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| Una decisión que alumbró el puente | ||||
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| Por Luis Rodrigo La presión de la opinión pública para que se garantizara una provisión de agua potable constante y sin sobresaltos era enorme. Habían fracasado los sucesivos intentos de construir, reconstruir y hasta proyectar un puente acueducto para que a través de esa estructura pudieran llegar a la planta potabilizadora las aguas del Colastiné. Una y otra de esas iniciativas habían sido vencidas —algunas incluso antes de su concreción— por la fuerza de la laguna en tiempos de crecida, asociada con los camalotes que creaban verdaderas islas flotantes capaces de destruir cuanto se interpusiera en su camino. Cuando las autoridades nacionales tomaron la decisión de construir el puente Colgante, en 1921 (y licitaron la obra el 19 de junio de 1922), el gobierno provincial de entonces había proyectado la construcción de un gran parque deportivo en la otra orilla de la Setúbal. La idea era endicar y recuperar tierras bajas del área que hoy ocupan la Costanera Este, el Polo de Desarrollo Tecnológico del Ceride y la ciudad universitaria de la UNL con su Reserva Ecológica, hasta las inmediaciones del barrio El Pozo. Debe pensarse que por entonces la laguna era un verdadero límite a la expansión urbana, y que —además de las embarcaciones— sólo podía atravesar sus aguas el ferrocarril francés, cuyo servicio de ramal a Rincón —todo un viaje para la época— y al puerto de Colastiné, había visto peligrar durante las crecidas la estructura de quebracho del puente que colapsaría en 1926. Sin duda, en las tres primeras décadas del siglo pasado, la pulseada entre los santafesinos y el río había terminado con duras derrotas para la ciudad que, en otras áreas, crecía, se desarrollaba y alcanzaba un apogeo industrioso. Las obras de infraestructura y la riqueza cultural se multiplicaban como envidiables indicadores de pujanza. En épocas de crecida, la Setúbal sumaba fuerzas con todo el valle aluvional del Paraná, comportándose como un río caudaloso en su boca de salida, donde es más angosta. En ese lugar —el de la reconstrucción del Colgante— entre 1904 y 1921 el agua se llevó cuatro puentes, algunos de éstos en pleno proceso de construcción, porque todos los proyectos fallaban en un aspecto técnico: tenían demasiados apoyos sobre pilotes que servían de atraque a los embalsados de camalotes, que luchaban contra todo lo que les impidiera viajar libres por el cauce. Vista desde el aire, aquella Santa Fe debió ser una minúscula parte de todo el territorio que hoy ocupa. Sin embargo, el proyecto de mega-polideportivo, no consideró ninguno de los demás espacios libres que —sin tener que cruzar la laguna— habrá tenido la ciudad de los años veinte. Es que quizás, en aquel conjunto urbano, el parque deportivo también podía funcionar como el perfecto argumento para que se construyera un puente de gran costo por parte de las autoridades nacionales. (Este punto de vista se resalta en los propios boletines de Obras Sanitarias de la Nación, el organismo que pagó la obra, y que fueron redactados unas dos décadas después de ejecutarse el Colgante). El río y sus peligrosos embalsados se encargaron de que el puente se diseñara con el mínimo de interferencias para las aguas. La ingeniería francesa y los proyectistas argentinos que llamaron a la licitación internacional, hicieron el resto. No debe olvidarse que la finalidad primera y de fondo con que se libraron 531.277 pesos de entonces (1) era la de servir simplemente como acueducto, y abastecer con agua cruda del Colastiné a la planta potabilizadora de Obras Sanitarias de la Nación. Para eso, hubiera bastado con mantener fuera del peligro de las aguas a una simple tubería (quizá colgada de apoyos más modestos), sin tener que hacerse cargo del problema vial. Es que el Colgante, como hoy, debió haber tenido detractores. Aunque difícilmente hayan estado dentro de la capital santafesina, como pasó en nuestros días. La explicación más convincente respecto de cómo la obra logró ser alumbrada, pese a tantas dificultades, debió ser el esplendor que en aquellos años gozaban los santafesinos, tanto en el plano urbanístico como en sus índices de salubridad y de actividad económica. Las delgadas líneas del Colgante, su figura esbelta, su belleza, llegaron para rematar lo mejor de un área urbana que creció asociada a los años de posguerra, en el contexto de un país que estaba entre los primeros del orbe, inmerso en un rico proceso migratorio. Basta imaginar el paso del tranvía por el afrancesado paseo Oroño, y el boulevard Gálvez, más las residencias del paseo para entender los argumentos con que los santafesinos obtuvieron lo que querían. La significación política que implicó hacer el Colgante fue reconocida por la ciudad cuando se le dio el nombre de Marcial Rafael Candioti, por el santafesino que presidiera Obras Sanitarias de la Nación al momento de decidirse la obra y ejecutarse los trabajos. El 1º de agosto de 1947 se inauguró el conjunto de la Toma Nueva de Colastiné Norte, y se le dio su nombre. -------------------------------------------------------------------------------- |
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