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Hernán Casciari

Una voz multiplataforma

Con la excusa de su presentación en la Feria del Libro, El Litoral dialogó con una de las plumas más innovadoras de la literatura argentina.

Una voz multiplataforma

Casciari frente a su público: una comunidad que lo sigue en sus proyectos, pero que siempre incorpora gente nueva. Foto: Pablo Aguirre

 

Ignacio Andrés Amarillo

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Aprovechando su visita a la Feria del Libro para presentar un recital de cuentos, El Litoral dialogó en exclusiva con Hernán Casciari sobre una propuesta literaria que sale del papel para expandirse por las redes, la radio y el teatro.

—Venís con este recital de cuentos, “Gaussian Blur”, un poco como una excusa para salir y vivir otras experiencias.

—Sí, porque en realidad hay pocas posibilidades de traer lo que realmente estoy haciendo en Buenos Aires, que tiene como ocho o nueve personas arriba del escenario, está complicado para traerlo a escenarios como éste. Y dar una charla o conferencia, que es lo que se estila, me aburre un montón. Entonces inventé una contraoferta: cuando me invitan a una charla les digo “no, prefiero contar cuentos”. Hay uno de esos cuentos que se llama “Gaussian Blur”, le puse ese nombre porque es en inglés y no significa nada.

—Queda como genérico...

—Claro, y ya está. Pero es eso: es la excusa de poder venir y no tener que decir “no, no doy charlas”.

—Decís que nunca leés lo mismo, varía según el día y las ganas. ¿Venís con una carpeta amplia y resolvés ahí?

—Sí, en realidad vengo con una compu donde tengo 250 opciones, y voy tirando algo desde ahí. Después tengo una selección en papel, de 20, 25, pero si pinta algo raro tengo esas 250 opciones para ir tirando. Que es más o menos lo que hago en la radio también.

—¿Qué devolución diferente te da el público en vivo, contra lo que es la radio o (más lejos todavía) la publicación (aunque en las redes te den like)?

—Antes de las redes, cuando solamente había blogs o páginas de Internet, la respuesta no era un like sino un comentario casi siempre largo, o intenso; o conversaciones entre distintas personas que comentaban. Se parece más a eso: no me siento ajeno a lo que ocurre en un auditorio: hay una persona que habla, otros que están escuchando (más o menos parecido a un blog), y después cuando termina eso te ponés a charlar mano a mano con los que llegan, que es como un sistema de comentarios. Sí tenés el 3D de todo esto, que la gente esté ahí. Pero después es más o menos parecido.

—Es muy loco estar extrañando la blogósfera de hace 10 ó 15 años...

—No es extrañar, es contemplar su evolución: en qué se convirtió, qué pasó con todo eso. Por lo menos a mí me gusta saber de dónde vienen las cosas; en el momento puntual en que cada uno de nosotros teníamos un blog o una página en Internet siempre hablábamos de los folletines en entregas que se hacían en el siglo XIX, y era lo mismo (ahora con más velocidad). Pero siempre hay una referencia a algo anterior, que sirve casi exclusivamente para que lo que estemos haciendo ahora sea un poquito más complejo.

—Lo más interesante a veces no era el posteo...

—Sino lo que venía abajo, sí.

Tiempos

—Escribiste cuentos, novelas, fuiste columnista. ¿Cómo son las diferentes dinámicas en la organización del tiempo del escritor, y cómo se articulan?

—Por lo menos en mi caso no hubo nunca una estrategia temporal. A mí me gusta ver qué está pasando con la gente, y conmigo como espectador o usuario de cualquier clase de contenido. Cuando empiezo a aburrirme de textos largos como usuario, inmediatamente dejo de escribir textos tan largos como creador de contenidos. Cuando empiezo a interesarme en los podcast y escuchar a otros diciendo en voz alta en vez de escribiendo, empiezo a interesarme (de casualidad, casi siempre), a decir que sí a ciertas propuestas a las que antes decía que no. Porque empiezo a entender más como espectador de qué se trata. Por eso no es estratégico, es más espontáneo.

—Una novela está abierta durante cierta cantidad de tiempo; cuentos, te levantás y te salen; columnas son cosas que tenés que cumplir.

