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SEÑAL DE AJUSTE

El efecto Marcoria

El efecto Marcoria

 

En el “Gran final”, Marcos y Victoria se casan y arman una familia hermosa, coronada por dos hijos.

Foto: Gentileza Telefé

 

Roberto Maurer

Así como hay tiras que se van silenciosamente al descenso, a veces transportadas a horarios tardíos donde se las sepulta discretamente, están aquellas que se ganan el festejo hollywoodense inventado por Telefé, único, de Argentina para el mundo: la gala en el Gran Rex, donde se emite el último capítulo para los fans con presencia del elenco. La modalidad fue creada cuando finalizó “Resistiré” y algún genio se preguntó si semejante suceso no se merecería un plus equivalente a una vuelta olímpica. Con pertinencia, el acontecimiento es llamado “Gran Final”.

Se trata de una transmisión en vivo, si alguien aún no lo sabe, con tres mil fanáticos en la platea, una red carpet, la calle Corrientes cortada y vallas que contienen a la multitud de cholulos que aguarda chillando la llegada de los autos de los cuales van descendiendo los integrantes del elenco, con un Marley desencajado en el escenario donde se instala un living. La palabra más utilizada por los conductores y el elenco fue “impresionante”. Desde “Rolando Rivas” no se habría visto algo semejante, llegó a opinar Georgina Barbarosa, secándose lágrimas.

Quien quiera pensar mal, que piense que es un mismo auto manejado por el mismo chofer, que da la vuelta a la manzana, carga a los actores que esperan en una esquina, y vuelve a estacionarse para depositarlos en la entrada al Gran Rex. (*)

EL RÚSTICO Y LA DAMA

Si se estudia la trayectoria de “Dulce amor”, es una apoteosis merecida, ya que fue superando obstáculos que hubieran aniquilado a otras tiras. Comenzó en enero del año pasado y había sido prevista como una telenovela típica del productor Enrique Estevanez para horario de la tarde. A los tumbos, rozó la madrugada, pero una decisión audaz la situó en el prime time donde debía rivalizar con “Showmatch”, el forzudo de la tele. Antes, fue sometida a un desengrase del sobrepeso de componentes melodramáticos propios de las emisiones vespertinas, y sobrevivió a bruscos giros narrativos y numerosos cambios en el elenco, hasta arribar a un clasicismo depurado que estalló con un éxito cuyo rating a veces sumó más puntos que “Graduados”. Por “clasicismo” se entiende una apelación a todos los lugares comunes que, al parecer, el público estaba necesitando.

La pareja principal, es decir, la dueña de la fábrica de golosinas y su chofer, no parecía irresistible: Carina Zampini estaba obligada a remontar su imagen de años de villana y Sebastián Estevanez siempre lució solamente como un potro atractivo cuyos recursos dramáticos no sobrepasaban los límites del establo.

Sin embargo, Marcos y Victoria llegaron a popularizarse y tanto que sus fieles acuñaron el neologismo “Marcoria” como denominación de la bestia de dos cabezas que se había adueñado de sus corazones. Así nació un nuevo activismo, y los fans organizaron una “Marcoria Fest” a beneficio y los momentos felices de la pareja fueron festejados en el Obelisco. Tanto éxito provocó otro invento argentino: acaba de aparecer un libro que cuenta “Dulce amor” en el formato de fotonovela.

¿Fue batacazo? Hasta el momento, la ciencia no se ha pronunciado sobre el fenómeno, y hay explicaciones demasiado candorosas. “Lo primero que tiene que tener una novela es mucho amor. En ese sentido, funciona como la vida misma: si no hay amor, no hay nada” declaró el productor, cuyo concepto sobre “la vida misma” es difuso, si es que existe algo que pueda ser llamado “la vida misma”. Una seguidora con un rol protagónico en la consolidación de “Dulce amor” en las redes sociales no fue más allá: “La historia era llevadera, sana y simple”.

SIN AMOR NO HAY NADA

El último capítulo fue un trámite. Durante la mitad del mismo Victoria es arrastrada por Lorenzo que la encañona en la cabeza con una pistola gigantesca. “La mato, la mato”, gritaba Lorenzo antes de ver a su pequeño hijo, caer de rodillas, derrumbado, y ser llevado por la policía a un calabozo donde, aún ahí, lo visitará su chica y florecerá el amor.

Marcos y Victoria se casan, y se adelantan imágenes del futuro, ellos con sus hijos que todavía no tienen edad escolar. Hubo que cerrar incontables historias paralelas, ya que la tira fue una importante fuente de trabajo por la que pasaron unos 260 actores. Y hubo “vida misma”, o sea amor en clisés según el entendimiento del productor: besos, cajita con anillos, embarazos, declaraciones de amor, nacimientos, miradas anhelantes y frases como:

* “La nuestra fue una historia de amor... hermosa... vos me devolviste la alegría... la sonrisa”.

* “Aprendí a no ser egoísta, y si encontraste a una mujer que te hará feliz, les deseo lo mejor”.

* “Siempre es bueno volver a lo que uno siempre quiso”.

Y también existió un compromiso social. La empresa Golosinas Bandi se convierte en cooperativa y la aristocrática Elena decide no volver a la Mansión Bandi, como ellos mismos la llaman, para dedicarse a los pobres porque “caminando por el barrio vi gente muy necesitada”, dice a su mayordomo gay, quien también tuvo su alegría: volvió su novio.

El elenco entero agradeció desde el escenario del Gran Rex: “Nos metimos en el corazón de la gente”, saludaron. ¿Es necesario decir que algunos lloraban?

(*) Gerardo Romano llegó sentado adelante junto al chofer. Siempre fue un transgresor. El auto que transportaba triunfalmente a la pareja protagónica era conducido por el propio Sebastián Estevanez, con velocidad y frenada brusca: en la novela su personaje es chofer y ex corredor.



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