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Santa Fe | Sábado 20 de marzo de 2010 | 14:06 hs

Un minuto de silencio

(fragmento del capítulo del libro “Iluminados por el fuego” de Edgardo Esteban. El relato acerca de la muerte del soldado Eduardo Vallejo. Todos los nombres del libro fueron modificados, Esteban lo llama Vallejos)

(...) Y entre la gran cantidad de proyectiles que pasaban por encima hubo uno que cayó más cerca de mí. Cuando miré desde mi posición fetal hacia la entrada vi unas luces y la fuerza instantánea de algo como un viento que me levantó. Cuando caí quedé como atontado, cegado por el impacto. No quería ni moverme. No podía. ¿Qué había pasado? Estaba adormecido; me ardía el cuello; cuando me toqué, sentí que me quemaba los dedos y sangraba. Aparentemente una esquirla me había rozado el cuello. El casco me había protegido la cabeza. Al tocarme sangraron también mis dedos. La esquirla tenía la sensibilidad de grilletes al rojo vivo sobre la herida. Pero no estaba lastimado en ningún otro lado. Palpé todo mi cuero; estaba entero, salvado, pero librado otra vez al miedo. Afuera escuché gritos de confusión:

-¡Escóndanse, mierdas, que los van a bajar!

Y entre esas voces alguien gritó: -¡Socorro, hay un herido! ¡Auxilio! –y entonces, bruscamente, reaccioné saliendo en dirección al lugar de los gritos. Sabía que Vallejos estaba en apuros, porque mientras me acercaba lo nombraban y gritaban: -¡Está herido! ¡Llamen al enfermero!

Un sargento me vio y me gritó:

-¡Gringo, vení, ayudá! ¡No te quedés ahí!

Había otros soldados rodeando el pozo. Estaba Burgos y le pregunté qué había pasado. Burgos no reaccionaba, estaba mudo, como fuera de sí, sin comprender nada; quizás aturdido por el impacto, por la situación. Vallejos yacía dentro del pozo, con todo el pecho abierto. Una masa de ropa y sangre. Cuando me acerqué, me miró a los ojos, como queriendo hablar. Yo intenté agarrarlo y cerró los ojos. Mientras tanto el fuego seguía acosándonos y los silbidos de los proyectiles atravesaban el aire en todas las direcciones y los proyectiles atravesaban el aire en todas las direcciones y los impactos se mezclaban con gritos de los soldados. La confusión no nos permitía dudar.

(...) Alguien dijo que en ese cementerio habían enterrado al soldado Vallejos, muerto la noche anterior. Entonces nos fuimos para allá, bajando por una calle de tierra. Venían Bizgarra, Sirigliano, Bazán, Benetti y el cordobés Burgos, que era inseparable de Vallejos.

Al entrar al cementerio lo primero que vimos fueron cruces blancas; un montón de cruces blancas distribuidas en hileras simétricas. Cada cual tomó por uno de los caminitos, revisando tumba por tumba, hasta que Burgos se quedó quieto en un lugar. Automáticamente y sin hablarnos fuimos hacia donde Burgos se detuvo. A diferencia de las otras tumbas, la de él estaba cubierta por tierra blanda; indudablemente había sido el último argentino enterrado ahí. Aunque al lado de la tumba de Vallejos habían enterrado al soldado Pizarro, preferí quedarme con Vallejos, porque lo había visto morir en el lugar, a la hora, donde yo tendría que haber estado; me impresionaba esa muerte, me impresionaba tanto como el hecho de estar yo con vida, visitándolo en su descanso definitivo.

(...) Me arrodillé frente a la tumba de Vallejos. Toqué y besé el rosario, la cruz blanca, y recé en silencio algunos Aves Marías y Padres Nuestros. Estábamos rodeando esa tumba donde todo era silencio. Un silencio desacostumbrado, absoluto; y digo absoluto porque después de tanto ruido y tanta tensión esa visita nos volvía a enfrentar con el silencio más profundo y más misterioso: el silencio ante la muerte. Esa muerte que nos vaciaba asombrándonos infinitamente; a nosotros, pibes veinteañeros, nos tocaba sentirla, lejos de todo amparo familiar, lejos de cualquier tibieza, sentirla y afrontar también ese silencio extraño donde las palabras sobraban. Porque si la guerra había sido una dolorosa alucinación, al menos nos quedaba el recurso del humor para soportarla. Pero ante la tumba reciente de un compañero la cosa adquiría una dimensión que nos arrastraba directamente hacia el sinsentido.

De alguna forma traté de hablar con Vallejos. ¿Me escucharía?... íntimamente traté de decirle que me perdonara por estar vivo; que me perdonara por estar molestándolo con todas esas cosas absurdas que rondaban por mi cabeza y que necesitaba decírselas. Porque en ese memento todo se mezclaba: hablaba con él pero, no lo dudaba, yo hablaba al mismo tiempo con la muerte, con la vida, con mi propia vida. A través de su muerte hablaba con mi vida. Con esa vida mía que casi no entendía, pero era lo único que tenía para seguir.

La noche en que Vallejos había caído mortalmente herido fue la peor noche de mi estadía en Malvinas y la peor de mi vida. Fue la noche en que la muerte estuvo rondando más cerca, mientras yo esperaba con bronca y miedo.

(...) mientras caminábamos, hablamos del destino de él; había muerto justo la penúltima noche de la guerra.

-Podía haber esperado un poco más ese nabo y ahora estaría con nosotros –dijo Bizgarra.

Pero nadie festejó el chiste. Entonces yo les dije que Vallejos estaba haciendo la guardia en mi lugar, y Burgos dijo que sí, que él lo sabía porque Vallejos estaba caliente por eso conmigo.

Parecía que el destino de mi compañero hubiera sido quedarse en las islas. Pero esas cosas nunca se saben...

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