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Lunes 26.11.2018 - Última actualización - 8:37
7:42

Miguel Bossio

Letras mundialistas

El ex periodista deportivo de Clarín, actual integrante de la escudería Telefe, pasó por Santa Fe para presentar el libro “Puro chamuyo”, integrado por 32 cuentos de fútbol inspirados en el Mundial de Rusia. El Litoral aprovechó para hablar de este trabajo y conocer el mundo de su autor.

 

“Nadie me cree que lo hice en menos de dos meses, fue un poco más de un mes y medio. En ese tiempo no dormía casi nada”, cuenta Bossio, quien escribía de noche. Foto: Guillermo Di Salvatore




Miguel Bossio Letras mundialistas El ex periodista deportivo de Clarín, actual integrante de la escudería Telefe, pasó por Santa Fe para presentar el libro “Puro chamuyo”, integrado por 32 cuentos de fútbol inspirados en el Mundial de Rusia. El Litoral aprovechó para hablar de este trabajo y conocer el mundo de su autor.   El ex periodista deportivo de Clarín, actual integrante de la escudería Telefe, pasó por Santa Fe para presentar el libro “Puro chamuyo”, integrado por 32 cuentos de fútbol inspirados en el Mundial de Rusia. El Litoral aprovechó para hablar de este trabajo y conocer el mundo de su autor.  

 

Ignacio Andrés Amarillo

iamarillo@ellitoral.com

 

Días atrás pasó por Santa Fe Miguel Bossio, periodista deportivo y escritor reconocido por su trabajo en Telefe y sus años en Clarín. La excusa que lo trajo fue presentar el libro “Puro chamuyo”, integrado por 32 cuentos de fútbol inspirados en los países que disputaron el Mundial de Rusia, disparador del desafío de la escritura.

 

Con ese punto de partida, El Litoral dialogó con el rufinense (formado en Rosario) sobre literatura, fútbol y periodismo.

 

 

Pura ficción

 

—Habías escrito dos biografías (Martín Palermo y Héctor Baldassi). ¿Cómo salió la idea del libro de cuentos?

 

—Siempre me gustó escribir, vengo de la gráfica: estuve 18 años en Clarín. Tenía las biografías de Palermo y Baldassi, pero siempre tuve en mi mente escribir cuentos; es más, escribo cuentos desde siempre, desde la época en que estudié Licenciatura en Comunicación Social en Rosario. A fines del año pasado, épocas difíciles de trabajo, la cabeza saturada, el Mundial que se venía y no sabía si yo iba. Necesitaba serenarme un poquito, y más o menos por la Navidad lo llamo al director de (Editorial) Planeta, Nacho Iraola, para decirle: se me ocurrió escribir un libro que tiene que ver con cuentos referidos al Mundial pero que van más allá; uno por cada país que está clasificado.

 

Me dice: “Me encantó la idea, pero no vas a llegar”. Le contesto: estamos a fines de diciembre, dame el OK, me pongo y mitad de febrero (antes de irme de vacaciones) te entrego todos los cuentos”. Me puse y de cada cosa que veía (un poco por el apuro y otro por la ansiedad de volver a escribir) fui encontrando historias: veía un cura caminando, “un cura no tengo en ninguno”, y lo metía.

 

En la tapa está la bendición de (Eduardo) Sacheri, la ilustración de Caloi, pero no hay ninguna referencia al Mundial: la excusa era ésa, pero en realidad lo trasciende. El cuento de Islandia sucede un año después: un gerente de marketing hace una mala movida y termina recluido en una montaña.

 

—Es raro que salga tan programático, estaba el rompecabezas y había que escribir en paralelo. Había que ir tachando países.

