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Mirada desde el sur (por Raúl Emilio Acosta) 03 -02-2020
Alberto Fernández, el porteño

Alberto Fernández, un presidente bien porteño. El historial del peronismo es bastante particular en este punto. Las raíces familiares de todos sus jefes políticos están lejos de Buenos Aires y la “cultura portuaria”.



Por Raúl Emilio Acosta

 

En el Siglo XX hay un tajo en Argentina. El 4 de junio de 1943 comienza, tiene un cenit en la noche del 17 de octubre de 1945 y termina por tajear el país en febrero de 1946. Con el voto popular, el peronismo -así llamado con posterioridad al 17 de octubre y a las boletas del Laborismo que le permiten participar electoralmente- gana las elecciones. Se repite que es denominado después: peronismo. Con ese nombre comienza a jugarse la construcción de la sociedad Argentina. Sin el peronismo no se concibe Argentina desde aquel tajo.

 

Una de las características que las estadísticas, las biografías, los relatos no pueden esquivar (omitir) es que los argentinos se volcaron, en los votos, hacia una propuesta marcadamente diferenciada de las clásicas. El peronismo tradujo reivindicaciones de izquierda y criterios poco ortodoxos de la división de poderes y logró la desaparición (en volumen) de todos los partidos (de izquierda) que tenían aquellas banderas. Sumó un orden definitivamente piramidal.

 

Otra de las particularidades del fenómeno que mencionamos es lo que se llamó después ”movilización social ascendente”. Provenientes de las migraciones internas como de la primera generación de inmigrantes, también de fragmentos de una sociedad biclasista, con el peronismo una parte importante de la sociedad accedió a estudios, a trabajos, a legalizaciones, a la visibilización que no estaba en los censos, estudios, análisis y documentaciones de la Argentina de la primera mitad del siglo.

 

El perfil de la sociedad fue, era, es otro desde aquella definición popular. Que ya lo anunciaba desde el comienzo. Baste decir que la primera composición del parlamento sostenía (ver documentales) un 40% de sus miembros con escasos o nulos estudios universitarios tradicionales y/o profesiones y trabajos consagrados. El “aluvión” se aposentaba, votos mediante, sobre Buenos Aires y, también, sobre el país. No eran iguales las circunstancias. Del 30 y el quiebre constitucional al 50, las elecciones y las reformas constitucionales, el cambio fue visible. El peronismo dio una respuesta a la posguerra. Ahora...: es posible socialmente... ¿Qué cosas... Todas. El peronismo abolió límites. Corrió los códigos.

 

DOMICILIOS DESCONOCIDOS

 

La ciudad de Buenos Aires comenzó a ser “invadida”. Cuando Evita habla de “los cabecitas”, o cabecitas negras, cuando menciona a “los descamisados” alude a quienes re perfilan (usemos el concepto de moda) cambiándole la índole a la ciudad que, sin embargo, mantiene una independencia de criterio político que llama la atención. Aún hoy es un hecho socio político notorio, notable.

 

Cuando se revisan las elecciones (el peronismo, excepto la violencia de grupos armados que no eran su eje, tiene una diferencia inatajable en este punto), cuando se revisan las elecciones se advierte que el peronismo es el que gana todos sus cargos, todas sus participaciones, mediante el voto.

 

Si se acude a los datos biográficos de sus dirigentes, desde Juan Domingo Perón a la fecha, hay una singularidad que no puede ocultarse. No es el militar que funda esta corriente popular un hombre de la ciudad. Un “urbano del puerto”, un porteño. No lo es Cámpora, su delegado en el poder político cuando debe romper absurdas reglas electorales. No lo es la primera presidente/ta, la señora María Estela Martínez de Perón, “Isabelita”. Se aclara, no lo son en raíces, modales, sitios de vida anteriores a su proyección política. Tampoco en raíces familiares.

 

El historial del peronismo es bastante particular en este punto. Las raíces familiares de todos sus jefes políticos. Los años de Carlos Saúl Menem, claramente de familia inmigrante, lo pone lejos de Buenos Aires y la “cultura portuaria”. Buenos Aires es una ciudad, una sociedad que intenta y logra seducir a los recienvenidos a sus formas, claro está.

 

Dejando fuera los presidentes parlamentarios los dos Kirchner reportan al afuera. Uno del sur, otro del arrabal platense.

