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Peisadillas 28 -03-2020
Ventanas abiertas, aplauso cerrado

El otoño arrancó sin que nos percatemos de ello. En la calle nadie está buscando la sombra de los árboles;  no vemos a las señoras con ruleros madrugueros barriendo las hojas caídas.



“Llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga”. Homero.
 

Arrancamos verdes... el mal sueño de estos días con sus respectivas noches nos encontró disfrutando del calorcillo santafesino, la veíamos desde lejos, como esas cosas que nunca nos alcanzan; cosa de chinos, decíamos. Está bien, era cosa de chinos y supuestamente por comer esto o aquello, y las memes de moda en ese primer mes en que nuestro ahora conocido virus se hacía conocido, era ver a personas orientales (porque no todos los que tienen la característica de los ojos rasgados son chinos), morfando ratas vivas, bichas vivas, insectos de todos los tamaños y colores, también vivos, obviamente; y algún que otro ser vivo o feneciendo lentamente. Y nosotros nos reíamos, unos vivos bárbaros...

 

Y como el verano en estas latitudes se corresponde a las vacaciones “veraniegas”, muchos aprovechan y se toman el buque -es un dicho, la gran mayoría se mueve en auto o en avión pero hay quienes se toman un buque o un crucero-, la cuestión es que se las toman del calor para buscar otro calor en las playas atlánticas, pacíficas o caribeñas; y a los que el calor agobia, se van buscando el frío europeo. No solo algunos se van, también llegan otros, los extranjeros y algunos expatriados, que huyendo del frío del otro hemisferio, recalan en las tierras de la plata (que brilla por su ausencia).
 

Ese constante trajinar de la marea humana, que marea de solo pensarlo; todo ese intercambio cultural, ese manoseo de dinero; ese roce; ese incesante estar con otros; de moverse en bloque; de compartir lugares comunes; de apretujarse en museos; servicios de transporte; playas; peatonales; plazas, y todo aquello que se hace cuando se pertenece por un puñado de días a la clase viajera turista que quiere hacer todo en casi nada de tiempo, hizo, en poco tiempo, lo que a la naturaleza le lleva años o décadas.

 

Y el otoño arrancó sin que nos percatemos de ello, casi nadie se dio por aludido, ni siquiera los árboles. En la calle nadie está buscando su sombra protectora; no vemos a las señoras con ruleros madrugueros barriendo las hojas caídas y puestas en prolijos montoncitos dorados para encender el fuego y sentir ese aroma tan otoñal de hojas incineradas. Tampoco vemos a nuestros hijos o nietos mostrándonos orgullosos su cuaderno con ese collage de hojas secas chorreantes de “Plasticola” coronando un nervioso tronco pintado de fibra marrón. El otoño nos encontró cumpliendo el primer día de la cuarentena, sorprendidos unos y satisfechos la gran inmensa mayoría por la medida tomada; había que “primerear” la pandemia, que ya dejó de ser turista, para ser un problema de todos... y todas.
 

Y aquí me encuentro, como les decía la “Peisadilla” pasada, un solitario en solidario, como todos los que desde hace una semana venimos siendo testigos y protagonistas a la vez de esta epidemia que azota donde más duele. Nos costó al principio, tímidos empezaron a verse los primeros barbijos, los primeros guantes, las filas comenzaron a hacerse más largas, las calles se poblaron de gorriones y palomas, las calles más silenciosas y desiertas, las filas en los comercios necesarios -farmacias, supermercados, verdulerías, despensas y veterinarias- comenzaron a hacerse más largas, respetando el metro y medio de distancia; los cálidos y afectuosos abrazos se convirtieron en un regocijado tocar de codos o en una graciosa justificación “¡epa! no debemos tocarnos” manitos con palmas arriba, mientras que nuestras miradas arden diciendo que te abrazaría cada día que pasa un poquito más fuerte y sonreímos francamente, con una cierta melancolía propia de nuestra naturaleza de “toquetones”. Ahora las llamadas se hacen más frecuentes, las charlas son más largas, y los medios con los que contamos para sentirnos más cerca se hacen cada día más indispensables. 

 

Indispensable es la solidaridad. Entre tanta lejanía con el otro, fuimos aunando los esfuerzos y dejando de lado los egoísmos tribales, todo el mundo está en la misma, y todos estamos en el mismo puchero. Es emocionante ver las ventanas abiertas, las manos asomadas aplaudiendo a los profesionales y al personal de la salud, primeros en la línea de fuego; las charlas que se suceden de piso a piso; ver a esos locos lindos ponerle “onda” a la pandémica histeria, caminando con un culo de botella de plástico con agujeritos, rellenos de algodón a modo de barbijo; donde todo lo que es bueno para uno es mejor para los demás; leer los mensajes de aliento en papelitos, en banderas, conmovidos viendo la difusión de videos de gente alentando a seguir peleándola, con fiereza, envalentonados, intensamente emocionados y en todos los idiomas.
 

Este inmenso mundo se hizo tan chiquitito ante un problema tan gigante, donde todos nos sentimos lejos de todo y de todos, pero, paradójicamente, nunca nos sentimos tan cerca.

 

A cuidarnos y guardarnos. A pararnos en la cima de nuestro empequeñecido mundo y gritar bien fuerte como en aquella frase de la recordada escena de “Caballos Salvajes” que Héctor Alterio inmortalizó: “La puta que vale la pena estar vivo”.

 

Indispensable es la solidaridad. Entre tanta lejanía con el otro, fuimos aunando los esfuerzos y dejando de lado los egoísmos tribales, todo el mundo está en la misma, y todos estamos en el mismo puchero.


Desde hace una semana venimos siendo testigos y protagonistas de esta epidemia que azota donde más duele. Nos costó al principio, tímidos empezaron a verse los primeros barbijos, los primeros guantes, las filas comenzaron a hacerse más largas, las calles, más silenciosas, se poblaron de gorriones y palomas.
 



 




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