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El Litoral
Lunes 03.12.2018
21:50

Mirada desde el sur (por Raúl Emilio Acosta)

Las propiedades del vidrio



Mirada desde el sur (por Raúl Emilio Acosta) Las propiedades del vidrio

Raúl Emilio Acosta

 

El comienzo de diciembre trae algunas efervescencias, también recuerdos. Comenzamos la vida después del G20 y debemos demostrarnos eso: los argentinos tenemos vida propia después de esa reunión con tan diferentes saldos y tan dispares conclusiones.

 

No hay que olvidar que la capital del país estuvo cruzada (aún sigue y seguirá por mucho tiempo), cruzada, tal vez devastada, por un River Boca que demostró que la grieta no es política sino apenas sobre “El Bien y el Mal” o la verdadera, la que se niegan a resolver ayer, hoy, mañana y siempre, la verdadera lucha es sobre Orden versus Libertad. El delicado equilibrio al que hacía mención Edward Albee.

 

El comienzo de diciembre trae la Virgen y el Niñito Dios (aclaración necesaria: aunque bastante agnóstico voto siempre por el Niñito Dios y remito a Don Alejo Carpentier que, en su libro “El Recurso del Método” narra, de un modo poco menos que insuperable cómo lograron, con el marketing, meter en Cuba el reno y el trineo... y ese hombre gordo, rechoncho, vestido de invierno en sitios tropicales).

 

Tras el Niñito Dios la nostalgia de aquellos años infantiles sobre calle Gobernador Vera, entre San Lorenzo y avenida Freyre y el almacén de don Pascual De Gennaro, por calle San Lorenzo entre Vera y Catamarca (que ojalá siga llamándose del mismo modo).

 

Robados de la casa de la abuela conservo tres frascos de vidrio, semejantes a los del almacén, pero de menor tamaño. Aquellos de don Pascual eran para conservar galletitas, golosinas y, puestos sobre una tabla de madera, al costado del mostrador, eran una especie de exhibidor y primer simulacro de góndola de supermercado.

 

Los frascos de un vidrio grueso, redondos, con la tapa pesada, cruzada por una pestaña transversal grande y de fácil manejo, tenían, en esa tapa, el final biselado, como raspado, que se apretada sobre el frasco impidiendo la salida o entrada de aire. Manteniendo “el seco”, combatiendo la humedad. Conservo lo dicho, tres de esos frascos.

 

Las casualidades de la lluvia, que azotó la Región Núcleo Central y trajo la queja sobre los canales clandestinos, que dejó en angustiada espera al drenaje hacia el nivel del río y el nivel del mar, de las tierras feraces, para sembrar la semilla de soja o cosechar el trigo y el maíz. Las casualidades de la lluvia y sus sinrazones dejaron los tres frascos vacíos de yerba, arroz y fideos mostacholis (arroz dos pocillos, fideos cuatro cucharadas soperas rebosantes), tres frascos, tres opciones que resuelven dos comidas que el agua hirviendo define y una tercera donde, casualidad definitiva, el agua hirviendo rechaza: el mate amargo en la cocina.

 

Rosario fue durante mucho tiempo una ciudad rara, acaso lo sea y uno ya se acostumbró. Uno de los barrios centrales más elegantes es, todavía lo es, el barrio Martín, que los rosarigasinos pronuncian “mártennn”. Allí estaba la yerbatera con ese nombre. La rareza consiste en que, en plena pampa gringa, se fraccionase y vendiese una yerba llegada a granel, en vagones, desde su verdadero sitio de producción: Misiones. Un poco Corrientes. Igual de raro eran cinco, sí, cinco plantas fraccionadoras de vino común que llegaba en camiones tanques desde... Mendoza. Rarezas del flete y la comercialización. Aclaración: no uso esa yerba para mis mates (más de 6 porongos y tres de madera y la consiguiente rotación), sino una de origen correntino y paquete de color rojo. El arroz llega hasta el bulín en una caja de cartón azul y los fideos mostacholis son de la más conocida marca que insiste que es verdadero trigo candeal y que no se pasa ni se pegotea. Pero no le crea.

 

Con el primer día de sol y la certeza que poca semilla de soja se había perdido y poca cosecha fina peligraba, y, por tanto, la Región Rosario no estaría tan triste, me decidí a llenar los frascos. Confieso un mínimo lagrimón. Me acompañaron en mil mudanzas y eran de la abuela Josefa Tuells. No son frascos de vidrio. Son historias. La menuda historia que hace a la suma de todos, al nosotros que solíamos ser, que deberíamos ser. Ay, modernidades que el frasco atrasa.

 

Con el arroz tuve sorpresas. Pero con el arroz uno se fija si no tiene gorgojos y chau, no controla tanto la altura a la que llega dentro del frasco. Ya con los fideos pensé en bueno, mal acomodados, ahora me fijo bien. Con la yerba no. Eso no. Eso configuraba un fenómeno de la física que merece la atención del National Geographics u otro canal de ciencia televisiva. Ahora hay muchos. El mismo paquete de medio kilo que antes cubría todo, hasta llegar al borde biselado de la tapa y obligaba a meter la vieja cuchara de alpaca con esfuerzo, ahora no llegaba hasta el borde y la cuchara bailaba. La ciencia exige investigación. Pasé a la ollita de los fideos la yerba del frasco y abrí el otro medio kilogramo de yerba. Se registró el mismo hecho sorprendente. No llegaba a cubrir el borde, era menor. Un medio kilo menor. No. Eso no. Un frasco que cambió sus propiedades. Puede ser. Son hipótesis.

 

Preparé el mate de la mañana, el agua sin hervir al termo, la yerba humedecida, y reflexioné sobre el tema. Dejé de lado concesiones municipales mal resueltas, la soledad del gobernador para manguear la plata que durante el kirchnerismo le robaron a la provincia (si me lo pedía lo acompañaba a Buenos Aires con el reclamo) y estoy redactando una carta al Instituto Max Planck (Max Planck Rosario, Rosario. Laboratorio Max Planck de Biología Estructural, Química y Biofísica Molecular. Instituto de Investigaciones...) que tiene el Conicet en Rosario, que labura fenomenalmente bien y, gracias a Dios y la Virgen, no depende de la UNR. El Instituto Max Planck tiene, en Rosario, la única filial fuera del mundo verdaderamente civilizado. Son los que trabajaron la molécula que define el Parkinson. Unos capos. Increíbles propiedades del vidrio. Que con el tiempo se estira. Al menos estos frascos. No puede ser que los fraccionadores sean ladrones mentirosos y den 400 gramos por medio kilo. En Argentina imposible. Hablaré con “el profe Fernández” del instituto. El lío en la cocina me llevará más tiempo. La olla de los fideos con medio kilo de yerba mate dentro indica, para los estructurados, un problema; pero las rarísimas propiedades del vidrio en frasco distraen mi trastorno obsesivo compulsivo y mi inocencia: creer en el medio kilo de 500 gramos

 

Con el arroz tuve sorpresas. Pero con el arroz uno se fija si no tiene gorgojos y chau, no controla tanto la altura a la que llega dentro del frasco. Ya con los fideos pensé en bueno, mal acomodados, ahora me fijo bien. Con la yerba no. Eso no. Eso configuraba un fenómeno de la física que merece la atención del National Geographics.

 

Me decidí a llenar los frascos. Confieso un mínimo lagrimón. Me acompañaron en mil mudanzas y eran de la abuela Josefa Tuells. No son frascos de vidrio. Son historias. La menuda historia que hace a la suma de todos, al nosotros que solíamos ser, que deberíamos ser. Ay, modernidades que el frasco atrasa.




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