 

—No hubo una metodología, iban apareciendo las historias. Muchas tienen que ver con la realidad, hay personajes reales. Me pasaron cosas insólitas: estaba con Corea, lo iba a centrar en el presidente Kim Jong-Un, que está siempre a punto de apretar el botón. Iba por la mitad, pero me di cuenta de que la que clasificó era la otra Corea (la del Sur); pero le busqué la vuelta para que sea él, queriendo perjudicar a la otra Corea para que no fuera al Mundial. O con Arabia Saudita: empecé a escribir de Emiratos Árabes. Termino de trabajar muy tarde, llego a mi casa dos de la mañana, con los chicos durmiendo, y ahí me ponía a escribir; por ahí se me mezclaban los tantos.

 

—¿Cuándo dormías?

 

—Nadie me cree que lo escribí en menos de dos meses, fue un poco más de un mes y medio. En ese tiempo no dormía casi nada: me acostaba a las cinco de la mañana o a las seis, dormía cuatro horitas hasta las diez y después arrancaba el ritmo de vida normal. Pero se disfruta cuando hacés algo que te gusta, no te importa si dormís o no. Escribir me provoca una paz y un bienestar, escribiendo soy feliz.

 

—Sacheri (última referencia de una tradición en la que están Eduardo Galeano, Roberto Fontanarrosa, Osvaldo Soriano) dio la bendición, Reynaldo Sietecase lo prologó. ¿Cómo sumaste a esa gente para que te haga el aguante?

 

—Por suerte, nos queda Sacheri. A él lo consiguió la editorial, igual que la autorización del dibujo de Caloi. Con Reynaldo soy compañero de trabajo, se lo propuse en el camarín, cambiándonos antes del noticiero, y me dice: “No me animo a escribir prólogos, porque es una palabra muy importante. Sí, me animo a hacer una introducción”. No había que ponerle prólogo porque para él es un trabajo sesudo para el que dice no estar capacitado: mentira, es un crack. Le mandé los cuentos, escribió urgido por los tiempos (quiero creer que Sacheri también, con semejante elogio).

 

 

Proceso de trabajo

 

—¿Cómo fue el salto al ritmo televisivo?

 

—Siempre digo que el verdadero periodismo es el de la gráfica. La televisión me resultó fácil, porque una vez que perdés el miedo de mirar la cámara y hablar ya está. Dijiste una barbaridad y atrás vino uno que dijo otra peor, lo tuyo ya se olvidó. Tengo comprobado que el público te ve pero por ahí no te escucha, se queda con los detalles, si te sacaste la corbata. Nunca nadie me marcó haber dicho que Colón había hecho tres goles en los últimos cinco partidos y había hecho cuatro. Una vez que entendí eso me relajé y me resultó más fácil que el trabajo de la gráfica.

 

A mí, un libro me cambió la vida laboral, el de Palermo. Presentamos esa biografía en vivo en todos los noticieros; Palermo en su esplendor, cuando se retiró era Dios. Todos los colegas amigos me dijeron que salió muy buena, que me iban a llamar de la tele. Yo tenía más de 40 años y no creía. Y me llamaron de TN, que la habían visto y les había gustado, querían que trabaje con ellos. Nunca lo había hecho, salvo algo ocasional en Rosario, y ahí arrancó mi vida en televisión.

 

—¿Cómo fue el proceso de escribir esa biografía?

 

—También para una Navidad me confirmaron que la iba a escribir yo, y para fines de febrero, principios de marzo había que terminarla. Él se retiraba después de ese semestre, pero los tiempos de impresión lo adelantaban.

 

Nos juntábamos dos veces por semanas, dos o tres, horas. Le regalé un cuaderno y una lapicera (los jugadores andan sin billetera, sin plata y sin nada en la mano), para que anote lo que se vaya acordando: es un personaje muy rico por las cosas que le pasaron, pero poco propenso a los detalles (no se acordaba de cosas). El miedo que tenía él era que no le entrara toda su vida, y el mío era que fuera irresponsable como todos los jugadores de fútbol. Pero fue un profesional hasta en eso, siempre fue muy metódico, llegaba antes que yo. Cada tanto le llevaba lo que iba armando para que lo vaya corrigiendo.

 

—Obviamente con una investigación previa.

