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Sábado 19.01.2019 - Última actualización - 12:11
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“Colette: deseo y liberación”

Literatura hecha cuerpo

Socios en discordia: Henry “Willy” Gauthier-Villars (Dominic West) y Sidonie-Gabrielle Colette (Keira Knightley), en plena gloria con el personaje de Claudine. Foto: Gentileza Lionsgate




“Colette: deseo y liberación” Literatura hecha cuerpo

 

Ignacio Andrés Amarillo

iamarillo@ellitoral.com

 

La distribución en la Argentina de la cinta que sigue los años más intensos en la vida de la escritora Sidonie-Gabrielle Colette apuesta a la explicación ostensiva sobre “de qué va la cosa”, agregando el “deseo y liberación” al título. Porque son dos temas que mueven la trama del filme y la vida del personaje central, pero que pueden quedar como planos dichos mal y pronto. Collette fue un sujeto deseante pero su liberación no es sólo la de su deseo entendido como carnal, sino de su ser femenino todo.

 

En el tránsito del siglo XIX al XX hizo saltar por prepotencia de voluntad (como todas las pioneras, como en la Argentina Julieta Lanteri, Cecilia Grierson y más tarde Alfonsina Storni, entre otras) las convenciones sobre el amor, el arte y la profesión que les estaban dadas a las damas francesas (la amante de Colette, Mathilde “Missy” de Morny, marquesa de Belbeuf, dirá en un momento del filme sobre su ruptura de los géneros: “Entiendo que es más difícil para las mujeres que no tengan mis medios”).

 

Así, quizás sin usar nunca la palabra “feminismo” (que viene del sufragismo británico, o por ahí), Colette amó a hombres y mujeres, llevó sus vivencias al papel y luchó por el reconocimiento autoral contra su antagonista: Henry Gauthier-Villars, alias Willy, su marido y “hacedor”. Porque el guión (firmado por el fallecido Richard Glatzer como autor de la historia, llevado a la pantalla por él mismo junto a su marido, el director Wash Westmoreland y la coguionista Rebecca Lenkiewicz) elige mostrarlo como una suerte de Pigmalión mediocre que se horroriza de la Galatea que ha forjado del barro, que abre sus propias alas más allá de la “correa larga” que le ha tendido: Colette se apropia del mundo libertino de su marido y de sus cuadernos, y como Flaubert de “Madame Bovary” dice: “Claudine soy yo”.

 

Pero acá, el género y las vivencias coincidieron, y Colette se convirtió en una autocreación. Por lo que llevar su historia a la pantalla es una puesta-en-vida de quien puso la vida en tinta. No es un desafío menor.

 

Cuidado visual

 

Por lo demás, la narración fluye tradicional, en un estilo de biopic clásico: el recorte del período clave en la vida de la figura a retratar, los saltos temporales cuidadosamente indicados, la estructura de relaciones sintetizada en derredor del personaje. Pero la química funciona y la puesta se luce en la representación.

 

Aunque podría sospecharse de la visión británica sobre hechos y personajes franceses, la reconstrucción de vestuarios, looks y lugares (en parte rodados en Hungría) es remarcable: ahí están sobre el final, las fotos de rostros y objetos (los manuscritos, por ejemplo) para mostrar el esfuerzo puesto en los detalles (las manos escriben en francés, aunque las voces en off sigan el texto en inglés). El mérito es para el diseñador de producción Michael Carlin, el departamento de arte de Katja Soltes (Renátó Cseh, Hedvig Kiraly y Katrina Mackay), las escenógrafas Lisa Chugg y Nóra Talmaier y la diseñadora de vestuario Andrea Flesch.

 

De la mano de la fotografía de Giles Nuttgens, la campiña es siempre verde y luminosa, y la París del tránsito a la luz eléctrica es más de interiores, expresando la tensión entre el campo amado por la artista y el mundo de los salones literarios que demoraron en aceptarla (aunque el Bois de Boulogne tiene que estar, como espacio de sociedad). La música de Thomas Adès viste las escenas, aunque la música que se destaca es la diegética, la que escuchan los personajes, y pertenece a los compositores de ese tiempo (Debussy, Saint-Saëns, Gounod, Bizet, Satie).

