Opinión: OPIN-02

La esposa de Rivadavia

Por Leoncio Gianello (*)


El 14 de agosto de 1809 contrajo enlace en Buenos Aires doña Juana del Pino de Vera, de ilustre linaje santafesino, con don Bernardino Rivadavia, el llamado a ocupar tan altos destinos en la vida de la República. En la iglesia de la Merced, a fojas dieciocho del tomo noveno del Libro de Matrimonios está asentada la correspondiente partida matrimonial.

Doña Juanita -como desde entonces se la llamó siempre- tenía veintidós años -siete menos que el esposo- cuando las luminarias dejaron un largo brillo de oro en las sedas de su traje de novia y un reflejo encendido pareció trocar en perlas sus azahares de desposada.

Era de mediana estatura; agraciados el rostro y el porte; fina la silueta; abundoso y brillante el cabello en cuya negrura podía señorear orgulloso el rojo clavel de Andalucía. Quizá no fuera del todo exacto decir que era bella, pero sí afirmar que la hermosura resplandecía en sus ojos: grandes y rasgados, oscuros y de aterciopelado mirar como los ojos santafesinos de su madre, doña Rafaela, la "Virreina criolla".

Inteligente y vivaz, alegre y reidera en aquellos floridos años de su juventud, instruida por sobre el nivel común de las muchachas de su tiempo, doña Juanita sería la compañera perfecta en la vida de aquel gran hombre, vida signada por contrastes violentos, urgida de esfuerzos esperanzados y azotada por rudos golpes de realidad.

Ella había nacido y crecido entre los halagos del lujo y del poder: desde su nacimiento en Montevideo, en Charcas, en Chile, y en Buenos Aires donde su padre don Joaquín del Pino desempeñaba los más altos cargos como los de capitán general, gobernador y virrey. Había vivido en el boato, ante la reverencia cortesana, mimada de los suyos y agasajada por los extraños.

Pero en abril de 1804, tras penosa enfermedad, murió el virrey. Don Joaquín del Pino no era hombre de fortuna y, aunque siempre fueron crecidos sus sueldos, su afición al mucho gastar no dejaba resquicio para el ahorro.

Doña Rafaela de Vera y Mujica, hija del maestre de campo, general don Francisco Antonio Vera y Mujica, uno de los grandes gobernantes de Santa Fe, y de doña Juana Ventura López Pintado, era propietaria en la Santa Fe natal de tierras que poco rentaban. Costaba mantener el decoro de la jerarquía, el prestigio del nombre paterno, el orgullo de la virreina viuda. Fue necesario vender la carroza grande, la yunta de árabes alazanes y algo de la rumbosa platería en la que la mano del artista altoperuano hizo florecer grandes rosas de pétalos labrados. Y también, rumbo a España, fueron y volvieron, en engorroso trámite, los papeles del petitorio y los de la pensión concedida pero nunca cobrada.

Vive sus años de novia en tiempos de bien marcado contraste con los hasta entonces vividos: justicia será que el destino haga inagotable su tesoro de amor.

Como la Remeditos del epitafio inmortal, también fue "la esposa y la amiga". Comprensiva, maternal a veces, cuando el titán fracasado se recogía en callado dolor, herido en lo profundo por la incomprensión o la calumnia; o se abrumaba en largos y súbitos cansancios cuando la maldad o la ignorancia pisoteaban el surco henchido de sus semillas de futuro.

Gustaba doña Juanita de la vida social y su casa fue centro de reunión de lo más distinguido de Buenos Aires y, como era accesible al embrujo de la belleza, poetas y músicos fueron invitados asiduos al salón de la esposa de Rivadavia, que era uno de los tres famosos del Buenos Aires de su tiempo. Los otros dos eran el de Mariquita Sánchez y de Joaquina Izquierdo. El salón de doña Juanita solía ser presidido por el general Martín Rodríguez, entonces gobernador, y en él, en una noche célebre Juan Cruz Varela leyó por primera los originales de su tragedia Dido.

Pero bajo aquel refinamiento y esa gracia había en doña Juanita una recia alma de temple espartano. Las cartas al esposo prueban la entereza de aquella mujer fuerte que mordía la raíz de su llanto para dar ánimos al luchador que desafiaba la tormenta de los sucesos y de las pasiones.

Esas cartas la muestran también como una inteligente y sagaz observadora, como esa en la que narra a su don Bernardino la caída de Alvear a consecuencia de la revolución de abril de 1815 y anticipa juicios que el tiempo se encargaría de confirmar.

Cuando llegó la hora amarga de la proscripción, compartió con el compañero de su vida el dolor y la pobreza del destierro, y fue samaritana para aquella grandeza infortunada.

Hasta que un día de diciembre de 1841, en la ardiente tarde del Janeiro, doña Juanita cerró para siempre aquellos ojos donde estaba lo mejor de su hermosura. Y la muerte se hizo frialdad en sus manos: una de las cuales, como en rígida bendición, se apoyaba en la cabeza del esposo arrodillado a su vera y, entre el marfil exangüe de la otra, resbalaban -como miedosos de la muerte- las cuentas de un rosario y un viejo ramo de azahares marchitos.

Tan abatido quedó don Bernardino que durante largo tiempo estuvo como un azorado niño sin madre, apretado el corazón, quebrada la esperanza.

Florencio Varela se ocupó de las exequias fúnebres y ante el menguado cortejo de dieciocho personas se dio sepultura a la abnegada compañera del gran argentino. El mismo Varela escribía a su amigo Juan María Gutiérrez: "Rivadavia perdió casi repentinamente a su mujer, señora de carácter elevado y de espíritu superior, de corazón bien formado; hija de un virrey español y factor eficaz de las miras de su marido en los primeros días de la Revolución de nuestra patria. La situación de este hombre quebrantado, pobre monumento derruido de nuestras glorias, es realmente terrible: ahora se ve solo en el mundo" (1).

La hija del virrey, la esposa del presidente, descansaba en humildísimo féretro, pero una sonrisa apenas insinuada nacía en la comisura de sus pálidos labios porque en la siempre firmeza de su amor había partido hacia la noche sin fronteras, segura de que la posteridad buscaría el mármol para levantar a aquel soñador de futuros sobre un plinto tan firme como su fiel corazón enamorado.

Aquella tarde de diciembre del Janeiro en la iglesia anexa al Convento de San Antonio, fue tapiado el nicho de la esposa de Rivadavia. El desconocimiento del lugar de su enterratorio, aclarado recientemente por Piccirilli, determinó que no pudieran reposar sus restos junto a los del hombre que amara tanto. En 1912 los nichos fueron demolidos y los despojos mortales de doña Juanita se confundieron en el anónimo del osario (2).

Referencias

(1) Ricardo Piccirilli, Rivadavia y su tiempo, 2a. edición, Peuser, 1960, pág. 337.

(2) Op. cit. pág. 339.

(*) Con motivo de las Jornadas Virreinales del Río de la Plata, en la edición del domingo 13 de mayo del corriente año, se publicó un reportaje a Rafael del Pino y Moreno en donde él menciona a Juana del Pino, hija del virrey y de la santafesina Doña Rafaela de Vera y Mujica y esposa de Bernardino Rivadavia. Por esta razón, me pareció oportuno compartir con los lectores de este prestigioso diario el artículo que mi padre publicara originariamente en el mismo antes de aparecer (reducido) en el libro "Estampas Rivadavianas", de 1948. Clotilde Gianello de Suárez.