Merituar la historia de la educación en Santa Fe
a través de sus "hacedores" es el propósito que nos guía.
Pesquisar el "quehacer" educativo institucional y los sujetos de la
acción nos impuso periodizar su evolución. La reseña
posiblemente sea incompleta. Otros "ratones" de archivo y de biblioteca
la mejorarán.
Los primeros que enseñaron en Santa Fe la
Vieja
Fueron décadas de pobreza, desolación, peligros,
inundaciones, lucha contra el indio, pero la preocupación por
la enseñanza siempre estuvo presente entre los vecinos por obra
de su órgano oficial, el Cabildo.
El maestro de aquellos lejanos tiempos -lego, doctrinante
o sacristán- no poseía otros conocimientos que saber leer,
escribir y un poco de cuentas. La familia educaba. La escuela, por su
parte, enseñaba el trazo de los palotes, a vocear en coro el
abecedario y a contar con los dedos de la mano.
Desde la fundación hasta el traslado definitivo de
la ciudad, junto a los maestros particulares estuvieron las órdenes
religiosas, que establecieron escuelas de primeras letras junto a los
conventos. La preocupación dominante era entonces la civilización
del indígena y su catequización. El doctrinante era sinónimo
de maestro para el catecúmeno. La doctrina estaba siempre acompañada
de las otras materias primarias de lectura y escritura: "El catecismo
con la cartilla". La mayoría de las escuelas coloniales eran
doctrinantes, para evangelizar al indio.
Entre los primitivos pobladores de Santa Fe y llegado de
"fuentes asunceñas" figura Pedro de Vega, sin más antecedentes
que ser "maestro de escuela". No es posible referirse a los primeros
educadores santafesinos sin mencionarlo, como así lo confirman
las actas capitulares respecto de su designación y del conflicto
que promoviera en 1577. Quizás por la modesta paga o por su aspiración
de riqueza en nuevos horizontes -como otros muchos vecinos de Santa
Fe- Pedro de Vega anunció su retiro, lo que provocó que
el Cabildo decidiera penarlo con una multa de "200 castellanos" si se
alejaba, por no haber en la ciudad otra persona idónea para desempeñar
"el magisterio". El maestro debió entonces continuar en su oficio.
A Santa Fe le cabe el privilegio de haber sido precursora
de la enseñanza dirigida por el Cabildo y de que Pedro de Vega
fuera su primer maestro, y -por añadidura- el primero del Río
de la Plata. Luego su nombre desapareció misteriosamente, no
registrándose ningún educacionista particular durante
muchos años.
En 1587, habiendo arribado los primeros jesuitas y tomado
posesión de los dos solares que el Cabildo les donara para edificar
la casa y el convento, se los autorizó a dar doctrina a los naturales.
Con el mismo destino llegó el jesuita italiano Hno.
Juan de Sigordia, primer maestro de la escuelita llamada "del Nombre
de Jesús", fundada a fines de 1609, en la que tuvo su origen
el colegio, primer instituto de enseñanza secundaria en la jurisdicción
del Río de la Plata, en 1615.
Poco tiempo después de fundada la ciudad, comenzó
a funcionar la escuela a cargo de los padres franciscanos, siendo su
vicario el padre Fray Miguel de San Juan, en 1593. En 1609 cuatro eran
los religiosos que asistían a la evangelización y la enseñanza
de la población.
Años más tarde se instalaron los mercedarios
que también enseñaron las primeras letras.
El padre bachiller Rafael de Castro agregó su nombre
en los documentos coloniales con el título de "maestreescuela",
haciéndose cargo de la doctrina de los naturales y otros "servicios
de la misma índole", en 1594.
Fueron los frailes los que asumieron en las escuelas conventuales
la misión de los maestros. Los documentos capitulares -muchos
de ellos perdidos o extraviados- recién en 1617 volvieron a hacer
referencia a la educación.
En dicho año, el Cabildo acordó con Martín
de Angulo, que había ejercido la docencia en Buenos Aires, la
instalación de un establecimiento de primeras letras. Al ofrecérsele
el puesto solicitó "por mes entrado y mes salido" un peso por
el que escribiera y leyera, medio por el que leyera y dos por el que
leyera, escribiera y contara. Sus discípulos fueron "diestros
en el contar y cantar junto al órgano y escribir".