—Tengo publicadas dos novelas pero ninguna las escribí como novelas: eran cosas que me levantaba, escribía un cuento y lo tiraba. Después pertenecían tanto a un mismo mundo ciertos cuentos que los edité en forma de novela, que lo habré hecho en una tarde: dije “todo esto junto hilvanándolo así es una novela”. Pero nunca escribí una novela.

Tampoco escribí nunca una columna para el diario: sino que agarro cosas que tengo en el blog, las acomodo a las 1.100 ó 1.500 palabras (o lo que me pida el diario después de haber firmado un contrato) y les doy eso.

Lo de la radio también. Lo que supe en un momento es que el blog Orsai es donde echo cosas, las tengo como a medio hacer (en mi cabeza), después viene uno y me dice “necesito algo”. “A ver, esperá”, soy como el turquito que nunca dice “no tengo”; agarro algo, “esto te queda grande de sisa, pero te lo hago a 1.200 palabras y es tuyo: pagámelo”.

Nunca trabajo de cero en nada. Lo que hago hoy en el teatro es agarrar cosas, “oh, mirá esta, puede quedar bien en un teatro, vamos a llevarla la semana que viene”. La pruebo, si no funciona la descarto. En la radio hago lo mismo. No estoy escribiendo, de hecho: hace como seis o siete meses que no lo hago.

—¿Eso viene en tropel, por rachas?

—Depende de lo que esté haciendo. Ahora me divierte esta parte, y al mismo tiempo genera anécdotas que cuando tenga ganas de escribir no voy a estar en blanco: habré tenido unos dos o tres años de un montón de cosas interesantes que pasaron que las tendré que bajar a papel por necesidad, por gusto o por costumbre. Estoy más generando historias que contándolas.

Camino propio

—Hay una búsqueda tuya de ir hacia formas de contacto más populares con el lector u oyente, que las de los circuitos del escritor.

—Si buscabas en 1970 la manera de llegar con un cuento para adultos, ¿cuántas maneras tenías? En la tele estaba “La mujer biónica”, las series eran juveniles todas, no había una para adultos; ahora tenés mil opciones. En la radio había radioteatros, pero eran para las señoras que estaban en la casa, el marido no; tampoco podías componer gran literatura. ¿Qué te quedaba? El libro. Entonces el autor era un autor nada más que de libros: Internet no estaba...

—Por ahí publicaban en algunas revistas muy específicas...

—Claro. Leopoldo Torre Nilsson hacía en cine cosas de Roberto Arlt, pero eran escritores anteriores, no de ese momento. Entonces quedaba el libro. Hoy no: tenés 20 millones de opciones, aunque casi nadie está leyendo un libro. Entonces no es que el escritor está buscando experimentar: está buscando que alguien lo escuche. Entonces no vas a estar en un libro de 600 páginas todo el tiempo porque nadie te escucha. Nadie te compra un libro de 600 páginas. Y el escritor que se queda con esa intención formal de la conferencia es porque decide también estar en la trinchera de una élite y defenderla, que tampoco está mal.

—Un día no publicaste más en medios corporativos, hiciste apuestas más personales. Lo interesante no es sólo la decisión, sino haber roto con ciertas limitaciones de por ejemplo las revistas independientes. ¿Cómo fue ese momento?

—Uno se puede hacer el cocorito, decir que las cosas funcionan porque uno es vivo, pero en realidad no es así. Tuve la suerte de (sin buscarlo) generar una comunidad de personas muy intensa, fervorosa y grande. Si vengo a Santa Fe, sé que le voy a contar a un grupo de gente que me sigue desde hace mucho.

Todos tenemos ideas trasnochadas; la diferencia cuando tenés una comunidad y cuando no la tenés es enorme; porque si no la idea se diluye, no sabés qué hacer. A mí lo que me empezó a pasar es: “Mirá esta idea rarísima, vamos a contársela a estos que están más locos que nosotros”. “¿No me das un millón y medio de dólares para hacer una revista que no te voy a decir qué es?”. Eso se le ocurrió a todos los drogones de la noche del mundo; no todos tenían una comunidad enorme. Sí está esa comunidad, y del otro lado no la cagan, va a funcionar, lo que sea, trascienda o no.

Clásicos y modernos

—Aquellos escritores de folletines estaban también en contacto con el sentir popular y la devolución. Todo es una búsqueda de recuperar el “vamos a seguir a este escritor”.

