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Por Dr. Mariano M. Candioti Lehmann 07 -04-2020
Pandemia

Le hemos quitado al individuo la responsabilidad de su propio cuidado, de mantener su propia salud, el poder y la necesidad de conocer su cuerpo, sus dolencias, su tiempo de recuperación. 



Por Dr. Mariano M. Candioti Lehmann

 

Al día de hoy la OMS reporta más de 1.000.000 de casos a nivel mundial y 50.000 muertes debidas al Coronavirus. El 80% de los casos son leves, 20% requiere internación y un 5% cuidados críticos.

 

Un cuarto de los afectados, 200.000 pacientes, ya están recuperados

 

La población del planeta es de 7.700 millones, es decir que está afectada 0.013 % de la humanidad, lo que a simple vista no representa un riesgo inminente que lleve a nuestra extinción. Alguien podrá argumentar que mi pensamiento lineal me está jugando una mala pasada.

 

El problema no sería este número absoluto y/o relativo de infectados, sino la tasa de contagios, número de casos nuevos en un determinado período de tiempo; ya que esto saturaría al sistema sanitario. De ahí surge el concepto y la utilidad acerca de cómo y porqué “aplanar la curva”.

 

Todos nuestros esfuerzos están centrados, entonces, en distribuir el número de casos en el mayor período de tiempo posible, para poder dar asistencia médica a todos aquellos que la requieran.

 

Es decir que los estados de cuarentena, la recesión económica venidera, el grado de alarma mundial y el hastío del perro que saca a pasear a su dueño cuatro veces por día, son consecuencia en gran parte a la baja capacidad (relativa) de los sistemas sanitarios (bajo número de camas, de profesionales capacitados y de respiradores disponibles) de acuerdo a la demanda actual.

 

Hemos llegado a una especie de causa raíz, debajo de esta subyacen supuestos / creencias que las sustentan, que bien podrían ser las que siguen:

 

La medicina y el Estado, se han encargado de enraizar dos mitos (realidades construidas en las que todos creemos): que el ser humano tiende a la inmortalidad (debe vivir cada vez más y de mejor manera) y que algo / alguien fuera del individuo es responsable del cuidado de su propia salud (en este caso el Estado a través de su sistema de salud y profesionales).

 

¿Qué pasaría si estas dos “realidades” no fuesen ciertas? 

 

Imaginemos qué pasaría , por ejemplo, si tratásemos los cuadros de gripe o malestar en nuestros hogares, sin concurrir de manera masiva a la guardia de un hospital (como hacían nuestras abuelas a principios del 1900 de manera supuestamente atrasada y sin fundamento científico).

 

Hoy todo debe ser supervisado por un médico ya que en su persona se valida el conocimiento, el cual es ubicuo pero banal si no es acompañado por el profesional.

 

Le hemos quitado al individuo la responsabilidad de su propio cuidado, de mantener su propia salud, el poder y la necesidad de conocer su cuerpo, sus dolencias, su tiempo de recuperación. 

 

El Estado se ha hecho cargo del proceso salud - enfermedad de cada persona, esto implicaría ser responsable de qué y cómo come, cómo se ejercita, duerme, trabaja y maneja sus hábitos (consumo de acohol, tabaco), lo cual resulta a simple vista absurdo.

 

Confundimos atención médica con todo aquello que hace al cuidado de la salud.

 

Los determinantes de la salud se dividen en: estilo de vida, medio ambiente y entorno, biología humana y herencia, y atención médica y servicios asistenciales. Siendo este último responsable en un 11 % en su papel determinante, así como el primero lo es en un 43 %.

 

Claramente puede cada persona mantener su buena salud sin siquiera pisar un nosocomio, a través de buenos hábitos, siempre y cuando su condición socio-económica lo permita, el más claro ejemplo de esto son las medidas sugeridas para paliar esta situación que nada tienen que ver con el sistema de salud: toser sobre el codo y / o usar barbijo (básicamente no compartir las secreciones con el resto), el lavado de manos y el distanciamiento social. Como es evidente, las medidas comienzan y terminan en el individuo, con un fuerte impacto a nivel colectivo.

 

Otro dato interesante es que el 99 % de los infectados que requiere cuidados críticos poseen enfermedades prevenibles o asociadas a estilos de vida poco saludables (sedentarismo, hipertensión arterial, sobrepeso, tabaquismo).

 

El segundo mito es creer que debemos vivir más tiempo y mejor, lo cual nos lleva a buscar acto seguido la inmortalidad, algunos hablan también de amortalidad (podríamos morir por un accidente de tránsito, pero no producto de un cáncer o una neumonía).

 

Nadie está ya dispuesto / conforme con morir por una causa biológica, tratable, curable.
Podemos tratar las más graves enfermedades y estamos cada vez más cerca de descifrar y regular el proceso de envejecimiento.

 

Todos queremos vivir ad aeternum, la pregunta que nos debería interpelar : ¿para qué anhelamos esta aberración?

 

A esta realidad ya la imaginaron escritores, Borges entre ellos, dando como resultado ciudades colmadas de seres que no pueden vivir ya experiencias nuevas, únicas, que los asombren y le den sentido al tiempo finito, valor a aquello que lo tiene por su escacez, por suceder sólo una vez. Seres con vidas sin sentido cuya única forma de culminarla es el suicidio (Utopía de un hombre que está cansado) o el retorno a la codiciada mortalidad luego de beber las aguas de un miserable arroyo (El inmortal).

 

A lo mejor sea momento de pensar hasta dónde queremos prolongar la vida humana, de ir amigándonos con la posibilidad de morir. Alguien alguna vez comparó esta última hazaña con mirar al sol con los ojos bien abiertos, tarea imposible de realizar más allá de unos pocos segundos.

 

Dejemos de culpar a un microorganismo sin voluntad alguna, aparte de la de replicarse en cuanto huesped pueda. 

 

Estas dos construcciones mentales (supuestos erróneos a mi parecer) son las responsables del caos actual, y cualquier situación que sature el sistema de salud no hará mas que dar muestra del impacto de ella en nuestras vidas.

 

Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales”. El Inmortal, J.L.B.
 

Los estados de cuarentena, la recesión económica venidera, el grado de alarma mundial y el hastío del perro que saca a pasear a su dueño cuatro veces por día, son consecuencia en gran parte a la baja capacidad (relativa) de los sistemas sanitarios (bajo número de camas, de profesionales capacitados y de respiradores disponibles).

 

Inspirado en la situación actual, el libro “De animales a Dioses”, Harari Yuval Noah; “La decisión”, Eliyahu M. Goldratt; Utopía de un Hombre que está cansado, J.L.B. y El Inmortal, J.L.B.

(*) Médico, Cirujano Cardiovascular, d-Health Fellow Moebio-Biocat

 



 




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