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Editorial

Conspiraciones, a favor y en contra

Hay un refrán que dice: “Yo no creo en las conspiraciones, pero que las hay las hay”. Todo refrán es opinable, pero daría la impresión de que el mencionado suele ser repetido en ciertos ámbitos del oficialismo nacional como si se tratara de una suerte de rezo laico o sabio proverbio. El reciente asesinato de Mariano Ferreyra dio lugar a que los hábitos conspirativos se pusieran a la orden del día tanto en el oficialismo como en la oposición. La primera reacción del kirchnerismo, no bien salió del estado de inquietud y asombro que le provocó esa muerte, fue la de acusar a Eduardo Duhalde de haber perpetrado el operativo de “tirarle un muerto” al gobierno, como impúdicamente se dice en estos casos.

Al respecto, se habló de una reunión secreta de Duhalde con Pedraza, reunión que luego no se confirmó, pero esa sospecha alcanzó para que se arribara a la conclusión de que allí se decidió matar a alguien para responsabilizar luego a los Kirchner. En el mismo estilo, fundado en las más delirantes teorías conspirativas, se consideró que, en realidad, a quien le “tiraron un muerto” fue a Scioli y, de alguna manera, a Macri.

Tampoco en este caso existe prueba alguna que permita convalidar una hipótesis tan temeraria, pero uno de los rasgos distintivos de las teorías conspirativas es su falta de pruebas, porque parten del principio de que toda conspiración se realiza entre las sombras y, por lo tanto, nunca deja huellas. El otro principio de la teoría conspirativa es que la política y la historia no se explican a través de los procesos sociales, considerados simples mascaradas que encubren a los poderes ocultos en el espacio donde se resuelven los verdaderos dilemas del poder. Desde una perspectiva más contemporánea, se supone que toda teoría conspirativa es siempre una “enfermedad” inevitable del poder, en tanto se supone que el poder es, por definición, paranoico.

No es casualidad que sean el fascismo y los más diversos autoritarismos los más proclives a adherir a estas teorías. La concepción elitista del poder, el desprecio a la democracia y al ciudadano que la integra los llevan a creer que la verdad está siempre en el cenáculo, en la intriga tejida en las sombras y en el rol activo que desempeñan las elites.

Toda una historiografía y una teoría política avalan estas posiciones. Se rescata el rol de las minorías, del héroe y las elites. Así como esta visión conspirativa de la sociedad tradicionalmente estuvo ligada a la derecha y al autoritarismo, también adhirieron a ella, por razones diferentes, determinados grupos de izquierda para los que la lucha de clases es la lucha de diferentes minorías operando en la clandestinidad y conscientes de su rol histórico.

Retornando a nuestra realidad política, el despliegue de teorías conspirativas alentadas desde centros del poder de la clase dirigente para explicar la muerte de Mariano Ferreyra pone en evidencia la orientación autoritaria y la pobreza conceptual de quienes ejercen el poder, pero, por sobre todas las cosas, desnuda el carácter despiadado de las luchas internas por fortalecer o impugnar al poder dominante.



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