Era el teniente gobernador Sebastián de Aguilera
el encargado de verificar la asistencia de los alumnos a la mencionada
escuela, convirtiéndose así en el primer inspector de
la educación santafesina.
Transcurrido un año, Santa Fe carecía nuevamente
de docente, y algún capitular urgido por resolver el problema
propuso al hombre desconociendo su nombre: el maestro "fulano Carnero".
Desierta la escuela meses después, los ediles recurrieron
a un antiguo vecino: Francisco Muñoz Holguín, clérigo
de menores órdenes, "hasta que se encontrara una persona más
suficiente". El religioso fue el primer maestro nativo de Santa Fe.
Los niños santafesinos no siempre contaron con el
desempeño de maestros sostenidos por la Justicia, es decir pagados
por el poder civil. Así la enseñanza corría a cargo
de los religiosos a quienes se autorizaba a ejercer la docencia. En
1625, el Cabildo facultó a los frailes del Convento de Santo
Domingo para instalar una escuela.
El problema de la educación siguió preocupando
a los capitulares por la falta de docente hasta 1626, que se contrató
a Luis Martínez, quien fijó como condición para
su desempeño que "no se permitiera el establecimiento de otra
escuela".
Hasta 1638 se desconoció el desenvolvimiento de la
educación, que pareció pasar a segundo plano, debido a
las calamidades que azotaban a la población y al intento de mudanza
que acaparó la pluma del escribano del Cabildo.
Fue Simón Cristal el maestro nombrado y relevado
de su cargo a los pocos días, en enero de 1638. Cuando en 1649
el Cabildo dispuso crear una escuela "puesta por la Justicia" nuevamente
la designación recayó en el maestro destituido.
Resuelto el traslado de la ciudad, las autoridades de Santa
Fe no descuidaron la instrucción primaria, y con los vecinos
repartidos en uno y otro asiento, comisionaron a los alcaldes ordinarios
para que "vigilen como deben a la educación de los menores".
Maestros y escuelas coloniales
Instalada Santa Fe en el "Pago de la Vera Cruz", las comunidades
religiosas levantaron sus colegios. Hubo solares concedidos de merced,
en retribución por las escuelas gratuitas de primeras letras
que debían inaugurar.
San Francisco -patriarcal convento santafesino- cumplió
con la primaria. Los jesuitas ensayaron los estudios superiores; el
latín y la gramática cumplían el rol principal.
Contigua al templo, que se terminó de construir alrededor de
1700, se levantó la humilde edificación que se destinó
para escuela, que en el nuevo sitio se denominó San Javier, para
llamarse definitivamente Colegio de la Inmaculada Concepción.
Cumplida en 1767 la expulsión, su obra quedó
cercenada. Sus bienes pasaron a la Junta Municipal de Temporalidades.
El colegio y la enseñanza quedaron desamparados y el templo,
ocupado por los mercedarios en 1783. Esta orden se comprometió
a mantener gratuitamente a las dos escuelas -de gramática y de
latinidad- que habían funcionado en el instituto de los hijos
de Loyola. El resto del edificio fue destinado para cárcel.
En 1770 se instaló en Santa Fe la Junta de Temporalidades.
Su misión era administrar los bienes de los jesuitas expulsos.
Su producido debía destinarse para escuelas, entre otras erogaciones.
Cuatro años después, sólo quedaba una
escuela, la de San Francisco, razón por la que el Ayuntamiento
autorizó la apertura de otra, nombrando a Juan Francisco Ortiz
para el curso primario, y al Dr. Francisco Xavier Troncoso para el de
latinidad. Se inició la era de las escuelas "puestas por la Justicia".
En el vasto territorio de la provincia de Santa Fe, las
órdenes religiosas también cumplieron su magisterio en
las escuelas conventuales de la campaña, como la del histórico
Convento de San Lorenzo, a cargo de los padres recoletos, y la de Villa
del Rosario. Desde la creación del Curato en el Pago de los Arroyos
en 1730, la enseñanza de las primeras letras había estado
a cargo de un párroco o de un maestro particular. Recién
en 1774, la Junta de Temporalidades nombró a un civil como docente,
Pedro Truella, el que hizo abandono de su puesto en 1778, nombrándose
en su reemplazo a Silvestre Funes.
