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Sequía extraordinaria 03 -10-2021
Bajante sostenida del Paraná y escasez de agua: una amenaza silenciosa y frecuente

No es la primera vez que ocurre un evento de esta magnitud, pero ahora se conjuga con un aumento de la temperatura global. La incidencia del cambio climático y de la acción e inacción del hombre. "Si algo es realmente pavoroso, es quedarse sin agua", dice una especialista. Cuáles son las políticas pendientes.



Por María Angélica Sabatier (*)

 

Con este mismo título Diario El Litoral publicaba en 2018 (1) reflexiones surgidas de las luces rojas que se venían encendiendo desde un tiempo atrás en torno a la escasez de agua a nivel global. En el Foro Mundial del Agua de ese año el director de comunicación de FAO decía: "Si nuestra gestión del agua sigue siendo la misma que en 2018 habrá graves crisis de escasez de agua en muchos lugares del mundo. Seguir haciendo lo de siempre ya no es una opción viable. Para poder garantizar la seguridad alimentaria del planeta es necesario hacer cambios reales en la forma en que se regula y se usa el agua en la agricultura, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad que utilizamos", haciendo referencia a sólo uno de los usos críticos del agua. "Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (todos) piden innovación y nuevas combinaciones entre políticas, programas, alianzas e inversiones para lograr las metas establecidas" concluía el funcionario de FAO.

 

Paralelamente, según la Encuesta de Percepción de Riesgos Globales del Foro Económico Mundial, "los riesgos ambientales han cobrado mayor importancia para la sociedad en los últimos años. Los eventos meteorológicos extremos, los desastres naturales y el fracaso de la mitigación y adaptación del cambio climático lideran el panorama de los riesgos mundiales para el 2018, en cuanto al impacto y la probabilidad de ocurrencia para un horizonte de los próximos 10 años (WEF, 2018), punto de partida del Plan Nacional del Agua hecho público en el último trimestre de 2019 https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/pna_eje_2_v.26.09.2019.pdf . Es probable que en los últimos años la percepción del riesgo por parte de la sociedad haya aumentado, sobre todo a la luz de los resultados que los eventos meteorológicos están teniendo sobre la calidad de vida, la biodiversidad y los ecosistemas tanto a escala local como regional y global en contexto de crisis ambiental planetaria. Resultados que no pueden de modo alguno entenderse sin una profunda revisión del modo en que la sociedad se ha relacionado con la naturaleza, a la que ha visto como mera proveedora de recursos naturales para el sustento de las actividades humanas.

 

En esa visión restringida, limitada, ni siquiera se han tomado debidamente en cuenta los múltiples indicadores que los ecosistemas ofrecen a la hora de planificar y tomar decisiones en muchos frentes. Está muy claro hace tiempo que no basta pensar en que sólo es prioridad la infraestructura contra inundaciones. La historia del río nos dice que debe pensarse todo tipo de medida que mitigue los efectos de las crecidas, pero muy especialmente los de las sequías, tomando en cuenta las variaciones que en muchos casos operan como limitaciones reales, que no se resuelven forzando la prestación del recurso. Porque si algo es realmente pavoroso, es quedarse sin agua, sea esta superficial y/o subterránea. A modo de simple comentario, bien vale la pena tomar en cuenta las penurias de los pobladores del distrito de la costa que desde el año pasado ven cómo sus perforaciones están llegando a rendimiento muy bajo o directamente nulo. Producto del brutal cambio del uso del suelo, y el consecuente salto del consumo de agua para usos residenciales; en este escenario los resultados no pueden resultar sorprendentes.

