Remo Erdosain En el bar hay dos televisores. Nosotros -con la autorización de Quito- acomodamos la mesa para mirar al mismo tiempo el acto de Moyano y la inauguración que la presidente hace de una fábrica de chacinados en San Luis. El volumen está bajo porque -como ha dicho Marcial- lo que tiene que decir cada uno de ellos es tan pobre que a los espectadores con las imágenes nos alcanza y nos sobra.
-El discurso de la presidente del otro día -dice Abel- no tiene nombre. No se cansó de decir disparates.
-Yo por el contrario -tercia José- creo que la compañera está cada vez más lúcida.
En ese momento, Quito levanta el volumen del televisor y escuchamos a la señora discurrir acerca de la sexualidad de los chanchitos.
-Conmovedor -exclama Marcial.
-Yo creo que esta señora tiene que cambiar de psiconanalista -agrega Abel.
-¿Nadie le dice a esta chica -digo- que no se puede estar hablando todos los días, porque hasta el animador más carismático termina cansando?
-En el clima de alcahuetería que ella ha promovido, nadie se anima a decir nada, porque hasta el más valiente sabe que el “compañero” que está a su lado aprovechará la bolada para desprestigiarlo ante la señora -reflexiona Abel.
-Es lo que ocurre siempre con los regímenes obsecuentes -digo- nadie abre la boca, nadie se anima a decir que hay una nube en el cielo, aunque lo que se anuncie sea un huracán.
-Sigan criticando, sigan criticando -dice José al tiempo que mira a Moyano que gesticula en la pantalla mientras Venegas asiente con la cabeza- sigan criticando, lo mismo decían de Evita y hoy Evita es una santa.
-Para vos será una santa -exclama Marcial.
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