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Por César Bisso 07 -04-2020
Alberto Cortez: "Soy sólo un laborioso ordenador de palabras"

Cortez ha elaborado una vasta obra en versos y casi todos los poemas han sido musicalizados por él mismo. Sus textos hablan de las cosas simples, del amor, de la nostalgia, de la naturaleza, e la vida, del hombre, de la tierra.



Por César Bisso


Un poema puede hablar de la tierra y su paisaje, del hombre y su destino, del amor y sus gozantes, de la vida y de la muerte. Pero cualquiera sea la temática elegida, un poema debe ser gestado desde la poesía misma, esa que transporta al creador por los caminos de la belleza y la emoción. Desde esa premisa el poeta no se cansa de trabajar y cada día espera el deslumbramiento de una epifanía.

 

La breve introducción me sirve para recordar mis encuentros con Alberto Cortez, un trovador de enorme talento y, por sobre todas las cosas, un hombre gentil. Lo conocí en febrero de 1979, luego de un recital realizado en Mar del Plata, donde tuve la gran oportunidad de conversar con él por primera vez. Esperé su calmosa salida, le acerqué mi libro de poemas y él agradeció con mucha simpatía. A pesar del nerviosismo por tenerlo a mi lado (lo admiraba mucho como cantautor), Alberto no demostró ningún apuro por retirarse. No era su estilo, ni tampoco la gente se había agolpado para pedir un autógrafo en la puerta de aquel teatro de la avenida Independencia. Era verano, pero la noche estaba muy fría. 

 

En la primavera de 1981 nos volvimos a encontrar en el aeropuerto de Sauce Viejo, donde lo fui a esperar. Mantuvimos una cálida charla en el bar, en medio de una entrevista para un periódico santotomesino. Al finalizar me pidió que lo acompañara en los días siguientes a sus recitales por distintas ciudades de la región: Santa Fe, Rafaela, San Francisco y Paraná. Fue una experiencia increíble. Nunca hubiera imaginado estar junto al artista en sus distintas actividades de prensa antes del recital; escucharlo y verlo actuar al costado del escenario, entre bambalinas; o compartiendo un buen vino al final de la jornada. Él disfrutaba de su arte. Yo disfrutaba estar a su lado. 

 

Desde aquel momento surgió una hermosa relación de amistad que mantuvimos a lo largo de muchos años. Nos comunicábamos a través de breves cartas, mientras él seguía con su vida artística por los escenarios del mundo. En uno de sus escritos del año 1982 decía: “somos afines en todo a partir de la tierra que nos pertenece por evolución genética y el tiempo deja de tener valor en estas esferas, por eso no cuenta ni el calendario ni la hora de escribir al amigo. No sé cuándo nos veremos de nuevo, ojalá que sea pronto y si tu sueño vuela, quizás en España. Yo espero”. Pero mi sueño de poeta aún no contemplaba esa posibilidad.

 

Con el regreso de la democracia, Alberto comenzó a viajar seguido a su país para brindar numerosos recitales. Cada vez que llegaba a Buenos Aires compartíamos un café en el hotel o lo acompañaba al teatro. En 1986 surgió una situación inesperada: viajé a La Habana, especialmente invitado por Cortez, quien tenía que actuar en el famoso Festival de Varadero.

 

Agradecí su toma de decisión por siempre. Apenas instalados en la isla, comprobamos como el huracán que había azotado el mar Caribe unos días antes había hecho estragos en el famoso balneario. Entonces todos los artistas convocados se concentraron en la capital cubana. Y después del término de cada jornada festivalera se organizaba una “descarga” en los jardines de un hotel frente al mar, donde los cantantes y músicos subían al improvisado escenario y proponían un breve recital. Durante esas largas noches pude disfrutar de las actuaciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Arturo Sandoval, Willie Colón, Los Van Van, Luis Eduardo Aute, Alceu Valenza, Los Jaivas y obviamente Alberto, entre otros. Pero el momento más emocionante de aquella aventura lo viví cuando concurrimos a una vieja casona en el barrio del Vedado, que el gobierno local estaba reciclando para que funcione un centro cultural. En una de las grandes habitaciones había un piano. Cortez se sentó frente a él, levantó la tapa del teclado y me llamó para hacerme escuchar una canción inédita. “A modo de responso” estaba dedicada a su querido amigo Miguel Angel Merellano, excelente locutor fallecido pocos años atrás en un accidente aéreo. Aquella tarde, mientras cantaba a media voz, su rostro se cubrió de lágrimas. Y mi asombro fue el único testigo.