 

 

La historia reciente del Paraná

 

 

Los registros históricos muestran que durante el siglo XX el río Paraná midió 11 veces por debajo del cero del hidrómetro de Santa Fe (2) y entre esas mediciones se encuentra la de 1944, que perforó el 1 negativo en un escenario completamente diferente al actual en materia de población, de esquema de usos. El escenario actual es muy diferente, configurado por el aumento progresivo y constate de las temperaturas, el dato más duro de un consistente cambio climático producido por un calentamiento global evitable y reversible. Hay que decir también que hasta 2020 inclusive, las lecturas hidrométricas mínimas en el puerto de Santa Fe estuvieron 13 veces por debajo de 1 m. (3). Esto dice mucho del comportamiento "natural" del río, del que no se puede esperar entonces que opere siempre en aguas medias y altas, porque esa no es su historia. Para quien dicen que lo de la Setúbal es un hecho nunca visto, vale recordar que en plena bajante de 1970 -y seguramente antes- se la podía cruzar caminando, allí entre los pilares del ferrocarril desmantelado y el puente Colgante, algo que hoy resulta entre imposible y poco probable.

 

También dice mucho del lugar que el río ocupa en los decisores principales del modelo de producción y consumo: los peces no mueren por la bajante, mueren porque en bajante los contaminantes arrojados al río alcanzan una concentración brutal; la biodiversidad no sufre por la bajante, sufre por los incendios que se provocan para expandir -todavía más- las fronteras de la producción primaria y, por qué no, los "desarrollos inmobiliarios" que privatizan el paisaje instalando nuevos impactos de futuras crecidas, en una suerte de carambola a dos bandas… La lista podría continuar, pero es harto conocida.

 

Las bajantes previas a la actual son prueba de que ésta es efectivamente extraordinaria -pero no tan infrecuente- y tiene sobre un territorio profundamente alterado un enorme impacto, lo que no debería resultar inesperado. ¿Desde cuándo? Desde siempre, pero sobre todo desde que se perdió registro de que hay formas de utilizar los recursos asociadas a algún nivel de sostenibilidad sistémica y de que los excesos se pagan caros, en alguno de los pulsos del río o en ambos. Todo eso en medio del enorme impacto de un calentamiento global que lleva décadas haciéndose manifiesto, pero la visión dominante se niega a aceptar; ni siquiera la enorme evidencia tanto próxima como lejana parece ser suficiente para aceptar y comprender el mensaje. Porque llover, llovió siempre, sí, y sequía siempre hubo, también, sí. Pero las consecuencias de los excedentes como de los déficits extremos no son para nada comparables en un contexto completamente diferente al del pasado atravesado por cambios globales con dramáticos correlatos locales, tan emparentados con la imprevisión como con la desigualdad estructural.

 

 

En el largo desarrollo de esta bajante en inapelable escenario de cambio climático no abundaron las medidas de ahorro, ni se instalaron estrategias durables de educación ciudadana, ni se limitaron usos ni se controlaron efluentes, pero sí se acentuaron los dragados para acondicionar pasos críticos, se multiplicaron quemas y otras estrategias de cambio de uso de suelo, lo que indica que estamos lejos, muy lejos de registrar que esto ha dejado de ser coyuntural y pasajero. Por donde se mire resulta imprescindible entender la vulnerabilidad que nos acecha por exceso o por defecto.

 

 

Agua superficial a la baja en calidad y cantidad

 

La bajante crítica y prolongada del Paraná, producto de una larga y extensa sequía que excede a la propia cuenca.

 

Para poner órdenes de magnitud la figura 1 muestra la anomalía de precipitación ocurrida en la cuenca que aporta a la represa de Yacyretá en los 12 meses previos a que el Paraná quedara por debajo del cero de la escala en el Puerto de la Ciudad de Santa Fe. https://www.eby.org.ar/informe-hidrologico/ del 07/09/21.

 