El capellán del Rosario nombró a Alejandro
Albinarratte como maestro de primeras letras de la escuela establecida
en 1779 por el alcalde de la Hermandad, Juan de Pereda Morante. Su sucesor
Martín Cardoso o Cardozo de la Vega, designado en 1784, dictó
el primer reglamento sobre educación de la provincia de Santa
Fe.
Suspendido en 1790 el fondo de las Temporalidades que subvencionaba
a los maestros, nuevamente la educación quedó huérfana.
Además cerraron las escuelas públicas. El pedido de su
sostenimiento al virrey resultó fallido.
Otra vez las escuelas quedaron en manos de sacerdotes y
de particulares. Los mercedarios anunciaron la apertura de los antiguos
cursos jesuitas "que se habían visto en la necesidad de cerrar".
Franciscanos y dominicos apoyaron esa misión.
Hacia la época constitucional. Importantes
creaciones
La corriente educativa retomó el pulso perdido durante
tantos años. En 1817, el gobernador intendente Mariano Vera dispuso
que se encarrilaran las escuelas públicas "puestas por la Justicia",
determinando la creación de dos: una en la villa del Rosario
y otra en la capital de la provincia. Es el primer rastro de existencia
de escuelas fiscales en la provincia.
Al asumir Estanislao López como gobernador, en julio
de 1818, recibió como herencia educativa tres escuelas en la
ciudad de Santa Fe: la de los padres franciscanos, la de los mercedarios
y la de los dominicos. Además, de las de San Lorenzo y de Rosario,
que no tenían vida continuada.
Estos centros de enseñanza a cargo de religiosos
nunca entornaron sus puertas. El Cabildo, regente y supervisor en esa
materia, estaba atento a la marcha de las escuelas públicas,
y en varias oportunidades había reconvenido a los mercedarios
sobre la necesidad de una escuela de primeras letras y latinidad, a
la que estaban obligados a atender desde que recibieron los bienes de
los jesuitas expulsos.
Fue el brigadier general Estanislao López el principal
propulsor de la educación de aquella época. En su afán
de elevar el nivel educativo de la escuela del barrio de San Antonio,
de reciente creación, nombró como maestro al Dr. Pascual
Echagüe, en reemplazo de Simeón Francisco de Vera, por la
importancia de su título. Asimismo ordenó el pago al maestro
de primeras letras de Rosario, Manuel Domínguez, y se preocupó
por la refacción del edificio de la escuela pública rosarina.
Dictó un reglamento, el primero en materia educativa
de la provincia de Santa Fe en el período de la organización
nacional, estableciendo la obligatoriedad y gratuidad de la enseñanza
y las funciones del Cabildo como superintendencia escolar.
Otra de sus preocupaciones fue la construcción y
equipamiento de edificios escolares. A su cargo estuvo la construcción
de la escuela de Coronda (1822), la de Rincón (1823), la de Rosario
(1832) y la del Sauce (1838); y el acondicionamiento del Convento de
la Merced para el funcionamiento del Instituto Literario San Gerónimo
y del Gimnasio Santafesino (1832).
En 1823 llegó a San José del Rincón
el padre Francisco de Paula Castañeda, quien construyó
la capilla y la escuela que le dieron renombre al humilde vecindario.
La celebridad de su original centro de instrucción atrajo la
concurrencia de alumnos de todo el litoral. La obra educadora del franciscano
se combinaba con la de sagaz periodista.
En su escuela, junto con la lectura se enseñaba geografía,
dibujo y música ejercitada principalmente en el arpa. También
se instruía en las "artes mecánicas": carpintería,
herrería, relojería y pintura.
Este novedoso centro educativo, sostenido por el Cabildo
con una pequeña mensualidad hasta 1826, se extinguió poco
después por carencia de medios.
El Gral. Estanislao López fue el creador de la instrucción
primaria y secundaria en nuestra ciudad y el que dio el primer aliento
orgánico a sus instituciones, legislando y organizando las escuelas
en distintos niveles de enseñanza.
