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Martes 08.01.2019 - Última actualización - 21:50
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Obsesiva Santa Fe (por Ricardo Dupuy)

Borrosos recuerdos del circo coreano

“El circo: una carpa repleta de remiendos, algunos de ellos con filtraciones de luna llena, telones gastados de terciopelo rojo, que mal presumían un entorno monárquico”, escribe el autor. Foto: Paula Ribas / Archivo




Obsesiva Santa Fe (por Ricardo Dupuy) Borrosos recuerdos del circo coreano

Por Ricardo Dupuy

 

Llegaron al mismo tiempo... La familia Kim Young Jae y la caravana del Circo Magister llegaron y se instalaron en la zona de quintas de Santo Tomé en primavera, a principio de los años 80. Los unos sigilosos, tratando de pasar inadvertidos; los otros escandalosos, haciendo lo imposible para que todos noten su presencia policromática.

 

Ellos venían de Wonsan, por entonces la ciudad más pobre de la exótica Corea del Norte. El fin del mundo, un lugar sólo ubicable en las enciclopedias, azorado por la hambruna de post guerra civil y el triunfo, a sangre y fuego, de otro régimen opresivo. Los cirqueros, de interminables giras por barriadas pobres de Latinoamérica en tiempos de dictaduras en declive. Por aquel entonces, Santo Tomé no era justamente destino habitual de extranjeros y ellos, de la nada, aparecieron en nuestra zona de influencia, nuestra zona de trabajo, de interés, de alcance.

 

Nosotros éramos cuatro curiosos adolescentes, en último año de secundaria, que habíamos sido compelidos a optar por una práctica preparatoria de la vida laboral que todos desechaban: periodistas escolares. En un principio, supusimos que semejante flujo de gente exótica había llegado al barrio por designio divino, pero el tiempo se iba a encargar de contradecir esta idea.

 

El Magister consignaba a quien quería escuchar -y a los que no también- que venían de una exitosísima gira mundial, y que habían incorporado a su espectáculo los mejores acróbatas, los más divertidos payasos, las bailarinas más hermosas y los animales más feroces de junglas misteriosas.

 

¡Engaños publicitarios! El viernes del estreno, llegamos los cuatro bien peinados y vestidos para misa; la carpa, las luces, los enseres, no daba para el asombro. Nos acomodamos en tambaleantes sillas comunes de plástico blanco, de esas que nuestros padres tenían en el patio, plantadas sin rigor en el mismo piso de tierra apisonada donde hace unos días jugábamos a la pelota. Por decepción o crueldad, decidimos que nuestra crónica sea mordaz: El circo: una carpa repleta de remiendos, algunos de ellos con filtraciones de luna llena, telones gastados de terciopelo rojo, que mal presumían un entorno monárquico.

 

Los artistas internacionales: payasos tambaleantes vestidos con ropas de calle apenas ornamentadas con parches de colores vivos; acróbatas con kilos de más que festejaban sus trucos con exagerada vehemencia; tres o cuatro bailarinas cincuentonas. Los salvajes animales: un par de leones flacos y cansados, tres monos aburridos y un burro que el payaso enano, insistía en presentar como un gran matemático; pero que, evidentemente, se encontraba afectado por el cansancio de semejante viaje.

 

Y el rechoncho presentador, cobrador de boletería, domador e indiscutible dueño, orgulloso de sus largos y enrulados bigotes blancos, empeñado en destacar como un valor extraordinario, un cierto acento extranjero adornado con un arrastre silábico inentendibles. Para coronar la jornada, a la salida de la bucólica función nos topamos por primera vez con los coreanos. Padre, madre, hija de nuestra edad, un pequeño de unos diez años y bebé en brazos del estricto señor Kim Young Jae.

 

Miraban desde enfrente, en actitud de sopesar el costo del ingreso. Nosotros sabíamos de la familia por chimentos del barrio pero, lo cierto es que sólo habíamos visto a él pasar en bicicleta una que otra vez en dirección al puente carretero. Se comentaba que trabajaba en un supermercado nuevo del centro de Santa Fe. Los días siguientes, envalentonados por nuestro cometido, intentamos avanzar un paso más en la cobertura periodística. Nos propusimos entrevistar a los artistas y a algunos de los integrantes de la familia coreana. Planeábamos cotejar sus historias.

