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Por Luis Niel 07 -09-2020
Lo colectivo y la libertad en peligro

Cuando ideología y relato terminen suplantando a la razón y la realidad, entonces nos daremos cuenta de que la nueva izquierda cultural habrá vencido. 



Por Luis Niel (*)

 

Desde hace tiempo asistimos a un deletéreo avance de la izquierda socialista y colectivista. Me dirán, ¿por qué no hablar de la derecha? Porque la derecha actual más rancia tiene un modus operandi tan burdo que casi no requiere de análisis (sólo basta con escuchar a Trump o a Bolsonaro). El verdadero peligro es hoy la nueva izquierda: más sutil y sigilosa, sabe ocultarse detrás de causas nobles y conquistar espacios (universidades, cultura, organismos internacionales), para luego dar el zarpazo mortal y cumplir con su meta de destruir desde dentro los principios liberales, republicanos y democráticos, instalando un virus en la matriz misma del sistema de valores de nuestra cultura.

 

En este contexto, la pandemia fue su mejor excusa para reducir la libertad individual, potenciar su idea de un Estado ubicuo e imponer un pensamiento único. Los agoreros de izquierda dicen que la pandemia terminará con el egoísmo capitalista, individualista y liberal, y que en adelante primarán los intereses colectivos y sociales. Al mismo tiempo, acusan de "derecha" y "fascista" (en criollo: "facho") a todo el que ose cuestionarlos.

 

La trampa consiste en un juego de conceptos: la derecha es fascista, "neoliberal", egoísta y autoritaria; la izquierda socialista defiende la libertad y los derechos de grupos minoritarios, es tolerante y progresista. Dicha caracterización no resiste el más mínimo análisis. Por ello, en lugar de derecha-izquierda, propongo enfocarnos en la oposición liberalismo vs. colectivismo (de izquierda), más precisa y con más sentido. Así, dicho de un modo general, el liberalismo es la filosofía (no sólo una doctrina económica) que defiende la libertad individual, un Estado mínimo y con funciones precisas, y los derechos humanos y de las minorías por sobre la tiranía de las mayorías; por esto último, Ortega y Gasset lo definió como "la suprema generosidad" y "el más noble grito que ha sonado en el planeta". Por su parte, el colectivismo (de izquierda, socialista) es una visión donde lo colectivo (el Proletariado, el Pueblo, la Justicia Social) está por sobre el individuo y es profundamente estatista: la vida de la comunidad es planificada y dirigida en su totalidad desde un Estado central. Algunos marxistas y derivados dirán que el Estado debería ser "superado", pero la realidad histórica –que debería ser el parámetro– muestra que esto no sucedió nunca y que el colectivismo socialista (internacionalista-marxista y nacionalista-fascista) fue siempre lo opuesto al pluralismo, la defensa de los derechos humanos y de la libertad. Desde Hayek hasta nuestros días, algunos se han animado a sugerir la raíz común entre fascismo, nazismo y comunismo, pues, pese a algunas divergencias reales, compartieron ciertos ejes esenciales: un colectivismo totalitario (el todo está siempre sobre la parte), un Estado central epicentro de toda la sociedad, y un mismo archi-enemigo: el liberalismo.

 

Con la engañosa autoridad de una academia global fagocitada por la izquierda (sí, no es sólo un problema criollo) dirán que la "verdadera izquierda" nunca existió. Y así comienza el engaño: contrastar la utopía con el capitalismo histórico-real (la "gran mascarada" de la que hablaba Revel), acusar al "(neo)liberalismo" de todos los males, para luego, en un auténtico disparate conceptual, identificar liberalismo con (extrema) derecha, fascismo e incluso nazismo.

 

Empecemos por lo más básico: "Nazi" es la abreviatura de Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (NSDAP), Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemán, forma de socialismo nacional y popular, que despreciaba el capitalismo y la banca "judía", cuyo Estado verticalista controlaba todo el movimiento empresarial y de la producción, intervenía de modo directo en los precios, y anulaba todo derecho individual en nombre del Pueblo, bajo la conducción de una figura mesiánica sin límites de poder. Incluso el concepto germano, muy usado entonces, de 'Volksgemeinschaft' (comunidad popular) tenía como meta una sociedad sin clases.

