, las que quisimos protagonizar la canción que lo pone a salvo del olvido. “Vayan con Ud. nuestras lágrimas enamoradas, que son suyas. Al igual que Venecia”.




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