Estructurada la educación en tres niveles -escuela
de primeras letras para varones y niños; institutos secundarios
con cátedras de latinidad, filosofía, geografía
e historia americana para varones únicamente; y escuelas especiales
o de oficios para varones-, la mujer solamente recibía instrucción
primaria: enseñanza de primeras letras, cálculo, costura,
moral, religión y buenas costumbres.
En 1831, el maestro Antonio Quiroz de Guzmán propuso
el establecimiento de un instituto de enseñanza denominado Gimnasio
Santafesino, para la educación de la juventud. Aprobado el proyecto
por López, el instituto comenzó a funcionar bajo la protección
oficial. El grado de enseñanza de la escuela era primario, una
preparación elemental para el ingreso al Instituto Literario
San Gerónimo que por la misma época (1835) el brigadier
creaba bajo la dirección del Dr. José de Amenábar,
cura vicario de la Matriz, y cuya enseñanza era una especie de
bachillerato intermedio preparatorio de la universidad.
Cerrado durante el gobierno del general Juan Pablo López,
fue refundado por Pascual Echagüe, quien reorganizó también
el Gimnasio Escolar sobre el sistema de Lancaster. Con el nombre de
Colegio San Jerónimo, asumió su dirección Marcos
Sastre.
En la época colonial, la mujer no tuvo instrucción.
Sólo existieron beaterios como el que Hernandarias instalara
sin éxito en Santa Fe la Vieja, o el de Blanca de Godoy y Ponce
de León, que transformó su casa de beatas en escuela,
a fines del siglo XVII, para practicar la enseñanza religiosa
y de las primeras letras.
La educación de la mujer tomó carácter
formal recién en 1838, con la creación de la primera escuela
de niñas del territorio santafesino, la escuela de la "señora
francesa" Amelia Mablioni de Rebecq, última aspiración
de López poco tiempo antes de su muerte. La escuela debió
cerrar sus puertas por razones de economía en 1840, debiendo
la docente dedicarse a la enseñanza particular.
Dos años después, el Dr. de Amenábar
trajo desde Buenos Aires a Ángela Plaza y Murúa para regentear
un colegio en la Casa de Ejercicios, quedando a cargo de la educación
primaria las hermanas Nicasia y Savina Niklison.
A partir de aquel momento, Santa Fe no dejó de tener
escuelas para niñas con sostenido crecimiento. A su frente estuvieron
por ejemplo Celina Goupillau de Richard, María del Pilar R. de
Tristany, Ana Domínguez, Milagros Zapiola.
En Rosario, y durante el gobierno de Pascual Echagüe,
también se instaló una escuela particular para niñas,
a cargo de las hermanas Vera, en 1842.
De las escuelas particulares a las fiscales: sus
representantes
Consagrados los derechos de enseñar y aprender por
la Constitución Nacional, se inició un período
orientado a difundir y organizar la educación elemental, considerando
también a las mujeres.
En su transcurso, se sancionaron leyes provinciales de educación
común que fueron modelos de avanzada concepción y organización
educativa. Gobernantes y educadores contribuyeron a construir los cimientos
de la legislación escolar.
Si bien en los períodos de gobierno anteriores a
Nicasio Oroño no se produjeron hechos destacados, se evidenció
la preocupación por sostener la enseñanza pública
y por la creación de escuelas. Así, durante la gestión
de Patricio Cullen, en 1863 se crearon dos establecimientos destinados
a la educación de la mujer: uno en la Capital y otro en Rosario,
confiados a las Hermanas de la Caridad.
Mientras tanto, la municipalidad santafesina sostuvo tres
escuelas elementales: la del Puerto -en un barrio de reciente formación-,
la de San Antonio y una de niñas.
Nicasio Oroño planeó la creación de
una escuela Normal en Santa Fe, mandando a construir el edificio que
hoy ocupan los Tribunales. Su derrocamiento truncó el proyecto,
como aquel otro de instalar una escuela agronómica en los terrenos
de propiedad de la comunidad franciscana de San Lorenzo, lo que provocó
el descontento de la población.
Durante el gobierno del Dr. Simón de Iriondo se crearon
numerosas escuelas en la campaña.
