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Crónica política 18 -07-2020
"Las cuarenta"

La tendencia de los acontecimientos apunta a debilitar la figura del presidente, una consecuencia si se quiere previsible en un mandatario que, como todo el mundo lo sabe, llegó al gobierno sin fuerza política y territorial y dependiendo de la voluntad de poder de una vicepresidente cuyo objetivo privado es la impunidad judicial.



I

En política suelen no ser aconsejables los pronósticos o los vaticinios o las predicciones. Se los considera un ejercicio poco serio para una disciplina que invoca el realismo y el sentido común en cualquiera de sus versiones. La política, se diga lo que se diga, opera sobre los rigores del presente y a esa actividad se la denomina, más allá de los riesgos teóricos, con el nombre de pragmatismo. Al futuro se lo dibuja con los trazos pretenciosos de la utopía o con las brumas de los sueños. Recurriendo a su sentido del humor, Winston Churchill decía que en política desconfiaba de las personas soñadoras porque sospechaba que estaban dormidas. Conclusión, no es deseable proyectar la política hacia el futuro; no es deseable proyectarla pero es inevitable pensarla y sobre todo sentirla. ¿Por qué estas disquisiciones? Porque uno de los temores más intensos del presente es el temor que nos provoca el futuro. Los argentinos tememos el futuro. Y tememos el futuro, porque sospechamos que lo peor aún no llegó. Como Castelli, según se le atribuye, estamos en condiciones de decir: “Si ves al futuro, decile que no venga”. Y en este caso lo “peor” incluye los rigores de la pandemias, pero también las consecuencias económicas y sociales de esta suerte de cuarentena más larga del mundo que nos hemos esmerado en lograr. Dicho con otras palabras, el futuro que presentimos es tan oscuro que corre el riesgo de transformarse en presente; o que lo vivamos como un presente. En realidad, todos estamos convencidos de que los meses que vienen serán portadores de malas noticias sanitarias, pero sobre todo políticas, financieras y sociales. Repito: no es bueno pensar la política en términos de futuro y utopía, pero para nuestra desgracia hay razones para temer que el futuro está condicionando nuestro presente.

 

II

También nuestra relación con el pasado es no sé si perversa pero sí anacrónica. Esta adhesión a ojos cerrados a la cuarentena, esta suerte de entusiasmo y regodeo de algunos infectólogos amigos del oficialismo a una solución propiciada en la edad media, nos está provocando estragos económicos, sociales y psicológicos. Es probable que por las características de la pandemia, la cuarentena haya sido inevitable. Por lo menos la experiencia de lo sucedido en el mundo así parece indicarlo, pero a quienes en nuestro país la recetan con tanta felicidad, habría que recordarles en primer lugar que, como la palabra lo dice, la cuarentena ya estuvo pensada hace quinientos años como una solución que no podía prolongarse más de cuarenta días. Pues bien, nosotros ya hemos inaugurado la “centena” y el almanaque sigue contando más días y algunos funcionarios del oficialismo parecieran estar orgullosos de esta suerte de hazaña “sanitaria”. En el camino y desde el poder, se aterroriza a la gente o se la chantajea emocionalmente. “Cuarentena o muerte”, parece ser la consigna más feliz que se les ha ocurrido. O en su defecto, la confesión impávida de su falta de ideas o, por qué no, la ilusión de que “un mundo feliz” es el que se parece a este paisaje devastado de calles desiertas, negocios con las persianas bajas, fábricas cerradas y gente encerrada en sus casas temblando de miedo. ¿La comunidad organizada? ¿Por qué no? Aunque no sé si el jefe mayor en su momento hubiera sido capaz de animarse a tanto.

 

III

El escenario político en este contexto dista mucho de ser tranquilizador, sobre todo porque las contradicciones que suelen desgarrar a nuestra sociedad comienzan a manifestarse con tono impiadoso en la vida interna de la coalición gobernante. La tendencia de los acontecimientos apunta a debilitar la figura del presidente, una consecuencia si se quiere previsible en un mandatario que, como todo el mundo lo sabe, llegó al gobierno sin fuerza política y territorial y dependiendo de la voluntad de poder de una vicepresidente cuyo objetivo privado es la impunidad judicial -de ella y familiares de primer grado y colaboradores íntimos- y y su objetivo político es crear las condiciones necesarias para que su hijo sea el futuro presidente de los argentinos. Alberto Fernández hoy es un presidente prematuramente desgastado por las borrascas de la política y, muy en particular, por las acechanzas del denominado “fuego amigo”. Que algunos funcionarios del gobierno se crean obligados a decir que hay que cerrar filas detrás del presidente, más que una exhibición de fortaleza política es una exhibición poco pudorosa de debilidad, gestos que me recuerdan aquellos tiempos lejanos de los regímenes castrenses cuando los generales salían a anunciar, sin que nadie se los solicitara, el sugestivo apoyo al gobierno de turno, anuncio que luego se correspondía con el pronunciamiento militar proferido por los mismos que hasta ayer declamaban lealtad.

