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Edición Online | 24-03-2012 | 19:02

Crónica política

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976

Por Rogelio Alaniz

Los integrantes de la junta de gobierno.
Los integrantes de la junta de gobierno.

Sinceramente no sé que más se puede decir de la dictadura militar que se instaló en la Argentina el 24 de marzo de 1976. El balance es la condena al régimen que propició el terrorismo de Estado y transformó al secuestro, la tortura, el robo de bebés, la violación de mujeres, la apropiación de bienes y la desaparición forzada de personas en un perverso hábito político.

La dictadura de Videla no fue la primera que sufrimos los argentinos, pero fue por lejos la más sanguinaria y la más condenada. Nunca hubo tantos muertos y nunca se había cruzado “la línea de sombra” con tanta decisión. El balance histórico es abrumador. Hasta los que la apoyaron hoy se han preocupado por tomar debida distancia.

Pero en marzo de 1976, esta unanimidad en la crítica estaba muy lejos de existir. El gobierno de Isabel era indefendible. Los partidos democráticos de entonces trataban de establecer una abstracta distinción entre gobierno e instituciones. “Llegar al 77 aunque sea con muletas”, decía la UCR. La consigna era muy clara, pero inviable en términos de poder.

Para principios de 1976, los militares y el bloque dominante habían ganado la batalla en la conciencia de la gente: una amplia mayoría de la sociedad no quería saber nada con Isabel y sus colaboradores. Siempre se ha dicho que los golpistas crean las condiciones para tomar el poder. Los golpistas de entonces no actuaron espontáneamente, pero convengamos que tampoco hicieron muchos esfuerzos para desprestigiar a un gobierno que no necesitaba de la ayuda de nadie para desprestigiarse.

Conviene recordar este detalle: las clases propietarias o el bloque burgués dominante apoyó el golpe a través de sus voceros e instituciones. En ese punto no hubo fisuras ni vacilaciones. Habría que discutir si todos esos apoyos eran concientes de que los militares que se hacían cargo del poder estaban decididos a perpetrar una carnicería. Por lo pronto, en aquella Argentina, donde las fuerzas armadas seguían siendo desde 1930 un actor político del sistema, todos estaban de acuerdo en que la experiencia iniciada en 1973 con Cámpora había fracasado y que era necesaria una instancia de orden que, para todos, debía ser militar. El poder rechaza el vacío y cuando la democracia no es capaz de asegurar este principio, los militares lo hacen. Así había sido antes y así debería ser ahora.

Muchos empresarios, políticos e intelectuales suponían que después de una represión más o menos clásica, los militares auspiciarían una salida política más o menos democrática. No hizo falta que transcurriera mucho tiempo para que muchos de esos dirigentes advirtieran que aquel golpe de Estado venía para hacer algo diferente a los anteriores. Ya no se trataba de declarar el Estado de Sitio y detener a sindicalistas o clausurar diarios marxistas. El diagnóstico militar era mucho más radical: estamos ante una sociedad enferma y para sanarla es necesaria una operación que, debido a las urgencias de los tiempos, habrá que realizar sin anestesia. En otras palabras: será dolorosa y correrá mucha sangre. Curiosamente, el diagnóstico de la ultra izquierda era parecido, aunque por razones inversas. Después, a la metáfora de la sociedad enferma la pagaríamos entre todos.

La composición de lugar de los militares poseía su propia lógica, una lógica perversa, pero lógica al fin. Según ellos, durante la década del sesenta habían combatido a la subversión con la ley en la mano. Los principales dirigentes guerrilleros habían sido detenidos legalmente y juzgados. Sin embargo -decían- llegaron los políticos en 1973 y los largaron a todos. Pues bien -concluían- ahora no vamos a cometer el mismo error.

Se sabe que los militares especularon al principio con librar esta suerte de “guerra” aniquilando “por derecha” a los subversivos. La primera objeción práctica que se presentó fue que si juzgaban y condenaban a muerte a los prisioneros, a la otra semana estaría el Papa en la Argentina pidiendo por la vida de los condenados. Lo que se decidió entonces fue librar lo que ellos mismos llamaron una “guerra sucia”. La decisión mereció algunas objeciones internas, pero fue la que se impuso. El terrorismo de Estado se legitimaba por esa vía y se perfeccionaba con el apoyo tácito de los principales dirigentes de las clases propietarias.

