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Tribuna literaria (por Augusto Munaro) 12 -06-2019
El principio de incertidumbre



Augusto Munaro

 

Tres relatos, o cuentos, que articulan un procedimiento lógico en el que un concepto, progresivamente, se transforma en su opuesto. Y es desde ese preciso deslizamiento, desde esos intersticios, donde este singular libro hace literatura. De este relativismo inquietante, se funda toda una poética que se ve reflejada en su sintaxis ambivalente, que progresa página tras página, a través de infinidad de peripecias, hasta alcanzar el instante áureo de toda transformación, donde una idea muta (gracias al álgebra de la invención), en su contrario. Cabe destacar que en el núcleo de cada relato, la incertidumbre reina en todo momento, como bien especula uno de los personajes en “Informe sobre la muerte del poeta”; el primero de los cuentos: “no sabemos si nuestra vida está empezando, terminando o sólo continuando”. La duda, entonces, desata una prosa que busca hallar el significado último (¿o primero?) de la realidad. ¿Pero cuál es el “sentido” de lo real?, ¿merece ser indagada la lógica misma de las cosas?... En estos términos, es un libro conceptista, conjetural.

 

Pues en Katchadjian no abunda la descripción en el sentido balzaquiano del término. Se trata de una narración que sale del dominio de la mimesis y se vuelve autorreferente, por instantes, hiperliteral. Las escenas se montan en una o dos oraciones, para articularse como consecuencia de su premisa (conceptual) de la trama: el peso leve en que una idea se lleva a sus últimas consecuencias (su reverso). Forzando esta operación, cualquier frase no tarda en adquirir su sentido opuesto, subvirtiendo así, las premisas iniciales de cada relato. Como consecuencia, Katchadjian impone otro modo de leer. Plantea la duda y sus múltiples significaciones, y hace narración desde esos pliegues. Algo así como Beckett, aunque con cierto humorismo muy matizado. Asimismo se lo podría vincular con Voltaire y sus cuentos filosóficos. Los tres textos se pueden relacionar entre sí para considerar los temas que les son comunes: el viaje permanente, el deseo, la búsqueda de la felicidad en un mundo mal hecho, ideológicamente manipulado e injustamente gobernado.

 

Tres cuentos espirituales tiene un ritmo de glissando, deslizándose un episodio hasta deshacer en otro de modo sistemático. En ese aspecto, como Copi, el autor de El caballo y el gaucho busca dislocar mudando de escenario en cada vuelta de página. Un restaurante, seguido por un hotel, un campo, un pozo, etc. En eso consiste uno de los ejes de su lógica frenética. Un progresivo enrarecimiento va tomando forma y se estructura ágilmente a medida que avanzan las aventuras concatenadas entre personajes siempre curiosos, cuyos nombres, algo irrisorios, recuerdan a las historietas de antaño. Los surrealistas elaboraban más la atmósfera (Crevel, Rigaut, Desnos, tómese por caso). Acá el objetivo es prescindir casi de toda metáfora desviante. Sobreviven, en cambio, movimientos de descentramiento, el mecanismo secuencial en el que operan los protagonistas de cada historia: un poeta dado a la fuga, un gigante y su ayudante en busca de un traje a medida, o un santo en lo profundo de un pozo, queriendo huir de su destino, revelando así, las absurdas leyes del mundo que simulan regirnos.

 

“Tres cuentos espirituales”, Pablo Katchadjian; Blatt & Ríos, Buenos Aires, Argentina.

 

Un progresivo enrarecimiento va tomando forma y se estructura ágilmente a medida que avanzan las aventuras concatenadas entre personajes siempre curiosos, cuyos nombres, algo irrisorios, recuerdan a las historietas de antaño.



 




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