Conviene recordar que la bajante empieza a manifestarse en el segundo semestre del 2019 producto de una escasez de precipitaciones previa, que pisa algunos períodos del 2018. En términos de caudales, a la altura del Complejo Hidroeléctrico Yacyretá, en 2020 el caudal afluente medio anual fue igual al registrado en el año 1917, 9.300 m3/s, siendo este valor el octavo más bajo de la serie 1901-2020, ubicándose entre los más bajos en 120 años de registros. En 2021, enero finalizó con un caudal promedio de 10.700 m3/s, que representa apenas el 70% del caudal medio mensual para enero de la misma serie. Febrero promedió los 13.300 m3/s, es decir, un 79% del caudal medio mensual de la serie 1901-2020. Marzo finalizó con un caudal promedio de 9.400 m3/s, siendo este caudal el séptimo más bajo, para el mismo mes, de la serie 1901-2020, lo que indica que en la misma hubo 6 promedios de marzo todavía más bajos. En abril, el caudal promedio fue de 7.100 m3/s, siendo el segundo valor más bajo para este mes, luego del correspondiente al año 2020, para la serie de caudales 1901-2020. Mayo promedió los 7.000 m3/s. Este valor de caudal medio mensual resultó el segundo valor de caudal medio mensual más bajo de los últimos 120 años (serie 1901-2020) luego del registrado en mayo de 1914 (6.800m3/s). En junio el caudal afluente mensual promedió los 6.200 m3/s, siendo este valor igual al registrado en 1934 y el segundo valor de caudal más bajo de la serie 1901-2020. Representó apenas un 6% más de caudal que el mínimo registrado en junio (año 1944), 5.800m3/s. El caudal afluente en el mes de julio promedió los 6.200 m3/s, este valor de caudal fue el séptimo más bajo, para el mismo mes, de la serie 1901-2020. Y el mes de agosto finalizó con un caudal promedio de 6.645 m3/s, valor que no ocurría desde hace 50 años atrás. Representó un 20% más que el mínimo registrado en agosto del año 1970 (5.533m3/s).

 

Figura 1: mapa de anomalía de precipitación (mm) agosto 2020 - julio 2021 elaborado por el Servicio Meteorológico Nacional de Argentina (SMN-AR).Foto: https://www.smn.gob.ar/energia_precipitacion

 

Esto basta y sobra para mostrar con claridad que el Paraná estuvo en los últimos 120 años muchas veces en niveles y caudales críticos. Entonces, es un hecho que durante el siglo pasado y lo que va de este siglo las sequías se han tornado amenazas silenciosas frecuentes que detonan muchas previsiones e inversiones cuando ya se han instalado.

 

 

Sequías que han llevado a países como Brasil a transformar su matriz energética, fuertemente estructurada por la generación hidroeléctrica, incorporando desde 2010 en adelante la generación de energías renovables en un esfuerzo de adecuación ante evidencias irrefutables. Hay que recordar que en 2001 Brasil instrumentó un racionamiento de agua que agregó a la crisis hídrica una crisis política de alto porte https://www.cnnbrasil.com.br/business/2021/05/28/crise-hidrica-no-brasil-deve-gerar-disputa-pela-agua-dizem-especialistas. También es un hecho que cada vez que ocurre una bajante crítica se produce un volumen de perdidas enorme que dan cuenta al menos de la inadecuación de las acciones antrópicas a la dinámica de cauces como el Paraná https://www.bcr.com.ar/es/sobre-bcr/medios/noticias/rio-parana-la-bajante-mas-severa-en-los-ultimos-50-anos-representa-un.

 

Entre tantas preguntas que surgen ante la crisis hídrica agudamente percibida en contexto de pandemia, cabe cuestionar porqué si habiendo ocurrido -entre otras- una bajante como la del 44, que inició en el 43 y por lo tanto no fue justamente fugaz, se diseñó y adoptó un sistema de extracción de la producción de semejante porte en vez de optar por uno mucho más acorde con los pulsos de un río como el Paraná.

 

El pulso del río, tan viejo como el río mismo

 

En ríos como el Paraguay o el Paraná, las crecientes y las bajantes conforman dos fases complementarias del pulso: aguas altas o potamo-fase y aguas bajas o limno-fase, las cuales tienen una influencia notable en la estabilidad de los ecosistemas del macro-sistema fluvial (Neiff, 1990/96 y 99), http://cegae.unne.edu.ar/docs/pulso.pdf . Pulsos que se producen una y otra vez -siempre distintos- como parte de la dinámica del macro-sistema que alterna crecidas con bajantes no sólo como respuesta a las aportaciones pluviales ocurridas en su cuenca, sino en correlato con muchos dispositivos biológicos que deben ser tomados muy en cuenta. Baste decir que no pocas especies vegetales solo rebrotan en fase de aguas bajas o muy bajas, por lo que, sin las necesarias bajantes, desaparecerían. Signo claro de que el precioso mecanismo de la naturaleza es mucho menos simple, lineal y mecánico que lo que se piensa y de que todas las alteraciones cuentan a la hora de que el comportamiento del río quede determinado a lo largo de alguno de sus pulsos.

