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Mejor política, más democracia
Por Emerio Agretti
A poco de cumplir 25 años ininterrumpidos de democracia en el país, la sociedad argentina parece haber dado un paso cualitativo hacia el afianzamiento de las instituciones políticas. Con distintas graduaciones y motivaciones, los argentinos optaron por convalidar procesos de cambio o por iniciar otros.
Así, la continuidad y el cambio, articulados sin antagonismo y más allá del eslogan de la campaña presidencial, son los términos que marcaron este año a nivel electoral y lo convirtieron en un verdadero punto de inflexión.
La contundente victoria de Cristina Fernández de Kirchner, sin necesidad de someterse a una segunda vuelta, es elocuente al respecto, y también paradigmática. Continúa el proceso iniciado por su esposo Néstor, que a su vez es, al menos en alguna medida, un viraje en cuanto a modelo económico y social. Y, aunque sigue preservando en el poder a figuras históricas del justicialismo y no desecha modalidades de la formalmente denostada ``vieja política'', propone una renovación dirigencial y una mejora republicana. Y es, de hecho, la primera mujer electa presidenta en el país.
Amparada en la relativa bonanza económica -si bien demasiado sujeta al contexto internacional y aún deficitaria en la distribución del ingreso-, la sociedad ha abierto el crédito a esta propuesta, pero marcando algunos límites. Valgan como ejemplo Santa Fe y Capital Federal o los resultados de las presidenciales en Córdoba. El factor corrupción, un pretendido ``cambio'' que no se percibe con la debida claridad, podría ser decisivo llegado el momento, aunque seguramente dependerá -como siempre- de la evolución de las variables macroeconómicas.
La vocación de cambio se advierte con mucha más claridad en nuestra provincia. Los santafesinos optaron por la alternancia tras casi 25 años de gobierno del mismo signo, y luego de una última gestión prolija y con buena imagen, por lo cual no puede considerarse un ``castigo''. La misma vocación se advirtió extendida a lo largo del territorio provincial, que en varios casos relevó a las autoridades municipales y comunales revirtiendo hegemonías históricas. Y que, en otro plano, llevó a consagrar al primer gobernador socialista del país.
Otras dos notas califican esta instancia. Una es que por primera vez se eligió al jefe de Estado provincial a través de internas abiertas, recuperando la simple pluralidad de sufragios que había pervertido la ley de Lemas. La otra es la futura dinámica entre oficialismo y oposición, a partir de la preeminencia de esta última en el Senado -un factor que a nivel nacional desaparece por aplastamiento.
Por todo lo expuesto y por las perspectivas que se abren, acaso el título de esta columna no sea una mera expresión de deseos y se pueda considerar a 2007, al menos, como el intento de un punto de partida para una nueva etapa democrática. Aunque, ante la volatilidad política de nuestro país, eso siempre parezca mucho decir. |
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