 

—Muchas cosas le terminé contando yo, como que había tenido un abuelo goleador que se había separado de la abuela; no lo conoció, jugó en una liga menor. Pero ésos eran sus genes.

 

—¿Y con Baldassi?

 

—Siempre tuve buena relación con él: es fundamental tener confianza. Más en el caso de Palermo, que no quería que salgan algunas cosas: le dije que su vida era muy pública, está en Wikipedia: teníamos que contar un poco más, sobre todo con el tema (Juan Román) Riquelme.

 

Con Baldassi fue más divertido: “¿Qué cobrás?” es más un libro de stand up cordobés, chamuyero, que una biografía más convencional como la otra.

 

 

Todo público

 

—¿Cómo sigue el recorrido de “Puro chamuyo”? ¿Cuánto ayudó mostrarlo, estar en televisión?

 

—Esto es como un hijo, lo alimentás cada día: en redes sociales, en presentaciones como éstas en Santa Fe y Rosario. Tenés que ir regándolo. Te da muchas satisfacciones; los libros no los hacés por una cuestión económica, salvo que seas Sacheri (que vende 800.000), pero te alimentan mucho el alma: es lindo ver el boceto de tapa, cuando te entregan los primeros ejemplares.

 

Me pone muy bien saber de padres que lo compraron y me dicen: “No lo pude leer todavía, porque lo agarró mi hijo de 12 años que no lee nada, y lo empezó”. Valió la pena dormir poco, por lo menos para que los pibes lean algo.

 

—¿Cuáles te gustan más a vos de los 32?

 

—Todos tienen algo. Nadie va a empezar por el de Marruecos, la gente quiere ver el de la Argentina, Brasil o Alemania. El de Marruecos me gusta mucho: es un rebelde que quería jugar en patas y la Fifa no lo dejaba, entonces hay una historia para poder jugar en patas el mundial. El de Rusia es lindo: un espía viene a neutralizarlo a (Lionel) Messi por orden de (Vladímir) Putin para que no vaya al Mundial, hace lo imposible y termina viviendo en la Argentina, siendo fanático de Los Palmeras y viviendo en Arroyo Seco.

 

—¿Cómo viviste el Mundial?

 

—La verdad es que fue una experiencia a nivel periodístico personal muy linda, lo llevamos a (Fernando) Cavenaghi como columnista invitado. No nos acompañó la Selección, pero pude quedarme hasta el final: fuimos tres equipos de Telefe y el mío se quedó. Más allá de los horarios y el mucho trabajo la pasamos bien. Hubiera estado bueno seguir un poco más, me pasó lo mismo que en Alemania 2006: allá nos aferramos a (Horacio) Elizondo y ahora a (Néstor) Pitana. Que uno de nosotros llegue a la final.

 

 

Mortero

 

—Sos de Rufino como Bernabé Ferreyra. La gente todavía los asocia.

 

—También Amadeo Carrizo, el Héber Mastrángelo, el Mago Coria... pero “el Mortero de Rufino” ayuda a que se mantenga en el tiempo. Hace poco, junto con mi hijo más chico la acompañé a mi vieja al cementerio y nos detuvimos a contemplar el mausoleo de Bernabé.

 

—¿Cómo fue crecer futbolero lejos de las ciudades?

 

—No teníamos tele casi nunca: había una repetidora de los canales de Rosario en Firmat, otra en Venado Tuerto y la tercera en Rufino. Una tormenta tiraba la de Venado Tuerto, entonces Venado y Rufino se quedaban sin tele por cuatro meses hasta que alguien la levantaba. Si se caía la de Firmat, se caía para todos. De chiquito no tengo recuerdos de televisión, sí, de algún partido de Copa Libertadores, acomodando la antena. Nos llegaba El Gráfico tres o cuatro semanas más tarde, y recuerdo muchos domingos escuchando radio. Con el tiempo “Fútbol de Primera” trajo más de eso. Pero la pasión está no importa cuán lejos estés del fútbol importante.

 

 

 

 

 


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