 

Ese mismo año escribí un artículo en la revista que su productora publicaba en Madrid y distribuía por todo el mundo hispano parlante. Allí rescaté una pregunta que alguna vez le hice sobre la postura del poeta ante la vida. Me contestó sonriente que no se consideraba poeta. “Soy sólo un laborioso ordenador de palabras” dijo. La modesta respuesta de Alberto tenía su razón. Como cantante había musicalizado e interpretado poemas de notables poetas como Antonio Machado, Luis de Góngora, Francisco Quevedo, Marqués de Santillana, Miguel Hernández, José Fernando Dicenta, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Almafuerte y Juan Ricardo Nervi. Y frente a ellos le resultaba incómodo y hasta irrespetuoso considerarse poeta. Así se plantaba como autor y compositor frente al designio de la página en blanco. Respeté la postura de Alberto, pero no estuve de acuerdo con su observación. Explico por qué: si partimos del mismo concepto que utilicé al principio de esta nota, nos daremos cuenta realmente cuándo estamos percibiendo la obra de un auténtico poeta, sin caer en comparaciones y calificativos. Cortez ha elaborado una vasta obra en versos y casi todos los poemas han sido musicalizados por él mismo. Sus textos hablan de las cosas simples, del amor, de la nostalgia, de la naturaleza, de la vida, del hombre, de la tierra. Cualquiera sea el tema que se prefiera, el mensaje de la poesía siempre aporta algo al conocimiento del receptor si contiene en sí misma su propia originalidad. Porque sólo la poesía que ofrece equilibrio estructural y serenidad emocional marca el punto de partida del auténtico poeta. Y Cortez supo lograr con sus canciones una identidad poética que lo distinguirá por siempre. 

 

Hubo más encuentros, siempre relacionados con sus giras por el país. Amenos, sensibles. Jamás olvidaré el afecto compartido con el gran trovador, que nos dejó el 4 de abril del año pasado, a sus 79 años recién cumplidos. “El tiempo es un canalla que recoge en su memoria la memoria de los hombres y avariciosamente encarece la idea de revivirlo, como si de un artículo de lujo se tratara y, lo más grave, es que nuestras actitudes justifican las suyas y aunque pretendamos, con humildad o insolencia, arrebatarle un cachito, si más no fuera, nos lo niega con la seguridad del que manda. Uno se conforma y se conforta con la idea que algún puñetero día conseguirá engañarle con la excusa cualquiera y podrá gastarlo a su antojo con los amigos. Esta es la faceta de la esperanza que no quisiera perder y que me ayuda a seguir soñando”. Estas palabras las escribió en una carta que me envió a fines de 1987. Así sentía la fuerza de la amistad y la imposibilidad de ejercerla por razones de tiempo. Más aún, después del percance que padeció en 1996 y que le provocó una afección cerebral que lo mantuvo alejado de los escenarios y de sus mejores relaciones.

 

Y si bien fue recuperando paulatinamente su salud, ese tiempo “indomable” comenzó a cobrar factura. En el año 2007, cuando fue nombrado “Personalidad destacada de la Cultura” por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, pude cruzar algunas palabras con él. Le costó reconocerme entre tantos saludos y abrazos. Es probable que su memoria ya no funcionara a pleno. Lo noté cansado, pero inmensamente feliz, como en aquellos tiempos que Argentina había recuperado la democracia.

 

Sólo la poesía que ofrece equilibrio estructural y serenidad emocional marca el punto de partida del auténtico poeta. Y Cortez supo lograr con sus canciones una identidad poética que lo distinguirá por siempre. 



 




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