Por Ma. del Carmen Caputto
Eran gente diestra en navegar el laberinto de los ríos los
que iniciaron la conquista en el Río de la Plata y llegaron
a remontar el Paraná, en las primeras décadas del 1500.
Juan de Garay estaba en Asunción del Paraguay cuando desde
ahí partió río abajo con nueve españoles
y ochenta mestizos -guaraníes y españoles- a quienes
los llamaban en ese entonces los mancebos de la tierra.
Así comenzó la hazaña de la fundación, en
una travesía que duró varios meses, navegando por las costas
altas, pobladas por tribus nómades que se alimentaban de la caza,
la pesca y la recolección, aborígenes guerreros que hacían
con maestría arcos, flechas y lanzas, y con la arcilla: recipientes
de cerámica para contener, transportar, cocinar y almacenar sus
alimentos. Hoy, esos objetos son los únicos rastros desenterrados
de la vida cotidiana de los habitantes prehispánicos.
Garay llegó en un bergantín seguido por seis canoas hendidas
a la manera de barcas y algunas canoas sencillas, entre el equipaje había
cincuenta caballos y municiones con esos 89 hombres con quienes había
partido desde Asunción.... sobre el cauce del río San Javier,
-por ese entonces llamado el río de los Quiloazas.
El 15 de noviembre 1573, en una ceremonia solemne plantó un rollo
-símbolo de la autoridad del rey- y fundó una ciudad ya
imaginada. La ordenó en un plano de cuadrículas, que sirvió
de padrón para adjudicar a los vecinos sus solares convertidos
en terrenos de un cuarto de manzana para que edificaran sus casas. Estableció
el lugar de la plaza, la iglesia parroquial, a la que se sumaron otras
iglesias y conventos, San Francisco, Santo Domingo, la Merced y el Colegio
de la Compañía de Jesús. La parroquia de San Roque
era para indios y negros. También repartió personalmente
los terrenos y distribuyó las chacras y una suerte de estancias.
En un principio, los indígenas locales fueron sometidos al régimen
de encomiendas y ubicados en reducciones. El mayor poderío militar
de los españoles, las pestes y la apropiación por parte
de los colonizadores de sus territorios fueron motivos de una paulatina
extinción de los aborígenes. Por su parte, los conquistadores
sufrieron otras adversidades, como adaptarse al clima y el paisaje. Entre
mosquitos y camalotes, la fundación fue una hazaña y ejemplo
de mestizaje étnico y cultural. Y Santa Fe la Vieja fue parada
y posta en los caminos terrestres y fluviales que comunicaban el Paraguay
y el Río de la Plata con Tucumán y Cuyo, Chile y al más
distante Alto Perú. Un lugar de abastecimiento y comercio, aunque
sufría el aislamiento en tiempos de creciente y la constante erosión
de sus barrancas. A lo que se agregaba el continuo avance de nuevos grupos
indígenas, los calchaquíes que asolaban la región.
Habían transcurrido ochenta años desde su fundación,
cuando en 1649, los cabildantes deciden trasladar la ciudad a otro rincón
bañado por otros ríos, distante a 80 kilómetros del
sitio primitivo. Las crónicas relatan el lamento de sufridos vecinos
que se resistían a abandonar su ciudad, sus iglesias, sus muertos
y todo cuanto habían construido en una comarca signada por el progreso.
El tiempo, el río y la tierra sepultaron a Santa Fe la Vieja.
La ciudad que en un principio había comenzado con nueve españoles
y ochenta mancebos, en el momento de su traslado ya tenía alrededor
de ochocientos habitantes y un sorprendente progreso económico
en relación a su población. La ciudad nueva se llamó
Santa Fe de la Vera Cruz, para diferenciarla de la primera, tuvo una traza
idéntica a la original abandonada, siendo una réplica de
la fundada por Garay. Ningún vecino perdió sus derechos,
cada uno tuvo un terreno idéntico al que poseía. Trescientos
años más tarde -en 1949-, siguiendo esos planos Don Agustín
Zapata Gollán comenzó las excavaciones que lo condujeron
al sensacional hallazgo al encontrar las huellas de aquella ciudad que
permanecía en la memoria y en la leyenda. Y la rescató del
olvido.
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Fuentes: Publicaciones del Departamento
de Estudios Etnográficos y Coloniales. |