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Por Marķa Teresa Rearte 24 -12-2019
Navidad



Por María Teresa Rearte 

 

La Navidad es la mayor “teofanía” de Dios. Esto significa que es la más grande manifestación de lo sagrado. Celebrar la Navidad, a una distancia de siglos del Nacimiento de Jesús, nos pide aprender de María a contemplar en silencio al Hijo de Dios. Hay que saber que, cuando uno calla, se abre el espacio interior y se manifiesta la divina presencia.

 

EL PESEBRE

 

En la carta apostólica “Admirabile signum” (01/12/2019), el Papa Francisco enseña que el pesebre “es como un evangelio vivo” que proviene de la Sagrada Escritura. E invita a contemplar con una mirada renovada la Navidad del Señor. En ese sentido refiere que el pesebre tiene su fundamento en “algunos detalles evangélicos del Nacimiento de Jesús en Belén”. (2) El evangelio de Lucas relata que la Virgen María “dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada.” (2, 7) Sugiero la lectura reflexiva de esta cita para comprender que el heno que pacen los animales fue el primer lecho del Hijo de Dios.
Al origen del belén tal como lo conocemos hay que buscarlo entre los paisajes de Greccio (Italia), donde en 1223 San Francisco realizó el primer pesebre viviente, con personas del lugar con quienes hizo memoria del Niño Jesús nacido en Belén. Y lo asoció a la solemne celebración de la Eucaristía.

 

ALGUNOS SIGNOS DEL BELÉN

 

El Papa repasó en la carta citada los signos del belén, de los que sólo puedo citar algunos en el espacio del que dispongo. Así es el caso del cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche, que -en lo personal- me recuerda un himno litúrgico que canta “de noche en el silencio nacía tu Palabra,/ de noche la anunciaron el ángel y la estrella...”.

 

La encíclica aludida nos recuerda los momentos en los que -dice el Papa- a veces tenemos que “responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia.” Por ejemplo, “¿quién soy yo? ¿De dónde vengo?... ¿Por qué sufro?...” (4)
Los ángeles y la estrella, que el Papa menciona, son la señal de que también nosotros debemos ponernos en camino hacia la gruta de Belén para adorar al Señor. “Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido...” (Lc 2, 15), dicen los pastores, que son los primeros testigos de la salvación que llega. Los pobres y sencillos supieron acoger el acontecimiento de la Encarnación. 

 

En Navidad el Niño Jesús es colocado en el pesebre. Su Nacimiento suscita asombro y alegría. Brillan los ojos de los esposos que lo contemplan. Junto a María, en actitud de protección del Niño y la Madre está san José, que nunca se cansa de cuidar y proteger a su familia.

 

Llegada la celebración de la Epifanía se ponen las figuras de los tres Reyes Magos que -venidos de Oriente- le ofrecieron los dones de oro como a un Rey, el incienso como a la divinidad, y la mirra en reconocimiento de su humanidad, que más adelante conocerá la muerte y la sepultura. Meditemos, porque a veces también hay un largo y fatigoso peregrinar por la vida para encontrar y reconocer en Jesús al Salvador esperado. No busquemos pretextos para desviarnos del camino que nos lleva a Él, en medio de la fascinación conque seducen los espejismos del mundo que nos rodea.

 

LA VIDA SE HA MANIFESTADO

 

“La Vida se hizo visible” (1 Jn 1, 3). En su carta el apóstol Juan resume el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. De modo tal que vemos, tocamos, nos asombramos y conmovemos ante este Acontecimiento único, que ha cambiado el curso de la historia. A partir del cual se ordena el número de los años: antes y después de Cristo.
Llegados hasta este aquí y ahora sugiero reflexionar sobre qué es creer.

 

Porque la fe cristiana no consiste sólo en creer a Jesús. Sino en creer en Jesús. Además de aceptar el hecho de la Encarnación, se trata de la aceptación de una Persona. Más aún, la Persona constituye el hecho. Y es por la fe que nos congregamos en torno al pesebre y la celebración eucarística, en esta noche santa en la que conmemoramos su Advenimiento.

 

La Navidad nos pide apartarnos de la trivialidad que abunda por todas partes. Y asumir desde la fe las tres afirmaciones céntricas del Nuevo Testamento, que son la Encarnación, la Redención y la Resurrección. Esto es: que Dios se ha hecho Hombre, que Jesús ha muerto para salvarnos, que Jesús ha resucitado.

 

La predicación cristiana es la revelación de estos acontecimientos. Lleva a tomar conciencia de que en nosotros se ha dado un cambio en el modo de ser del hombre. Y esto no es sólo un relato como los relatos que estamos acostumbrados a escuchar. Sino una palmaria realidad aceptada y vivida desde la fe. Dirigida a nuestra libertad. Que pide ser vivida e irradiarse en nuestra existencia personal y social. En la historia de los hombres.

 

Amigos, hermanos, compatriotas: ¡Jesús ha nacido! Que nos ilumine y anime la esperanza. ¡Feliz Navidad para todos!

 

En Navidad el Niño Jesús es colocado en el pesebre. Su Nacimiento suscita asombro y alegría. Brillan los ojos de los esposos que lo contemplan. Junto a María, en actitud de protección del Niño y la Madre está san José, que nunca se cansa de cuidar y proteger a su familia.

La fe cristiana no consiste sólo en creer a Jesús. Sino en creer en Jesús. Además de aceptar el hecho de la Encarnación, se trata de la aceptación de una Persona. Más aún, la Persona constituye el hecho. Y es por la fe que nos congregamos en torno al pesebre y la celebración eucarística, en esta noche santa. 

 



 




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