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La peste en mi pago 08 -10-2020
El Coronavirus y los dos Titanic



El uso de la palabra Titanic, sustantivo de renombre e historia, remite al hundimiento del barco más importante de una época y de un modo ”elegante” de soñar el porvenir de los que tenían esas ganas; las de soñar un mundo tal y como lo veían… y lo imaginaban. Nada fue como pensaban. (El hundimiento del RMS Titanic fue una catástrofe marítima ocurrida en la noche del 14 al 15 de abril de 1912, cuando el transatlántico británico Titanic —de la naviera White Star Line—, que realizaba su viaje…). Ya estaba el 1914 en marcha, siempre lo supieron.

 

La metáfora, la enseñanza del Titánic aparece hasta por las orejas. Personas supuestamente capacitadísimas que se descuidaron. Capacidad y calidad de irrompible (imposible de hundir) que fueron demostradas como equívocas. La señal del témpano, como alegoría, que demuestra que muchas cosas van por debajo y no es solo lo que se ve o, en todo caso, según teoría aún en uso, advertimos una quinta parte del témpano (una parte, solo una parte del problema la sabemos, es el mensaje, según se ubique como lo que es, un problema) y nunca es solo lo que se ve: eso es una quinta parte. Finalmente que, sucedida la tragedia, el sálvese quien pueda y los heroísmos particulares son eso, historias individuales. El barco se hundió.

 

La ausencia de vacuna frente al Coronavirus lleva a correr a los fabricantes comerciales de vacunas a eso, a un impresionante rush imaginando una venta mundial. Periodísticamente no lo condenamos tanto como se debe porque todos sabemos que un mundo “libreempresista” tiene sus reglas y un mundo de Partido Único sus prioridades. Todos corrieron. Todos corren.

 

No creo que en un país del mundo de Partido Único salve a los veteranos de muchos años y poca vida útil antes que a las fuerzas necesarias para el trabajo y el proyecto bélico que sea.

 

No creo que en un mundo de la libre oferta y la demanda salven a los que no tienen para pagar su precio de venta al mismo tiempo que a los indigentes que no tienen para pagarla.

 

¿Había alguien capaz de salvar, por sí solo, al Titanic? ¿Puede imputarse el hundimiento a una persona o a una suma de circunstancias? El tiempo no ha cerrado las discusiones. Se cuentan historias de heroísmo como de salvajes personalismos, de Egos y Vanidades que persisten. El barco se hundió pero no mejoró, ejemplarmente, a sociedad alguna. Ni siquiera a los historiadores. El Titanic es una fenomenal alegoría del qué dirán y el deberían vernos en esta…

 

Quedan algunas pequeñas enseñanzas inatajables. Todas las técnicas industriales, todas. Lo mejor de la Industria Cultural según se conocía y lo mas alto del Confort tomado como sujeto de compra, venta y ostentación. Nada sirvió para algo resuelto según la imprevisibilidad.

 

El Titanic Dixit: la humanidad iba y venía por otras zonas, diversas circunstancias, azarosas las vidas elegidas y las muertes inapelables… también las enseñanzas. Una clarísima: El facto Cultural da el comportamiento social, los encargados de proveerla nunca deberían estar en la orquesta del Titanic… o sí.

 

Al considerar el hecho cultural de la Pandemia como el que define el hoy y deja empedrado de intenciones el mañana conviene releer el poema de Sabina (La orquesta del Titanic) tan elemental como seguro. Releerlo. Ahora, si es posible y fuesen tan amables: “Recuerdo que tenía un corazón alérgico a los pólenes. La muerte no existía,  éramos asquerosamente jóvenes. Veranos sin deberes y el vaho del otoño en las ventanas. Siempre hubo dos mujeres la casta de mi pueblo y la Susana. Y cuando eché a rodar con mi guitarra cantos de sirena imaginaba un mar donde mueren el Tajo, el Rhin, el Sena. Zarpó el vapor al fin huyendo de la siembra y de la siega. (Se parecía a mí el polizón oculto en la bodega).
 

Ay, ay, ay, ay. En el salón la orquesta está tocando un fox. Ay, ay, ay, ay, una canción que cual neblina resbala hasta la sentina del vapor. Hasta que se inundó de sal el diapasón del violonchelo la Orquesta del Titanic no dejó de tocar el fox de los ahogados sin consuelo.
Del lado de estribor un iceberg rompió, ¡maldita sea!, mi postal de New York y el ritmo de la luna y las mareas. La brújula perdió el norte, el sur, el este y el oeste. A medias se quedó la comunión que daba el Archipreste. En plena sinrazón un brigadier, de corbatín de seda, le plantó un bofetón a su mujer y ¡sálvese quien pueda!


Gritaba el capitán: '¡los niños y las damas van primero! los magnates detrás ¡Que no pare la orquesta caballeros!' Ay, ay, ay, ay, en el salón la orquesta sigue con el fox. Ay, ay, ay, ay, naufragó el clarinete parlanchín se quedó solo el solo del violín. Hasta que se inundó de sal el diapasón del violonchelo la Orquesta del Titanic no dejó de tocar el fox de los ahogados sin consuelo”.

 

Por si alguien entiende lo que creo entender: “el diapasón del Violoncelo” da una medida del hombre sentado y obligado a tocar. Es otra metáfora, otra que, como tantas, tal vez no se trate de metáforas sino de señales. Nosotros creemos en las metáforas poco; en las alucinaciones, nada. Por eso no advertimos que es abril de 1912. Otra vez.



 




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