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Maradona fuera de juego 28 -11-2020
Fin del tocuén: ¡Adiós al Ron Wood, Keith Richards y Bono del fútbol!

Me ilusiono con prender la televisión mañana y ver la enésima resurrección de El 10 con picos de rating en lo de Rial o en Master Cheff o en el Cantando.



Según lo refleja la película "Man on the moon" dirigida por Milos Forman y protagonizada por Jim Carrey, el humorista Andy Kaufman, como en un paso de comedia, simuló su propio fallecimiento en los '80 a causa de un supuesto cáncer de pulmón. Tiempo después, las leyendas ciudadanas refieren que Michael, hermano del comediante, encontró un escrito donde el actor planificaba su muerte y aseguraba que aparecería en la Navidad de 1999 en una cafetería. Cuando Michael fue a ese lugar en la fecha señalada, alguien le entregó una carta en la que relataba cómo el multifacético artista se había retirado de la vida pública para vivir con la mujer que amaba. ¿Otra bromita? ¿Con qué disfraz renacería esta vez? ¿Como Latka, Tony Clifton, doble Elvis o luchador de catch?

 

Aún espero que con Diego pase lo mismo. Me ilusiono con prender la televisión mañana y ver la enésima resurrección de El 10 con picos de rating en lo de Rial o en Master Cheff o en el Cantando. ¿Otro prodigio de los misterios gloriosos de la Iglesia Maradoniana? ¿Otra estación de su pasión, caída y consagración? ¡No lo puedo creer! Como en un video juego, muchas veces lo vi volver del más allá estrenando una vida reconfigurada, una sonrisa refulgente, un peinado extravagante, un cuerpo reciclado y un rol alternativo dentro de la farándula del deporte (hoy jugador, mañana entrenador, pasado comentarista de fútbol o conductor de TV). Lo vi resurgir con turbante en Dubai, con boina y habano en Cuba, con sombrero charro en México y con camioneta anfibia en Bielorrusia. Sí, me ilusiono con que esto es otro film de Kusturica que termina con un "¡Levántate, Pelusa, y anda!" gritado como un gol por la voz de Víctor Hugo.

 

Pero el mensaje de mi amigo-hermano Cristian en el WhatsApp me da una ñapi de realidad: "¡Este es un día complejo! ¡Es como si se me hubiese ido un familiar! ¡Para mí es un dolor grande! ¡Porque yo no lloré a mi viejo… como seguramente lo estoy llorando a él! Cuando yo tenía 12 años y el mundo me parecía una mierda, pocos tipos me daban ganas de vivir porque luchaban como Chapulines Colorados contra los Súperman. Uno era el Negro Olmedo. Y el otro era Diego Armando Maradona que desde Fiorito les tocó el culo a los ingleses que nos vienen a robar durante tantos años. Diego me hizo un poco más linda la vida con una pelota en los pies."

 

Ese mensaje me trajo a la mente mil imágenes de Pelusa. Entre las angustiantes, las registradas en su último cumpleaños celebrado en la cancha de El Lobo: parecía el cuerpo desfallecido de El Cid Campeador atado al lomo de Babieca, la sombra de un héroe sostenida por sogas para amedrentar a los rivales y envalentonar a los aliados en el fragor de la batalla. Entre las beligerantes, Diego, en una pierna, en Roma, en primer plano, puteando a los que silbaban el himno nacional argentino en la final de Italia '90. ¡Si la pelota no se mancha, menos la canción patria! Entre las más cargadas de ilusión, un pibe humilde hace jueguitos en un potrero y afirma a la cámara que sueña con jugar en la selección nacional y ganar un mundial. Y decido quedarme con esas postales en blanco y negro porque se parecen a la fábula que quiero contarme o porque son parte de los giros maradonianos de su biografía de película. Como si supiera de antemano su destino y con esa ilusión que da la niñez, ese Cebollita que vive en un barrio escaso de futuro y que tiene –a los ojos del visitante ocasional- todos los boletos para ser albañil, changarín, borrachín o chorro… Ese Cebollita dice que sueña con lo que veremos en La Paternal, en La Boca, en Barcelona, en Nápoles, Sevilla o México. Sí, elijo quedarme con esa mirada cándida de niño en blanco y negro previa a todos los coloridos excesos que lo convirtieron en ese dios sucio, mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso y fanfarrón que describió con su pluma Eduardo Galeano. Un dios muy parecido a nosotros y que encarnó a la perfección "La argentinidad al palo" que cantó la Bersuit (¡Del éxtasis a la agonía, oscila nuestra identidad!). Un dios que desató incendios en su cielo y apaciguó la vorágine de nuestro infierno sudamericano. Un dios que rogaba: "Sólo les pido que me dejen vivir mi propia vida. Yo no nunca quise ser un ejemplo."

 

Insisto: ¿Cuántas veces Diego gambeteó la adversidad? ¡Si le cortaron las piernas y pudo volver a trotar en un césped verde, cómo no va a poder retornar para ensayar una última gambeta! ¡Cómo no va a volver, si les torció el brazo a los mercaderes que gritaban "yo vendo un producto llamado fútbol"! Ahora, en primera fila, en vivo y en directo, me parece verlo como en ese partido que enfrentó a Barcelona con El Bilbao un 23 de septiembre de 1983: La Huesuda se disfraza de Andoni Goikoetxea y, de atrás, traidora, despiadada, hambrienta de revancha, con un planchazo, saca a Diego de la Cancha para siempre. La Huesuda que nos está ganando por goleada en este 2020 parece que nos alecciona a todos los argentinos: ¡No sueñen que todo terminó! ¡No hay mesías! ¡No hay jugada magistral que los salve en el minuto 90! ¡Despierten y, como sus ídolos, dejen de andar arrastrándose en el fango de las oportunidades dilapidadas!

 

Elijo quedarme con esa mirada cándida de niño en blanco y negro previa a todos los coloridos excesos que lo convirtieron en ese dios sucio, mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso y fanfarrón.

 

Un dios muy parecido a nosotros y que encarnó a la perfección "La argentinidad al palo" que cantó la Bersuit. Un dios que desató incendios en su cielo y apaciguó la vorágine de nuestro infierno sudamericano.



 




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