 

Bajante del Río Paraná en agosto de 2021.Foto: Fernando Nicola

 

El reduccionismo no aplica. El ciclo se repite siempre diferente y cada alteración cambia su dinámica. Entonces, lo que ha cambiado dramáticamente es el esquema de usos, la relación de la sociedad con el recurso. Esto hace poco, muy poco, razonable comparar la bajante de 1944 con la de 2021; mediciones recientes todavía en proceso podrían confirmar, por ejemplo, que en un punto dado escurre muy distinto caudal con lecturas similares, porque, claro, el sistema ha variado significativamente, las transformaciones han sido monumentales tanto por los eventos eco-hidrológicos ocurridos como por las enormes transformaciones operadas sobre la cuenca por la acción humana y las retroalimentaciones entre ambos. Represas, dragado, cambios de uso de suelo, eliminación creciente de excedentes pluviales, captación creciente de aguas para consumo humano, para riego, etc. Así, no puede extrañar que tanto el recurso superficial como el subterráneo estén en peligroso jaque.

 

 

La gestión del agua en tanto recurso escaso necesita importantes y urgentes instrumentaciones orientadas a navegar entre distintos extremos en contextos de incertidumbre que obligan de una vez por todas a pensar maneras efectivas de regular excedentes, a reservarlos adecuadamente tanto en ciudad como en zona rural, a monitorear los acuíferos, a regular debidamente los usos, con enfoque eco-sistémico, abordaje integrado, y énfasis en la dimensión de la gobernanza como piedra angular de lo que ya tiene status de derecho humano aunque cotice en bolsa.

 

Necesitamos más, mucho más política hídrica imbricada en una política ambiental macro y micro. Porque de ello depende seriamente el bienestar presente y futuro de todos.

 

(*) Ingeniera en Recursos Hídricos , Magíster en Gestión Ambiental. Docente e investigadora FADU UNL.

 

(1) https://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2018/04/04/opinion/OPIN-01.html

 

(2) https://www.ellitoral.com/index.php/id_um/309144-durante-el-siglo-xx-el-rio-parana-midio-11-veces-por-debajo-del-cero-en-santa-fe-bajante-historica-area-metropolitana-bajante-historica.html

 

(3) https://www.unosantafe.com.ar/santa-fe/el-rio-parana-alcanzo-la-altura-mas-baja-los-ultimos-72-anos-el-puerto-santa-fe-n2681516.html

 

 

 

Las bajantes previas a la actual son prueba de que ésta es efectivamente extraordinaria -pero no tan infrecuente- y tiene sobre un territorio profundamente alterado un enorme impacto, lo que no debería resultar inesperado.

 

 

En el largo desarrollo de esta bajante en inapelable escenario de cambio climático no abundaron las medidas de ahorro, ni se instalaron estrategias durables de educación ciudadana, ni se limitaron usos ni se controlaron efluentes.

 

El precioso mecanismo de la naturaleza es mucho menos simple, lineal y mecánico que lo que se piensa y de que todas las alteraciones cuentan a la hora de que el comportamiento del río quede determinado a lo largo de alguno de sus pulsos.

 

Lo que ha cambiado dramáticamente es el esquema de usos, la relación de la sociedad con el recurso. Esto hace poco, muy poco, razonable comparar la bajante de 1944 con la de 2021.

 

Represas, dragado, cambios de uso de suelo, eliminación creciente de excedentes pluviales, captación creciente de aguas para consumo humano, para riego, etc. Así, no puede extrañar que tanto el recurso superficial como el subterráneo estén en peligroso jaque.

 



 




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