La enseñanza privada pareció competir con
el interés de las autoridades oficiales y encontraba campo propicio
en la población para ejercer la docencia. Son demostrativas las
solicitudes presentadas por particulares ante los poderes comunales
para abrir escuelas. Entre ellas pueden citarse: la escuela San Luis
Gonzaga, establecida por el maestro italiano Antonio Pizzorno, que también
desempeñaba la cátedra de gramática en el Colegio
de los Jesuitas, en 1867; la escuela Inmaculada Concepción, instalada
en 1873 por María del Pilar R. de Tristany, y la de Nicolás
Majeiosky, en Guadalupe.
En 1875, el Poder Ejecutivo, bajo la autoridad de Servando
Bayo, reasumió el gobierno y administración de todas las
escuelas sostenidas por las municipalidades de cada región, creando
la Inspección General de Escuelas y estableciendo un año
después el Ministerio de Instrucción Pública, Justicia
y Culto.
Durante el período ministerial del Dr. José
Gálvez se creó el primer Consejo de Instrucción
Primaria de la Provincia (1884), quedando bajo su dependencia la Inspección
General de Escuelas.
Presente en su acción, la municipalidad santafesina
estableció un colegio superior para alumnos aventajados que egresaban
de las escuelas comunes.
La gestión privada contribuyó como siempre
al fomento de la instrucción, siendo siete las escuelas autorizadas
para ejercer la enseñanza primaria: una atendida por los padres
dominicos, dirigida por fray Juan Cabligú; otra, en el convento
de San Francisco, a cargo de César Costa; la de Werfil Suárez,
en calle Santiago del Estero; la de Fortunato Esquivel, de enseñanza
mercantil, en 25 de Mayo 87; la de Octavio García, en 25 de Mayo
27; la de Samuel Morcillo, en San Jerónimo 105; y la de Manuel
Arroyo.
Siendo José Gálvez gobernador, y con el objeto
de centralizar la atención escolar en una sola repartición,
se firmó un convenio entre el Consejo de Educación y la
municipalidad en 1887, por el que se estableció que el Consejo
se haría cargo de la dirección y administración
de las escuelas elementales que correspondían al municipio, designando
también a sus preceptores.
Afanoso de cumplir la obra educativa, construyó locales
escolares y creó escuelas particulares en las poblaciones más
pequeñas. Ante la falta de maestros autorizados para cubrir las
vacantes de los establecimientos coloniales, contrató maestros
españoles por afinidad de raza, idioma y religión. Seleccionados
entre una nómina de sesenta postulantes, los preceptores llegaron
en 1889. Una comisión formada especialmente por el Consejo de
Educación fue la encargada de su distribución.
Luego y ante la falta de maestros diplomados, resolvió
la creación de la primera Escuela Normal de Santa Fe (1886),
de vida efímera. Entre sus más ambiciosos proyectos figuró
la fundación de la Universidad de Santa Fe (1889), de la que
fue su primer rector.
En los surgentes barrios de la ciudad de 1900 se organizaron
los siguientes establecimientos: la Escuela Graduada Superior de Niñas
y la Escuela Graduada Superior de Varones, en el centro (1884), que
al fusionarse dieron origen a la Escuela Superior Alterna Nº 1 Domingo
F. Sarmiento (1907); otra Escuela Graduada (1893), ubicada en calle
9 de Julio entre Gral. López y 3 de Febrero, que pasó
a llamarse Superior Alterna Nº 2 Belgrano, en el Sur; y en el norte,
Plaza España, la designada Nº 3 Rivadavia.
Estas escuelas graduadas, que debieron su creación
a la escasez de locales -en uno solo funcionaban por separado, en dos
secciones del día, la de varones y la de niñas- obligaron
a encarar la construcción de edificios escolares.
A fines del siglo XIX y principios del XX se manifiestó
una modalidad centralizadora, que se reflejó en la tendencia
de entregar al Estado los establecimientos particulares, supeditando
su instalación al control estatal o a su incorporación
a los colegios oficiales. Un síntoma de esa situación
fue el hecho de que mientras el número de inscriptos se elevaba
en las escuelas fiscales, bajaba simultáneamente en las particulares.
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