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Coronavirus, efector colaterales (VII) 23 -06-2020
Mundos perfectos ya casi no existen

En un mundo tan ignoto como sublime, los habitantes se sintieron desfallecer. No fue de repente, sino a lo largo de varias generaciones...



Recuerdan los mayores, sin demasiadas certezas, que en tiempos remotos, en un mundo tan ignoto como sublime (uno más entre millones de los que insisten en bailar al son de una música ancestral en el firmamento infinito), los habitantes se sintieron desfallecer. No fue de repente, sino a lo largo de varias generaciones, pero al fin, llenos de angustia, se sintieron desfallecer.

 

Al principio fue la hambruna.

 

Extensos territorios, habitados por centenares de miles de personas, de un día para el otro se tornaron tierra arrasada. Primero el agua y luego los alimentos, comenzaron a escasear hasta extremos alarmantes y, como superar la carencia fue impostergable, los lugareños salieron en su procura, dispuestos a todo con tal de subsistir. La vida entonces se tornó violenta, cruel, injusta.

 

Alguien sugirió consultar con los teólogos, y ese fue un gran acierto, ellos hallaron las respuestas. Respuestas provisorias pero, convincentemente efectivas. Así comenzó el tiempo de los sacerdotes, de los templos y los dogmas; y poco a poco, todo volvió a sus carriles.

 

Tiempo después se presentó otra gran calamidad, a la que los habitantes llamaron codicia. Una especie de ambición desmedida que originaba cierta insatisfacción permanente y voraz, al extremo de desear lo que no se necesitaba, ni jamás se necesitaría.

 

Otra vez afloró la violencia; la gente se lanzó a las calles en busca de incrementar pertenencias. Unos buscaban quedarse con lo ajeno, otros defender lo propio y lo peor, al cabo de un ciclo, cada quien asumía el rol inverso para volver a la carga.

 

Volvieron a recurrir a los teólogos, al fin y al cabo ellos habían logrado apaciguar al mundo en tiempos de hambruna. Mas, ante la sorpresa de todos, los teólogos se declararon incompetentes.

 

Recién entonces a alguien se le ocurrió consultar a los filósofos y esto fue un nuevo gran acierto. Los filósofos sugirieron que gobiernen los políticos, que se dicten normas y se fijen penas. Advirtieron, también, que la salida lejos estaba de ser definitiva. Y poco a poco, todo retornó a sus carriles.

 

Mucho después sobrevino el tiempo de las penosas enfermedades. De la noche a la mañana y sin aviso previo, niños, jóvenes, adultos y ancianos murieron como moscas. Dolientes e Indefensos.

 

Antes de ser siquiera consultados, religiosos y políticos se declararon incompetentes. Y fue entonces que surgió la alternativa de los científicos.

 

Los científicos, plantearon soluciones transitorias y allanaron la llegada de los médicos, los hospitales y los remedios. La gente dejó de padecer y comenzó a curarse; poco a poco todo fue retornando a sus carriles habituales.

 

Al fin, una peste irreductible se declaró en el mundo.

 

Consultados los religiosos y los filósofos y los científicos, todos coincidieron en que sus efectos serían tan devastadores como inusuales, peores aún que aquellas calamidades que, en épocas pasadas, pudieron aplacar.

 

Pero esta vez, la gente no les creyó y subestimó la gravedad del asunto. Es que al principio no parecía tan grave; incluso la violencia, a causa del aislamiento, parecía retroceder.

 

Con el paso de los días la funesta consecuencia de esta nueva maldición comenzó a quedar al desnudo.

 

Es que su ponzoña letal consistía en correr el velo, dejando al descubierto lo que los habitantes desde tiempos remotos se habían empeñado en esconder.

 

Así fue que con más intensidad que nunca, volvió el hambre y la codicia y las muertes de niños, jóvenes y ancianos. Incluso la violencia recrudeció más atroz que lo imaginable.

 

Desde entonces los habitantes de aquel mundo ignoto y sublime se sintieron desfallecer. Se lo llamó “el tiempo del coronavirus”.

 

Consultados los religiosos y los filósofos y los científicos, todos coincidieron en que sus efectos serían tan devastadores como inusuales, peores aún que aquellas calamidades que, en épocas pasadas, pudieron aplacar.

Con el paso de los días la funesta consecuencia de esta nueva maldición comenzó a quedar al desnudo. Es que su ponzoña letal consistía en correr el velo, dejando al descubierto lo que los habitantes desde tiempos remotos se habían empeñado en esconder.

 



 




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