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Preludio de tango

Pascual Contursi y su prolongada noche triste

Manuel Adet

La noche del 24 de octubre de 1931, los grandes ases del tango deciden brindarle un homenaje a Pascual Contursi. La cita es en el Teatro Nacional y el animador de la jornada es Enrique Santos Discépolo. La función se inicia sobre el filo de la medianoche y las primeras palabras están a cargo de José González Castillo, el padre de Cátulo. Después, Charlo, con la orquesta de Francisco Canaro, arranca con “Mi noche triste”. Sofía Bozán y la orquesta de Julio de Caro, interpretan luego “Flor de fango”; Tania, la esposa de Discépolo, canta “Bandoneón arrabalero”, acompañada por el fueye de Pedro Maffia y, finalmente, Alberto Gómez con la orquesta de Francisco Lomuto, canta “Ivette”.

No concluyen allí los homenajes. Los fragmentos de dos sainetes clásicos de Contursi son puestos en escena dirigidos por Luis Arata y Elías Alippi: Se trata de “Los distinguidos reos” y “Caferata”. Allí se lucen actores como Tita Merello, Sofía Bozán Aparicio Podestá, Alberto Anchart, Roberto Blanco y Sofía Bozán, entre otros. O sea, que esa noche los mejores se dieron la cita. Lo novedoso es que el homenaje no se le brindaba a un muerto, sino a un hombre que desde hacía por lo menos dos años estaba sumido en las sombras de su larga “noche triste”.

En efecto, Pascual Contursi, el poeta que según el juicio de la mayoría de los historiadores creó la poesía del tango o, como dijera uno de sus biógrafos, “llevó el tango de los pies a los labios”, había llegado de París el 25 de agosto de 1928 absolutamente alienado. Pocos meses después los amigos lo internaron en un hospicio y allí morirá sin recuperarse el 29 de mayo de 1932, cuando todavía no había cumplido cuarenta y cuatro años.

Uno de los últimos tangos que Contursi escribió en París, se tituló “Bandoneón arrabalero”. Allí habla del fueye abandonado, un abandono que no será diferente al suyo porque, si le vamos a creer a Gardel, él fue quien lo encontró a Contursi tiritando en la plaza Pigalle. “Pascual, ¿no tenés frío”, le preguntó. Y la respuesta memorable: “Estoy muerto de calor”.

Gardel, según cuenta José María Contursi, fue el que envió a Buenos Aires el telegrama informando acerca de la desdichada enfermedad de Contursi Y es el propio “Morocho del Abasto” el que organizó su retorno en un barco y encerrado en un camarote. Se dice que Gardel era generoso con los amigos en la mala y muy en particular con aquellos con los cuales se sentía de alguna manera obligado. Recordemos que fue Gardel el que grabó “Mi noche triste” para la compañía Odeón y el que lo estrenó en el Teatro Esmeralda en 1917. Catorce o quince tangos escritos por Contursi fueron grabados por él y a ello hay que agregarle que el primer tango que Gardel grabó en su carrera fue -vale la pena consignarlo- “Mi noche triste”, poema al que le cambió el nombre, ya que la partitura musical de Samuel Castriota originalmente se llamaba “Lita”.

Once años de plenitud le alcanzaron y le sobraron a Contursi para quedar incorporado para siempre en la historia del tango. En ese período, no sólo escribió letras de sorprendente popularidad, sino que estrenó alrededor de treinta obras teatrales, once de ellas en 1926. Desde “la pegada” de “Mi noche triste” en 1917 a “La mina del Ford”, “Ventanita de arrabal”, “Sentate hermano” o “Clavelito”, Contursi paseó su estampa de buen mozo por la noche de Buenos Aires, Montevideo y París. En esos años, era habitual verlo tomando una copa o disfrutando de la mesa de amigos en “Los Inmortales”, “La Terraza” o la “Confitería Real”. Simpático, ocurrente, generoso, ganaba amigos y conquistaba corazones, aunque los entendidos aseguran que nunca dejó de amar a Hilda Briano, su novia, su mujer, su esposa y la madre de su único hijo: José María Contursi.

La locura lo fue atacando progresivamente. Algunas rarezas al principio, ciertas excentricidades, hasta el desenlace final. En aquellos años, la sífilis no perdonaba y Contursi no fue la excepción.