 

Ahora le propongo al lector un experimento. Lea el siguiente texto. Voy a colocar una X en el lugar de un término clave. Usted reemplace la X por la primera palabra que le venga a la mente: "Anti-individualista, la concepción X afirma el Estado; y afirma al individuo sólo en cuanto éste coincide con el Estado (…) y se afirma contra el liberalismo clásico que niega al Estado en nombre del individuo particular; el X reafirma el Estado como la verdadera realidad del individuo. [Sólo una] libertad puede considerarse en serio: la libertad del Estado y del individuo en el Estado. (…) El Estado X, síntesis y unidad de todos los valores, interpreta, desarrolla y potencia toda la vida del Pueblo". La X está en lugar de "fascismo" y el texto es de La Dottrina del Fascismo de Benito Mussolini. ¿Le sorprende? La memoria humana suele ser muy selectiva. En el primer tercio del siglo XX, fascismo italiano y nazismo alemán se presentaron como una "tercera vía" al capitalismo-liberal anglosajón y al comunismo soviético; dicho en criollo: "ni yanquis, ni marxistas…".

 

Pero la idea de una "tercera vía" es también una trampa que se disuelve al ver el parentesco entre marxistas, fascistas y nazis con sus sistemas colectivistas. Mussolini y Hitler eran nacionalistas socialistas que movilizaban a obreros y desocupados, y que despreciaban a las elites y a los capitalistas. Como dijera Miguel de Unamuno ante un auditorio repleto de franquistas indignados: "bolchevismo y fascismo son las dos formas de una misma y sola enfermedad mental colectiva".

 

¿Sigue pensando que el liberalismo tiene algo que ver con el nazismo y el fascismo? ¿Quiénes son los verdaderos fascistas, los liberales o los defensores de este Estado Leviatán colectivista?

 

El problema es que cuando estos sistemas colectivistas fracasan (por lo general, siempre), la excusa es apelar a la Utopía (por definición, "en ningún lugar"), culpar a las imperfecciones y miserias humanas, y acusar al (neo)liberalismo (esquema básico del manual "progre"). El error es muy evidente: desconocer que somos seres humanos imperfectos y tenemos miserias. Precisamente por esto necesitamos Constituciones y Leyes que limiten el poder de los gobernantes, una auténtica división de poderes (y una prensa fuerte y sin ataduras), y una democracia con alternancia obligatoria para evitar concentraciones de poder que siempre terminan exteriorizando lo peor de la miseria humana. ¿Qué sucedió cada vez que la Humanidad puso sus esperanzas en un líder mesiánico, por encima del liberalismo republicano institucional "abstracto y formal"? Apareció un Stalin, un Hitler, un Mao Tse-Tung, o varios de los dictadores latinoamericanos de izquierda.

 

Pero hoy asistimos, además, a un fenómeno más complejo, pues la nueva izquierda capitalizó prácticamente todos los ideales liberales. Sobre la base de una plataforma filosófico-cultural light y postmoderna, nos vende una falsa imagen de tolerancia, libertad y amor por el otro. Por ello, es difícil de desenmascarar. Su táctica consiste principalmente en una brutal invasión cultural que impone un pensamiento único, define lo políticamente correcto, e instituye organismos de censura al modo de una auténtica inquisición. Así, deciden quién puede hablar, qué se puede decir y qué no se puede decir. Ejemplo: un juez que combatió (bien o mal) causas de corrupción política de la izquierda es censurado, mientras que dictadores latinoamericanos de izquierda (con vastos currículums en violaciones de los DDHH) son recibidos como héroes.

 

La izquierda suele posicionarse desde una altura moral de la cual carece, de facto y de iure. Hablan de los excluidos o de la Humanidad, cuando siempre han sido una máquina sistemática de crear pobres y de pisotear los DDHH. Incluso algunos líderes actuales sostienen que debemos tener "una sociedad más pobre" (sic). A esta altura de la historia, ya nadie tiene la candidez de un bolchevique de 1920, por lo que la única conclusión es estupidez o cinismo. Que cada uno elija dónde se quiere ubicar.

 

Cuando ideología y relato terminen suplantando a la razón y la realidad, entonces nos daremos cuenta de que la nueva izquierda cultural habrá vencido. Libertad, igualdad, respeto por las minorías y demás valores liberales serán sólo parte de su manual de slogans propagandísticos, es decir, meros significantes vacíos que ocultan el profundo autoritarismo de la izquierda colectivista. Si algo nos enseñó la cuarentena es a valorar la libertad auténtica: uno de los logros más valiosos de la Humanidad y algo tan frágil que podemos perder en cualquier momento, quizás sin darnos cuenta.

 

La nueva izquierda capitalizó prácticamente todos los ideales liberales. Sobre la base de una plataforma filosófico-cultural light y postmoderna, nos vende una falsa imagen de tolerancia, libertad y amor por el otro.

 

La táctica de la izquierda consiste principalmente en una brutal invasión cultural que impone un pensamiento único, define lo políticamente correcto, e instituye organismos de censura al modo de una auténtica inquisición.

 

(*) Doctor en Filosofía Universidad de Colonia, Alemania



 




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