 

IV

Un país al borde de la quiebra con un presidente débil, lo que traducido a buen castizo quiere decir, un presidente sin poder, situación que en las actuales condiciones es una de las peores noticias que nos pueden ocurrir. Un presidente de la nación que después de ser insultado por la señora Hebe Bonafini, se toma el trabajo de contestarle con una carta amable y dulzona, no es un presidente de izquierda, un presidente partidario de la causa de los derechos humanos, sino un presidente humillado, un presidente sin convicciones en lo personal, pero por sobre todas las cosas un presidente que más que esforzarse por realizar un equilibrio imposible lo que hace es someterse a una voluntad de poder que está en contradicción con la imagen que en su momento intentó transmitir como político moderado. Un presidente que confiesa impávido que la expropiación a Vicentin la propuso porque suponía que cosechaba los aplausos de la hinchada, no es un jefe de Estado, es, en el mejor de los casos, el jefe de una barra de tribuna con el agravante que, además se equivoca de decisión o de tribuna y en lugar de cosechar aplausos cosecha silbidos. Alguien dirá que estas declaraciones de Fernández acerca de los beneficios de los aplausos constituye el manifiesto más genuino de lealtad peronista o populista y, al respecto, hay que admitir que si bien la conclusión podría ser algo exagerada no deja de tener una cuota de verdad, de verdad populista se entiende. 

 

V

Algunos recientes episodios pintorescos no alcanzan a definir la totalidad de lo real, pero pintan con trazos insinuantes los bordes del escenario político. Victoria Donda reclamando que hay que terminar con el programa periodístico de Baby Etchecopar, una exigencia objetable desde el punto de vista más elemental de la libertad de expresión, pero en el caso de ella todo adquiere tintes grotescos porque los realiza desde el INADI. Como para insistir en su derecho al protagonismo, la señora Donda se destaca en la semana por su iniciativa de calificar a Máximo Kirchner como un modelo ético y político para las nuevas generaciones. ¿Deseo de quedar bien con su patrona? O, como alguna vez dijera Hernández Arregui, ¿una traición emocional y alucinante de la libido? Ricardo Forster, el señor que considera que el compromiso revolucionario de Cristina Kirchner es superior al de Rosa Luxemburgo y Alicia Moreau de Justo, mientras que su lucidez intelectual y política está por lo menos a la altura de Hannah Arendt y Michelle Obama, declama que el coronavirus pone en evidencia la perversidad del neoliberalismo con sus consecuencias de pobreza e indefensión. Lo que son los puntos de vista, como diría Henry James. Yo creo o sospecho que lo que el coronavirus ha puesto en evidencia son los límites, vicios y desgracias del Conurbano gobernado desde hace décadas por el populismo que él pondera con tanto entusiasmo y derroche de citas teóricas. Mientras tanto, Julio de Vido acusa a Juan Grabois de “basura” y “cagador”, mientras Juan Grabois no vacila en imputarle al superministro de la causa su condición de “desvergonzado” y “mugriento”. Lo que se dice: un duelo entre caballeros renacentistas, con un detalle que no deja de ser singular: a los dos la razón les asiste, porque hay buenos motivos para sospechar que lo que cada uno dice del otro se parece mucho, demasiado, a la verdad. 

 

La tendencia de los acontecimientos apunta a debilitar la figura del presidente, una consecuencia si se quiere previsible en un mandatario que, como todo el mundo lo sabe, llegó al gobierno sin fuerza política y territorial y dependiendo de la voluntad de poder de una vicepresidente cuyo objetivo privado es la impunidad judicial.

Yo creo o sospecho que lo que el coronavirus ha puesto en evidencia son los límites, vicios y desgracias del Conurbano gobernado desde hace décadas por el populismo que él pondera con tanto entusiasmo y derroche de citas teóricas. 

 



 




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