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Por Alejandrina ArgŁelles 14 -10-2020
Dos caminos

Ella y Mary Terán se enfrentaron en los courts. Ella siempre estaba dispuesta a avanzar en un mundo que le presentaba muchas posibilidades; Mary Terán ascendió en su carrera deportiva y se hizo famosa. 



Por Alejandrina Argüelles

 

Ella era glamorosa, fina, inquieta, dispuesta siempre a avanzar en un mundo que le presentaba muchas posibilidades, en tanto la sociedad no consideraba importante que las mujeres se acercaran a esas otras oportunidades. Él era pensante al extremo, razonaba todo, leía literatura, filosofía, psicología y también sus libros de medicina, que en ocasiones quedaban relegados por sus actividades políticas, de esa política que se da a veces en los muy jóvenes, que creen que el mundo puede cambiarse para ser mejor con sólo poner voluntad. La medicina –decía- es una forma de acercarse al ser humano en tanto la psicología le daría los medios para comprender cada caso. Y así hacer una sociedad solidaria...

 

La conoció ocasionalmente y "flasheó". Empezó a hablarle por teléfono y dijo llamarse Osvaldo Spengler, no porque adhiriera especialmente a sus ideas sino porque era el libro que estaba leyendo por entonces. Ella continuaba con su muy activa vida que incluía estudios, trabajo, arte, algo de periodismo y deportes. Y de éstos, el tenis era una pasión que traía desde su adolescencia. Todo lo que emprendía lo llevaba a la cúspide, o lo más cerca posible, así que se destacó y empezó a ganar medallas y copas, y a ser figura mimada del club en su Rosario natal, donde se la veía como una promesa.

 

En tanto eso ocurría el falso Spengler había avanzado tanto en sus estudios como en su relación. Junto con el título de médico el noviazgo se hizo formal. Él tenía que volver a su Santa Fe para empezar a ejercer, le ardían las manos para emprender su tarea y quería formar una familia con ella, con la glamorosa inquieta. Ella, pese a sus tal vez varios pretendientes, no lo dudó. Era él el elegido pero… seguirlo significaba dejar su querida ciudad y casarse para radicarse en Santa Fe, entrar a un modo de vida mucho más apacible, menos dinámico, con roles bastante encorsetados (por entonces Rosario y Santa Fe no estaban ahí no más, como ahora, era todo un viaje ir o venir. Y las costumbres en una y otra ciudad eran el día y la noche). Y para ella también significaba dejar esa pasión por el tenis competitivo donde era una figura destacada. Todo lo demás, se vería (sus estudios, el arte, el trabajo) pero abandonar ese lugar en el tenis, ese podio... Hizo una especie de trato: jugaría el último partido y colgaría la raqueta de competición.

 

No era cualquier partido, su rival, una jovencita que venía en ascenso imparable en otro club, el Rowing, se llamaba Mary Terán. Así fue: las dos jóvenes, menudas, desafiantes en sus modernos looks de polleritas cortas (tal vez por primera vez se veían esos atrevidos diseños en los courts) se enfrentaron en el polvo de ladrillo. Nunca supe el resultado del partido, supongo que habrá ganado Terán, que fue campeonísima de ese deporte a nivel nacional y mundial, en tanto la otra cambió la raqueta por el anillo matrimonial.

 

Mary Terán siguió ascendiendo y se hizo famosa. Ganó premios nacionales e internacionales, conoció presidentes, personajes y hasta a la reina de Inglaterra. Los años 40 y 50 fueron los de su éxito rotundo como tenista y como referente del deporte a través de iniciativas del gobierno de Perón quien incluso, siendo ya ambos viudos, le propuso casamiento. Tras el derrocamiento del general se derrumbó también su carrera deportiva, confiscaron sus bienes, tuvo que exiliarse un tiempo, y al volver siguió sintiendo el desprecio en todas sus formas, y en la peor de todas: el olvido. Ya no pudo volver a jugar ni integrarse a ningún club.

 

Años más tarde, la glamorosa que abandonó el camino del tenis competitivo, la que ofreció la raqueta como prenda de amor, estaba en Buenos Aires con su hija adolescente y fue al negocio de artículos deportivos que tenía Mary Terán. Estaba sola, sin marido, sin hijos, con su carrera cercenada por la grieta política -que no es nueva por cierto, ni de un lado ni del otro- y olvidada. Las antiguas rivales se abrazaron. Cada una había elegido un camino.

 

El falso Spengler había avanzado tanto en sus estudios como en su relación. Junto con el título de médico el noviazgo se hizo formal. Él tenía que volver a su Santa Fe para empezar a ejercer. Ella no lo dudó.

 

Las dos jóvenes, menudas, desafiantes en sus modernos looks de polleritas cortas (tal vez por primera vez se veían esos atrevidos diseños en los courts) se enfrentaron en el polvo de ladrillo.



 




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