Lo que los jefes militares no tuvieron en cuenta -o no quisieron tener en cuenta- es que la llamada subversión no fue una consecuencia de la supuesta maldad de los subversivos, sino la respuesta, desordenada y en más de un caso equivocada, a un país que desde hacía décadas había hecho de la política un negocio tramposo y proscriptivo. La responsabilidad de esas decisiones fueron amplias, pero uno de los principales protagonistas fueron los militares, conspirando, condicionando a los gobiernos civiles, perpetrando golpes de Estado y -esto es importante- amenazando a la sociedad con hundirla en un baño de sangre mucho tiempo antes de que a algún joven se le ocurriera ser guerrillero. Al respecto es interesante recordar -por ejemplo- declaraciones de personajes como Osiris Villegas y Toranzo Montero en 1958 y 1959. O los aprendizajes realizados con los represores franceses en Argelia.

Los militares tampoco se hicieron cargo de que en esos años jugaron de peones en la partida librada entre Estados Unidos y la URSS. La “Doctrina de la Seguridad nacional”, forjada al calor de la “guerra fría” fue una singular creación de esos años, cuerpo teórico que se expresó luego en los golpes de Estado que asolaron a América latina en la década del setenta. Los voceros políticos fueron, entre otros, Videla, Pinochet, Banzer, Garrastazú Médici y Alvarez. Y su manifestación institucional fue el llamado Plan Cóndor.

El peronismo en el poder desde 1973 preparó la tragedia por izquierda y por derecha. El terrorismo de Estado en realidad se inició con las Tres A, bandas de asesinos organizadas por Perón y puestas en actividad por su principal colaborador, José López Rega. Las palabras más duras contra la guerrilla, las declaraciones que los tratan de psicópatas y asesinos seriales, las pronunció Perón con la misma convicción con la que pocos años antes alentaba a los jóvenes a armarse para luchar por el socialismo nacional.

El régimen de Isabel le dio a los militares todos los instrumentos legales para aniquilar la subversión. Las declaraciones de Martiarena, Osinde o Brito Lima en poco y nada se diferenciaban de las que luego harían Camps o Bussi. Es más; muchos de los asesinos de las Tres A fueron incorporados a los grupos de tareas organizados por las fuerzas armadas. En ese campo, la solidaridad de objetivos entre el nacional peronismo y los uniformados fue bastante generosa.

Por último, habría que señalar la responsabilidad de la guerrilla. La responsabilidad y la incompetencia. Hoy la mayoría de los dirigentes guerrilleros admiten que se equivocaron. Con diferentes tonos, con diferentes registros, pero lo que está claro es que se equivocaron en el diagnóstico y en la ejecución del plan basado en ese diagnóstico. Objetivamente jugaron un rol provocador que alentó el desenlace trágico. No sólo contribuyeron con sus delirios a acelerar el golpe, sino que lo festejaron, en nombre de la teoría de la agudización de las contradicciones o de “cuanto peor mejor”. Dicho con otras palabras, los muchachos golpearon las puertas del infierno para probar que el diablo existía. Pues bien, el diablo efectivamente existía y salió a hacer lo que sabe hacer en estos casos.

Los guerrilleros siempre justificaron lo que hacían en nombre de los grandes objetivos ¿Cuáles eran esos objetivos? Lo dijeron y lo escribieron: una dictadura popular en versión cubana, vietnamita o argelina. Podemos admitir que en aquellos años esas metas fueran aceptadas en ciertos ambientes. Hoy sabemos que, más allá de las buenas intenciones, la realización de esas “utopías” hubiera sido una tragedia para la Argentina. Como dijera Todorov, la única revolución triunfante en aquellos años fue la de Camboya. ¿Ese destino nos aguardaba si Montoneros o el PRT se hubieran salido con la suya?.

Ironias o trampas del destino. Los militares nunca podrán entender por qué si ganaron la guerra contra al subversión, luego perdieron la batalla política. Por su parte, los Montoneros jamás podrán entender por qué el mismo líder que los entusiamó para tomar las armas, después ordenó que los ejecutaran con saña. No propongo un juego de palabras. En esa incógnita está la clave de tanta sangre derramada.
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