Edición del Sábado 02 de noviembre de 2002

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Opinión: OPIN-02 Liderazgo y educación


Una de las observaciones más sugestivas que Chacho Alvarez plantea en su libro "Sin excusas", es que el dirigente político no puede limitar su acción a una identificación lineal con los electores. Dicho con otras palabras, un político en serio no puede hacer lo que "el pueblo quiere", o reducir su actividad a expresar el humor social. Cuando esto ocurre, el político se transforma en un prisionero de las encuestas, o en un vulgar demagogo que se sirve de las pasiones del electorado para después hacer lo que se le da la gana o lo que le conviene.

Citándolo a D'Alema y a Eco, Alvarez sostiene que un político en serio se plantea objetivos pedagógicos orientados a esclarecer y educar a la opinión pública. Norberto Bobbio, el gran filósofo socialista italiano, insiste con la misma hipótesis: no hay política en serio sin políticos decididos a ejercer una labor docente.

Las versiones vulgares del populismo han criticado con dureza este punto de vista, acusándolo de iluminista o elitista. El perjuicio de esta concepción se manifestó en la Argentina a través de los dos extremos de la representación política: una sociedad condenada a la "sabiduría" de sus prejuicios y a los límites de su información incompleta, y una camada de dirigentes demagogos que en lugar de cultivar la virtud del saber y el privilegio de la inteligencia se dedicaron a desarrollar la habilidad de captar los deseos de la gente y darle la razón a libro cerrado.

Conceptos como "hay que hacer lo que el pueblo quiere" o "el pueblo nunca se equivoca" son tributarios de una cultura populista de clara filiación histórica en la Argentina. El daño que estas concepciones cualunquistas han hecho a la democracia es otra de las grandes deudas del populismo con la democracia.

Lo que Alvarez reconoce en su libro autocrítico es la necesidad de políticos que miren más allá de las encuestas y de la coyuntura y que no se sometan a la llamada "voluntad del pueblo", que en la mayoría de los casos no es más que un entusiasmo pasajero, un impulso sin horizontes o un estallido de resentimiento sin el beneficio heroico de la rebeldía.

En 1998 -por ejemplo- hacían falta dirigentes políticos que digan en serio que la convertibilidad no daba más, a pesar de que la sociedad mayoritariamente seguía creyendo en ella. También hubiera sido deseable que alguien sostuviera que De la Rúa era un incompetente y un mediocre que no estaba en condiciones de asumir la presidencia, a pesar de que la mayoría de la gente seguía creyendo que era el hombre que el país necesitaba. Seis meses más tarde, hubiera sido necesario un político con autoridad que desenmascarara el juego de Cavallo.

Nada de esto se hizo, o si se lo hizo fue sin convicción, o por cálculos cuyo oportunismo se revelaba como un tajo en el rostro de sus promotores. Anécdotas al margen, lo que siempre predominó fue el criterio de no estar en contra de la llamada voluntad mayoritaria, por más que existieran pruebas contundentes de que la pretendida voluntad mayoritaria era un prejuicio, y que las llamadas convicciones populares no iban más allá de un estado de ánimo dispuesto a modificarse con la primera brisa fresca de la mañana o la brusca insolación de la siesta.

No se trata de reivindicar el fanatismo ideológico de los que se creen iluminados por la ideología o por Dios para conducir al pueblo al Paraíso. El político en serio no es un vidente ni un profeta, sino un dirigente que dispone de experiencia, inteligencia e información como para conocer el rumbo de los acontecimientos.

Un político en serio que se propone comprender el presente no se comporta como los gurúes económicos del neoliberalismo criollo que hace seis meses profetizaban un dólar a diez pesos, una hiperinflación descontrolada, un sistema financiero quebrado y el país prácticamente hundido en la guerra civil. Los sabios de la "City" volvieron a equivocarse; los infalibles científicos de la economía de Chicago no sólo le erraron fiero, sino que además chantajearon a la sociedad con su supuesta sabiduría.

Queda claro que sus errores no fueron inocentes, del mismo modo que su pretendida visión académica de la realidad nunca fue otra cosa que un enmascaramiento de intereses que se pretendían defender en nombre de la objetividad científica.

Un político en serio no tiene nada que ver con los lobbistas de los grupos económicos o los agentes a sueldo de fundaciones, que incursionan en la política con la "desinteresada' convicción de que los buenos negocios de sus patrones serán los buenos negocios del país.

Por el contrario, un político en serio es un militante, un intelectual y un dirigente que ha sabido ganarse la confianza de la sociedad, no porque se ha mimetizado con ella, sino porque ha tomado la distancia del caso y ha señalado los rumbos correctos.

Los populistas creen que esta concepción de la política subestima al pueblo que, como les enseñó su jefe, "nunca se equivoca". Sin embargo, es dable admitir a la pedagogía como un componente del quehacer político más respetuoso del pueblo que el sometimiento a la voluntad popular que, como la experiencia lo enseña, parte del principio de que la mentalidad media del pueblo es el sentido común de doña Rosa o la cultura musical de los seguidores de la cumbia villera.

Lo que el pueblo espera de los políticos no es que les dé la razón como si fueran tontos o locos, sino que miren más lejos, que sean más virtuosos y más sabios y que alienten lo que haya que alentar, pero critiquen con severidad lo que haya que criticar. Lo demás es diletantismo, incompetencia, vulgaridad, cuando no, avivada.

Hoy en la Argentina lo que está faltando precisamente es el temple de políticos forjado en el duro metal de los estadistas. La sociedad no cree en nadie porque nadie le despierta el respeto necesario, ni nadie lo moviliza en nombre de una causa digna. Lo que caracteriza el actual humor social es la dispersión y la falta de ideas convocantes. No hay pluralismo, hay fragmentación; no hay búsqueda común de horizontes, hay estrechez de miras y ceguera.

La experiencia enseña que las sociedades funcionan cuando hay dos o tres ideas básicas compartidas en serio por las grandes mayorías. Hoy en la Argentina lo que predomina es la dispersión, el vacío, la incredulidad en sus versiones más mediocres. Se sabe que un país partido por la mitad corre el peligro de la guerra civil; pero todavía no se sabe lo que nos puede pasar cuando un país se desgrana en impulsos, prejuicios y resentimientos.

La culpa principal de la clase dirigente, el reproche básico que hay que hacerle no son los errores cometidos en el pasado, sino su incapacidad para abrir cauces hacia el futuro. En los últimos meses, los argentinos han demostrado un singular talento para enfrentar los efectos de la crisis a través de acciones solidarias y conductas medianamente racionales.

Pero ninguna de estas acciones alcanzará niveles de trascendencia si no se constituyen dirigentes capaces de elaborar grandes síntesis y construir grandes proyectos. Nada más y nada menos que eso.





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