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Editorial

La política y los jóvenes violentos

Lo sucedido en la localidad bonaerense de Azul, que tuvo como protagonista y víctima a la candidata a gobernadora Margarita Stolbizer, es gravísimo para la democracia y la convivencia política. Como se sabe, un grupo de militantes K insultó y luego persiguió a la dirigente opositora. Todo ocurrió ante la pasividad de las fuerzas policiales y la mirada azorada de los habitantes de la localidad, poco acostumbrados a presenciar espectáculos de estas características.

No es la primera vez que militantes o bandas identificadas con el kirchnerismo pretenden silenciar a dirigentes que no piensan como ellos, recurriendo al insulto, la silbatina y la amenaza de agresión física. Sin ir más lejos, el pasado 20 de junio en la ciudad de Rosario y con motivo de la celebración del Día de la Bandera, patotas del oficialismo impidieron que el gobernador de la provincia usara de la palabra, mientras el ministro Antonio Bonfatti era insultado por los manifestantes.

Cabe mencionar lo sucedido en Rosario porque ocurrió ante los ojos de la presidente de la Nación. De modo que una palabra hubiera alcanzado para finalizar con las agresiones. Pero esa palabra no se escuchó, y tampoco hubo disculpas.

En Azul ocurrió algo parecido. Los que ejercieron la violencia callejera contra una candidata lo hicieron en nombre de la señora presidente y de su parte sólo hubo silencio, lo que opera como un gesto tácito de aprobación. En cambio, el gobernador Daniel Scioli pidió disculpas por lo sucedido. Pero lo que en definitiva importa es que haya sanción para las patotas y que desde el poder público se asegure que episodios como éstos no se repetirán. Sin embargo, la impunidad con la que se vulneran las reglas y las prácticas de la convivencia democrática no permite augurar nada bueno.

La responsable del referido operativo de cuño fascista fue la juventud sindical que responde a Moyano y a la ya tristemente célebre organización juvenil “La Cámpora” que orienta Máximo Kirchner. La capacidad de movilización de estas agrupaciones está alentada y financiada por la más alta esfera del poder en la Argentina. Y sus acciones vandálicas se inscriben en un contexto político de agresión continua a supuestos enemigos.

Como se dice en estos casos, la violencia se inicia con la palabra, con la descalificación del adversario y la periódica generación de enemigos. Según las circunstancias, estos pueden ser los diarios, los periodistas, los políticos opositores, los intelectuales críticos, la embajada de los EE.UU. o los hijos adoptivos de la señora de Noble. En cualquier caso, la estrategia básica es crear una polarización que suprima los matices y divida el campo entre amigos y enemigos permanentes, violenta separación que no deja margen para posturas intermedias.

Se dice que la principal fuente ideológica de los intelectuales kirchneristas es Carl Schmitt, quien fue un teórico del nazismo. Lo grave es que cada día con mayor frecuencia, las prácticas de seguidores del gobierno tienden a confirmarlo.



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