“Mi noche triste” es considerada como el punto de partida del tango canción. Digamos que la consideración es simbólica y controvertida. “Milonguita” de Samuel Linning y Enrique Delfino, para algunos, “Margot” y “Milonga fina”, para otros, suelen ser considerados los tangos emblemáticos. Otros se inclinan por “La morocha”, por ejemplo, pero en definitiva lo que está fuera de discusión es que la conjunción de Gardel con Contursi, más el acierto de un director de teatro para incorporar en el momento justo este poema a su repertorio, dieron lugar a que fuera considerado el punto de partida de la poesía tanguera.

En lo personal, no es el tango que más me gusta, ni siquiera el tango de más nivel del repertorio de Contursi. Temas como “El motivo”, “Bandoneón arrabalero” o “Ventanita de arrabal”, a mi juicio son superiores, para no mencionar a un poema como “Ivette”, que dispone de una riqueza de lenguaje superior a “Mi noche triste” y sus remedos “Si supieras” y “De vuelta al bulín”.

A “Mi noche triste” se le atribuye haber fundado la temática del género: el amor no correspondido, la desventura amorosa, el hombre abandonado que se lamenta por el amor perdido. Los octosílabos son precisos y el poeta combina en una dosis moderada el lunfardo con imágenes aceptables, pero admitamos que así como funda el relato tanguero, funda también su caricatura, esa versión sentimental y llorona de los peores tangos.

Sin ir más lejos, en 1929, Manuel Meaños y Juan Velich escriben “Porque soy reo”, un tango que de alguna manera ironiza a “Mi noche triste”, presentando a un personaje que está muy lejos de encerrarse en un rincón a llorar por el amor perdido. “En mi bulín mistongo no hay cintas ni moñitos, ni aquellos retratitos que cita la canción”, dice el poema que Alfredo Belusi interpreta con su habitual maestría.

Pascual Contursi nació en Chivilcoy en 1888, pero antes de los tres años estaba viviendo en Buenos Aires, Sus padres fueron Francisco Contursi y Catalina Maurino. La influencia de los payadores estuvo presente en su formación poética. Ya consagrado, se jactaba de haber nacido en los pagos donde “habló por primera vez Juan Moreyra”. Y nunca renegó de las influencias de Betinotti, Carriego y Gabino Ezeiza.

En 1914, Contursi está en Montevideo metido de lleno en el ambiente musical de la noche. A ese período corresponden sus primeras letras, algunas de ellas cantadas por el mismo, ya que antes de darse a conocer como poeta, Contursi se presentaba como cantor.

Con respecto al origen de “Mi noche triste”, se dice que la primera que se cantó fue en el cabaret Moulin Rouge, propiedad, dicho sea de paso, de Emilio Matos, padre de Gerardo Matos Rodríguez, el autor de “La Cumparsita”. Al respecto, se sabe que uruguayos y porteños discuten con dureza sobre la paternidad del tango y la nacionalidad de Gardel. “Mi noche triste” en ese sentido no es la excepción, ya que hay una polémica abierta acerca de si se estrenó en Buenos Aires o Montevideo. Es José María Contursi, quien de algún modo salda ese debate diciendo que el propio Gardel le dijo una noche en la confitería “Las Violetas” de Rivadavia y Medrano, que al poema a él se lo dieron a conocer en Montevideo, pero que lo cantó por primera vez en el Teatro Esmeralda. A ese acto de fundacional, se suma luego la incorporación del poema a la obra teatral de José González Castillo y Alberto Weisbach, “Los diente del perro”, el 26 de abril de 1918. La actriz Manolita Poli, que entonces apenas tenía diecinueve años, lo cantó acompañada de la orquesta de Roberto Firpo. Lo demás es conocido. La obra es un éxito y partir de ese momento “Mi noche triste” se constituye como la piedra fundacional del tango.

Admitamos, de todos modos, que “Mi noche triste” fue el convencional punto de partida de un género poético que en pocos años produciría obras muy superiores. El mérito indiscutible de Contursi fue haber sido el pionero, el poeta que dispuso del oído y la percepción necesaria para entender por dónde circulaba la sensibilidad popular de su tiempo. Quienes lo conocieron, e incluso lo estimaron, observan su tendencia cada vez más marcada a ceder a las exigencias de lo que hoy llamaríamos el rating. ¿Una virtud o un defecto? No es fácil responder a ese interrogante con pocas palabras.

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