 

Si se permite una digresión: no son “porteños” típicos ni Arturo Umberto Illía ni Raúl Ricardo Alfonsín ni, tampoco, Fernando de la Rúa.

 

Esa mecánica de seducción de los meandros porteños tiene lo suyo. Buenos Aires es un faro y nadie, ni siquiera en un dibujito, se fija en las luces en la base de la construcción. El faro ilumina. Buenos Aires es el faro. También Buenos Aires conquista y seduce. Es la única ciudad con todo. El puerto y la salida al mundo. Las luces y los cenáculos.

 

LA ABEJA REINA

 

Cualquiera que conozca la historia de los panales y el comportamiento de las abejas sabe de las obreras, los zánganos y la abeja reina. Y el modo de mantener y hacer crecer la colmena, el enjambre. La ciudad/puerto es una abeja reina. Já. La Reina del Plata.

 

Los hábitos de lenguaje (excepto los que quieren imponerse por decreto) son eso, un canto rodado, un mutante que no puede ocultarse.

 

Un “porteño” dice “aquí”, dice “nosotros”, dice “provincia” y dice “el interior del país”. Está claro y es justo. Sabe en qué sitio se encuentra parado y su relación “témporo espacial” define Argentina.
Puede, claro que puede intentar comprender el país entero, con sus deformaciones, sus injusticias, sus señores feudales (Gildo Insfram es un improperio al siglo XXI) y sus atrasos, junto a quienes pelean esos atrasos o se aprovechan de ellos. Puede y debe.

 

Diferente es la situación de quienes, viniendo de geografías, espacios, paisajes, tierras diferentes, se encontraron respondiendo al mandato de la Abeja Reina. La traición ronda, traición a las raíces al menos. Todos, absolutamente todos fueron seducidos en el panal. Rescato a Alfonsín y “al viejito Illía”. Los intelectuales porteños fueron crueles con don Umberto. Los radicales porteños traicionaron a Alfonsín.

 

Esta es la primera vez que el peronismo o mejor, la sumatoria que ha dado lugar democrático a este singular gobierno, tiene un “NyC” porteño en la cabecera. Los votos provienen del país y, claramente, todos los votos de un sector populoso de “provincia”, de “la provincia”. Alberto Ángel Fernández está en cargos públicos y conociendo el país desde su capital. En la Década del ’90 ya estaba en la administración pública.

 

En Buenos Aires sus raíces. No es sencillo escapar al mandato de las raíces. Si Buenos Aires es “un cuerpo social”, una abeja reina o, como quería el poeta (porteño) “la reina del plata” allí deberían buscarse los reflejos del Alberto Ángel Fernández. No podrá escapar a su índole. Así aseguran todos los libros. Solo queda racionalismo y generosidad para salvarnos de un eje (Buenos Aires) que ahora tiene un Jefe nacional que le es propio. Todo queda en casa.

 

Digresión necesaria. Manuel Romero es porteño. Estrena el tango, cuya poesía le pertenece, en el 1923. Manuel Jovés es autor de la música y es... de Barcelona. Otro puerto. La obra, en el Maipo, la titularon: “El Tango en París”. Freud... teléfono para usted.

 

Está claro que la presidencia es el mejor asiento para la gestión pública. Lo ha recuperado el peronismo. No es el mejor momento del país. Es la primera vez que Buenos Aires tiene uno suyo en el cargo. No debe seducirlo ni trampearlo. Rd propio. El tiene una sola y terrible obligación. Argentina no es Buenos Aires, ni lo será. Si no actúa como argentino sino como porteño no hará otra cosa que respetar su índole. Buenos Aires es su perfil, su casa. Buenos Aires no es Argentina, capital, faro, eje sí, claro. El periodismo torna a los suyos escépticos. Soy periodista. Alberto Ángel Fernández, porteño y presidente.

 

La ciudad de Buenos Aires comenzó a ser “invadida”. Cuando Evita habla de “los cabecitas”, o cabecitas negras, cuando menciona a “los descamisados” alude a quienes re perfilan (usemos el concepto de moda) cambiándole la índole a la ciudad que, sin embargo, mantiene una independencia de criterio político que llama la atención.

Esa mecánica de seducción de los meandros porteños tiene lo suyo. Buenos Aires es un faro y nadie, ni siquiera en un dibujito, se fija en las luces en la base de la construcción. El faro ilumina. Buenos Aires es el faro. También Buenos Aires conquista y seduce. Es la única ciudad con todo. El puerto y la salida al mundo. 



 




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