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Edición Online | 15-11-2012 | 15:31

La vigencia del mandato fundacional


Gustavo J. Vittori

Hoy se cumplen 439 años de la Fundación de Santa Fe, una gesta que renueva su sentido en la continuidad del tiempo, la vigencia del mandato originario y el constante desafío que plantea la concreción del objetivo perseguido desde los inicios.

Los actos conmemorativos celebran la acción fundacional que nos dio existencia, pero se corre el riesgo de quedar atrapados en la mera ritualidad recordatoria del hecho histórico; es decir, en la consumada pero remota acción de haber plantado una pequeña ciudad en la ribera selvática del río de los Quiloazas.

Es cierto que ese hecho tiene valor propio. Y la secular sobrevivencia de la ciudad, cuando se penetra la veladura literaria que suele envolver al acontecimiento, tiene sabor a hazaña porque no fue una implantación fácil. A la hostilidad de la tierra desconocida se sumaba la de grupos indígenas, que defendían sus espacios ancestrales. Tampoco era el lugar adecuado, pero un conflicto jurisdiccional y político suscitado entre Juan de Garay -que exploraba el lugar adecuado al sur de Coronda- y Jerónimo Luis de Cabrera -que buscaba una salida fluvial para la recién fundada ciudad de Córdoba- convirtió un campamento provisorio en un asentamiento que duraría siete décadas.

Pero vayamos al mandamiento fundacional suscripto por Martín Suárez de Toledo en Asunción de Paraguay, la matriz pobladora de la gran región comprendida por el denominador común de Río de la Plata. Desde ella partirían las expediciones fundadoras de Santa Fe, Buenos Aires y Corrientes, en ese orden.

La primera baza en el plan de poblamiento del territorio y de comunicación con España -por vía fluviomarítima- y Lima, a través del Alto Perú (actual Bolivia), se puso en Santa Fe por obra de Juan de Garay, un español que había llegado al Virreinato del Perú en su adolescencia. Y que luego había participado de una de las primeras “entradas” al actual noroeste argentino e integrado el grupo fundador de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), encabezado por Nufrio de Chávez, para recalar años después en Asunción del Paraguay. Era, por tanto, un hombre de aquilatada experiencia y con una visión americana de amplio rango.

Él recibió el mandato de fundar “puerto y pueblo” aguas abajo del Paraná. Y lo hizo bastante al norte de los sitios sugeridos en el documento, y en la ribera derecha de un afluente del gran río.

Más adelante, como lo dejó previsto en el acta de Fundación, la ciudad se trasladaría al sitio actual, proceso que llevaría diez años entre la toma de la decisión y su completa instrumentación (1650-60). Fue la segunda fase de un plan logístico que apuntaba a crear los soportes físicos y sociales de una red de comunicación por agua y por tierra para que hubiera “trato y conversación” entre las gentes que ocupaban el sur de América en nombre de la Corona española. Eso significaba “abrirle puertas a la tierra”, según la recurrente metáfora acuñada por el florido lenguaje del siglo XVI. Y lo hicieron y consolidaron, legándole a la Argentina moderna tramas urbanas vinculadas por seculares trazas viales sobre las que hoy corren las carreteras troncales de nuestro país.

Con Santa Fe, Garay nos dejó mucho más que una ciudad y una amplia jurisdicción territorial. Nos transfirió un principio activo y un rasgo genético condensados en la revitalizada función de nodo de comunicación con las provincias argentinas, los países vecinos y el ancho mundo, que requieren de la variada producción de la segunda provincia argentina en términos de Producto Bruto Geográfico.
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