 

Tuvimos poco éxito. Sólo unas palabras apuradas del dueño del circo, al subir a la camioneta y algunos monosílabos de la madre coreana. Pero qué importaba, al fin y al cabo las notas periodísticas son parientes cercanos de la literatura y la literatura es fantasía.

 

Inventamos dos entrevistas fascinantes y hasta bautizamos a ambos entrevistados. Para nuestros lectores fueron: la señora Yun Li y Mister Magic.

 

El fin del romanticismo

 

El martes una noticia sacudió al pueblo, y naturalmente nosotros debíamos cubrirla. Tres vecinos de casas linderas a la plaza grande denunciaron la desaparición de sus perros. La sospecha recayó en la intendencia, que varios meses antes había prometido clausurar los safaris urbanos de la perrera, pero... Pero no, pudimos comprobar que el carromato jaula seguía parado y desarmado en los talleres municipales.

 

La calle se cubrió de imágenes fotocopiadas en blanco y negro de las tres mascotas requeridas, destacando recompensas a cargo de sus afligidos propietarios. Pasaron varios días y nada. El lunes siguiente comenzó a circular un rumor. En la casa grande de la esquina del almacén habrían desaparecido cuatro gatos de angora, propiedad de las hermanas Ramírez. A medio terminar la nota de la nueva desaparición animal, se presentó el hermano menor del profesor de dibujo denunciando la inexplicable ausencia de sus siete conejos blancos, pronto a ser premiados en la exposición rural de Santa Fe.

 

Ya era demasiado. Los vecinos, encabezados por el presidente de la vecinal, decidieron tomar cartas en el asunto. Doña Marta, esposa del presidente, escribió un comunicado y nos pidió que nosotros desde el periódico escolar ayudemos a difundirlo. Se recomendaba, cuidar a las mascotas sin dejarlas sueltas por las calles, dar aviso si los animalitos aparecían y reunirse el jueves próximos en la plaza grande a las 19 hrs. Llegó el jueves sin reencuentros ni nuevas ausencias. Una treintena de vecinos se juntaron en la plaza. Nosotros decidimos separarnos y mezclarnos entre todos para palpitar el sentir de la gente.

 

Y fue entonces que el presidente de la vecinal largó una frase lapidaria, cuyas consecuencias, a nosotros, cuatro adolescentes curiosos, nos marcó para siempre.

 

-Alguien me dijo que los coreanos acostumbran comer animales domésticos.

 

La concurrencia hizo silencio, al principio pensamos que por repudio a los dichos, pero pronto nos dimos cuenta que se trataba de xenofobia; una toxina silenciosa que anida en la clase media argentina. Una voz en la multitud sugirió ir hasta la casa de Kim Young Jae, a pedir explicación.

 

Todos fueron, y nosotros también. Sólo salió él. Él poco entendía castellano pero era experto lector de miradas con odio.

 

Antes del amanecer Kim Young Jae, cruzó a la casa de Don Antonio, él único vecino con que se relacionaba; dejó en el umbral la bicicleta que le había prestado y en el manubrio, a manera de agradecimiento, cinco grullas de papel. En la parada de avenida 7 de marzo, la familia coreana tomó el colectivo de las nueve rumbo a Buenos Aires para nunca más volver. Curiosamente el Circo también decidió levantar su campamento ese mismo día viernes. Nosotros nos quedamos con la historia inconclusa. O así lo supusimos.

 

El fin de semana los cuatro volvimos a la zona de quinta y caminamos el terreno baldío que, desde la apresurada partida del Circo Magister, había vuelto a convertirse en canchita de futbol. Entre el arco del oeste y la caña tacuara brotada que marcaba el córner, una gran montaña de basura, último rastro del paso del Circo.

 

Nos acercamos a curiosear. Asomaba una bolsa de arpillera blanca repleta de papeles de publicidad; por algún motivo inexplicable se me ocurrió revolverla. Y ahí surgió, la imagen que se clavó para siempre en mi conciencia. Tres cabezas de perros en descomposición, otras tantas de gatos y girones de cuero blanco de conejos de exposición.

 

Llegué a casa conmovido, directo a contarle el hallazgo a mi padre. De él escuché la segunda y concluyente frase lapidaria.

 

- ¡Alimento de leones!




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