 

Intérprete plena

 

Pero el arma secreta de Westmoreland son 55 kilos de material explosivo. Keira Knightley es pura literatura, es una encarnación del periplo de la heroína romántica. De la mano de Joe Wright exploró el carácter campesino e indómito de la Lizzy Bennet de “Orgullo y prejuicio” y las tribulaciones en jaula de oro de “Anna Karenina”. Su Colette vive un poco entre ambos registros, pero al mismo tiempo es un salto evolutivo en el devenir de la liberación femenina: el personaje histórico y el literario (Claudine) son uno, “y la mano que empuña la pluma es la que escribe la historia”, como le enseña Willy (para su posterior arrepentimiento). Así, vuelve sobre sí y puede ser a la vez Lizzy Bennet y Jane Austen, y viajar de la joven ingenua de Borgoña a la figura de sociedad que marca estilo por estampa y pluma.

 

Knightley proyecta una fuerza especial hacia adelante desde el maxilar inferior para escupir las verdades más duras, pero basta que ría con la punta de la lengua entre los dientes (proyectando la energía hacia atrás) para expresar la candidez, con los ojos pícaros y chispeantes: esas ventanas del alma que se revelan precisas en la escena del Moulin Rouge. Allí, en la secuencia de “Sueño de Egipto”, hace explotar a la performer escénica, con un baile “exótico” que combina las rigideces jeroglíficas con el fluir de las danzas de la India.

 

En sociedad

 

Del otro lado está Dominic West como un Willy taimado, libertino y celoso; el riesgo de caer en el exceso está ahí, pero el intérprete logra sortearlo con éxito. El elenco se completa con una sugerente y sutil Eleanor Tomlinson como Georgie Raoul-Duval (doble amante del matrimonio); Denise Gough en el cuerpo de una Missy masculina y firme; una sólida Fiona Shaw como Sido, la madre de la escritora; Shannon Tarbet como Meg, el tímido nuevo proyecto de Willy; Johnny K. Palmer como Paul Héon, el secretario con lealtades divididas; y Aiysha Hart tiene su destello como Polaire, la intensa argelina elegida para llevar a Claudine al teatro.

 

Acompañan Robert Pugh como Jules, el padre ex soldado, Julian Wadham como el editor Ollendorff y Ray Panthaki y Al Weaver como Veber y Schwob, escritores fantasmas al servicio del pícaro bon vivant. Una sorpresa: Dickie Beau como Georges Wague, maestro y compañero escénico de Colette, gracias al cual podemos ver un poco de la etapa final de la escuela francesa clásica de pantomima (Wague fue un puente entre esta y el mimo moderno de Etienne Decroux).

 

Con esa paleta, Westmoreland pinta una época, un tiempo de vanguardia y apertura que, más de cien años después, todavía tiene cosas para decirnos.

 

 

“Colette: deseo y liberación”

“Colette (Estados Unidos-Estados Unidos-Reino Unido-Hungría, 2018). Dirección: Wash Westmoreland. Guión: Richard Glatzer. Wash Westmoreland y Rebecca Lenkiewicz. Fotografía: Giles Nuttgens. Música: Thomas Adès. Edición: Lucia Zucchetti. Diseño de producción: Michael Carlin. Elenco: Keira Knightley, Fiona Shaw, Dominic West, Robert Pugh, Sloan Thompson, Ray Panthaki, Al Weaver, Dickie Beau, Julian Wadham, Eleanor Tomlinson, Aiysha Hart, Denise Gough, Johnny K. Palmer, Shannon Tarbet. Duración: 112 minutos. Apta para mayores de 13 años. Se exhibe en Cine América.

* * * *
MUY BUENA

 


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