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Llegan cartas 12 -09-2020
Una revolución amorosa



Por Eduardo Marelli

 

Aunque parezca la fantasía de un místico, la vida en el planeta tierra, desde que existe el hombre, ha sido una constante lucha entre el bien y el mal. En el ser humano el mal está representado por sus instintos egoístas y el bien por la búsqueda de la virtud y la bondad. A medida que el hombre fue siendo más desarrollado intelectualmente, no aumentó proporcionalmente su moralidad. Si bien la técnica y las ciencias sociales han cambiado al mundo exteriormente, muchos seres humanos tienen instintos tan primitivos como los hombres de las cavernas. La moral y la espiritualidad no fueron mejoradas por el influjo de la religión y de las ciencias humanísticas. Las disciplinas duras, como la matemáticas y la física desarrollaron la parte racional del cerebro, pero la moral y la espiritualidad no tienen fundamento en la racionalidad, sino que son una cuestión de conciencia. ¿Y qué es la conciencia?, es ese destello del espíritu de Dios que habita en nosotros y que nos hace ser conscientes de nuestra finitud física y nos hace intuir que toda obra trascendente y útil al mundo y al prójimo es obra del espíritu y depende de la noble intencionalidad que hayamos puesto en la obra. Sea grande o pequeña, no importa; solo importa el amor puesto en la obra. El ser humano sin conciencia pervirtió las enseñanzas de los grandes místicos como Jesucristo, Buda, Khrisna, Mahoma; creó las religiones y se apartaron, en general del espíritu de unidad que estos representantes de Dios predicaban. Eso pasa actualmente con las grandes religiones. Sus líderes por desconocimiento o ambición de poder, no dan buen ejemplo a sus fieles. Se han convertido en mercaderes de la Fe, a los que Jesucristo hubiera expulsado del templo, como una vez expulsó a los mercaderes.

 

También la política, que debiera ser el arte de transformar la realidad para permitir la convivencia armónica de la humanidad se ha convertido en el arte del engaño y la mentira, al servicio de los más poderosos, de los que manejan los destinos del mundo, que ya no son países o imperios, sino gente tan rica y extraviada moralmente, que hasta es capaz de crear virus por manipulación genética y lo disemina por el mundo para quebrar las economías regionales de los países y beneficiar a sus multinacionales de todo tipo, sobre todo las farmacéuticas. Ellos nos enferman y nos venden las curas, en este caso una vacuna de dudosos efectos. Todo bajo la mascarada de que "quieren cuidar a la humanidad". Mal pueden cuidar a la humanidad los que quieren reducir la población mundial, ya que proclaman a los cuatro vientos que el mundo está superpoblado.

 

Yendo de lo general a lo particular, la explosión en el puerto de Beirut es similar a la que ocurrió aquí, en Río Tercero. Y la política está tan degradada en Argentina, que uno de los implicados tiene noventa años y mantiene una banca de senador. Si no hacemos una revolución individual y personal, mejorando amorosamente nuestra relación con el mundo en general, la humanidad no tiene ningún futuro. Y que no se crean los ultrarricos que son todopoderosos y que se salvarán del caos volando a otro planeta para vivir una vida feliz cuando éste se destruya. Ellos con su egoísmo y ambición construyen un infierno para la humanidad, y si no mejoramos como raza humana piadosa, todos nos quemaremos en ese infierno.



 




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