—A mí siempre cuando era chico me fascinaban esas historias de la literatura en folletín: veía a la gente ya en los 70, 80, embobada con cosas que a mí me parecían pelotudeces, y pensaba: “Mirá que loco en el siglo XIX, la clase media normal estaba con los libritos, y ya no”. Internet vino a devolverme esa fascinación: la gente está, vamos a otras pavadas.

Porque cuando crecés te das cuenta de que todo es una pavada; y que en cada uno de esos tiempos para otro eso era una pavada. “Crimen y castigo” de Dostoievsky hoy está avalado por el prestigio de casi todos; pero salía en una revista, semana a semana, y siempre había un chico de 21 años leyendo “Crimen y castigo” y un papá diciendo que eso estaba mal, teniendo los rusos verdaderos de antes.

—Los clásicos siempre fueron “esta porquería nueva”...

—Pasó con Dante Alighieri que escribía en italiano, y la gente decía: “Este es un pelotudo que lo que quiere es marketing. Le está escribiendo al vulgo, por eso no escribe en latín”. La diversión popular se ha perdido en la literatura; dio la impresión en alguna época de que se escapaba de esos estratos y que era solamente de la academia. Y era mucho más divertido.

Desde allá

—Durante varios años estuviste en la atmósfera cultural argentina viviendo afuera.

—Era bastante estresante, aunque no me daba cuenta, hasta que no lo pude soportar más. Es cuando vivís en un lugar en el que no querés estar viviendo, y querés vivir en otro en el que no podés. Tuve la suerte de poder trabajar para acá y que funcionara lo que hacía, vivía en España pero mi hora mental era cinco horas antes.

—¿Por qué había que estar allá?

—Porque tomé la decisión de criar a mi hija, no desentenderme. La crié hasta sus 12 años, y cuando empezó la secundaria empecé a decir “voy a soltar esto porque no puedo vivir más”. Prioricé eso, lo hice con mucho amor pero me costó muchísimo, en los últimos cinco años sobre todo.

—¿Y cómo fue volver justo ahora?

—Si hubiera que esperar a que haya buenos momentos políticos en la Argentina no volvería nadie nunca. Después vemos si sufrimos, pero por lo menos los sufrimientos que nos corresponde. Prefiero sufrir a Macri que a Rajoy: por lo menos es un pelotudo mío, nuestro hijo de puta (risas). Lo secuestraron cuando era chico, es de Boca; sabés cosas: del otro estúpido no sabés, es menos interesante.

Escuela de éxito

—¿Cómo fue el éxito teatral de la mano de Antonio Gasalla, con “Más respeto que soy tu madre”?

—Fue un buen aprendizaje de cómo funciona el éxito. Pasan cosas en el medio de todo eso. Por un lado por primera vez me pasó que otro con otra clase de talento agarró algo mío y lo convirtió en una tercera cosa. A priori vas a decir “me va a encantar” o “no me toquen ni una coma”; pero hasta que no ocurre no sabés quién sos. Aprendí que soy bastante tranqui, que no le rompía mucho las bolas al otro; que lo dejaba hacer, que cuando no me gustaba algo no me calentaba tanto, cuando me gustaba algo me parecía muy bien.

Después descubrí que soy malísimo con la guita, quiero que circule. Cómo funciona en el otro el éxito tuyo, porque empieza a haber ciertas envidias, soy bastante hippie en todo eso. No me hizo mal.

—Entró otra gente que no es de la comunidad...

—Eso me pasa en casa formato, con Mario Pergolini en la radio. Entran vientos de otras ventanas. Uno está muy cómodo con sus lectores originales, sabe qué cuento contar, qué palabras usar, dónde está la risa. Un día entra gente de otro palo y genera aire nuevo.

Sé que hay algo que hace mal en todo esto, por eso estoy muy atento. La gente cuando va creciendo en su oficio y a tener más exposición se pudre o se la cree. No es que sea un pelotudo, hay algo que le toca una fibra mal.

—¿Qué proyectos tenés para el mediano plazo?

—Voy a sacar un libro de cuentos en diciembre y posiblemente un número especial de la revista Orsai en marzo o abril. Duró 16 números, dijimos que nunca iba a tener un número 17; entonces vamos a hacer la Orsai 2017. Solamente para despuntar el vicio de hacer una revista cada tanto.



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