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Edición impresa del 29/06/2003 | Opinión Opinión

Opinión: OPIN-04 La razón y la sinrazón del nepotismo

Por Mariano Grondona


Néstor Kirchner, titular del Poder Ejecutivo, se ha instalado en la cima de la aprobación popular. Julio Nazareno, titular del Poder Judicial, cayó en la sima de un juicio político irreversible que precipitó, el viernes último, su renuncia. Situados en las antípodas del prestigio y el poder, el flamante presidente de la Nación y el renunciante presidente de la Corte Suprema produjeron sin embargo esta semana dos actos en cierta medida comparables.

El doctor Kirchner designó síndico general adjunto de la Sindicatura General de la Nación (Sigen) a Alessandra Minnicelli, esposa del ministro de Planificación, Julio De Vido, cuya acción al frente de las obras públicas la Sigen deberá controlar. El doctor Nazareno intentó, por su parte, promover, días antes de renunciar, a su hija y secretaria privada Florencia, para una categoría superior en el Cuerpo de Auditores de la Corte.

Ante las críticas inmediatas que suscitó el nombramiento de la señora de De Vido, no porque se objeten sus cualidades personales o profesionales, sino porque tendría que evaluar a su propio marido, el titular de la Sigen, Alberto Iribarne, declaró que ella no controlará ninguna tarea a cargo del Ministerio de Planificación. Esta aclaración, destinada a neutralizar las críticas al nombramiento, dejó flotando algunas dudas. Siendo el control de las obras públicas una de las funciones centrales de la Sigen, ¿qué sentido tiene nombrar como síndico adjunto a una funcionaria a la que se les recortan de inmediato sus atribuciones? ¿Qué sentido tendrá contar de ahora en más con un síndico adjunto "a medias"?

En cuanto al ascenso de su hija que intentó el doctor Nazareno, no prosperó porque sólo otros tres ministros de la Corte -los doctores Moliné OïConnor, Fayt y López- lo respaldaron. Aunque uno de los dos nombramientos mencionados, el de Alessandra Minnicelli, quedó acotado y el otro, el de Florencia Nazareno, fue rechazado, ambos resultan afectados por la misma pregunta: el ascendente Kirchner y el Nazareno terminal, ¿incurrieron en nepotismo?

La palabra "nepotismo" tiene una larga historia. Como se sabe, los emperadores romanos eran elegidos por el Senado y no podían por lo tanto, transmitir el poder a sus familiares. En el turbulento año 474, sin embargo, un sobrino de Constantino el Grande fue designado emperador después de un golpe militar. Su nombre era Flavio Julio Nepote. Fue depuesto al año siguiente en beneficio de Rómulo Augusto, cuyo breve reinado marcaría el fin del Imperio Romano de Occidente, en 476, a manos de los bárbaros.

Nepos es una palabra latina que significa "sobrino", "nieto" o, en general, "pariente". Mil años después de Nepote, Roma sería otra vez la capital del nepotismo. En 1492 fue elegido Papa, Alejandro VI, un miembro de la familia Borgia, gracias al favoritismo de su tío el papa Calixto III. Alejandro tuvo ocho hijos, pero como se supone que los Papas carecen de ellos se los llamó "nepotes" o sobrinos. Todos fueron poderosos. Dos, César y Lucrecia Borgia (o "Borja", ya que los Borgia eran de ascendencia española), quedaron en la historia.

Fue desde entonces que la palabra "nepotismo" pasó a significar universalmente "la desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o los empleos públicos", según la definición del Diccionario.

Dos ejemplos


La promoción de un familiar no es siempre un acto condenable de nepotismo. Puede ocurrir que el familiar cuente con un título legal en su favor, como ocurre, por ejemplo, en las monarquías hereditarias. Puede ocurrir también que, sin tenerlo, haya reunido méritos suficientes para el nombramiento. En tal caso, su exaltación no ocurriría debido a su parentesco sino a pesar de él.

Estaríamos aquí ante un caso de nepotismo objetivo, pero no subjetivo, ante un caso de "nepotismo ocasional" o "nepotismo impropio" que, por carecer de una motivación dolosa, no sería objetable. La objeción correspondería en cambio cuando la exaltación del nepote no hubiera ocurrido "a pesar" sino a causa del parentesco. En este caso nos hallaríamos ante un "nepotismo intencional" que violaría el artículo 16 de nuestra Constitución cuando dice que "todos los habitantes son iguales ante la ley, y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad". El favoritismo, ya sea por parentesco o por amiguismo, nos ha hecho un daño inmenso a lo largo de la historia porque desplaza la idoneidad como supremo criterio para la selección de los funcionarios, privándonos así del aporte inestimable de la excelencia en los cargos públicos.

Si el nepotismo ocasional o impropio es claramente diferente del intencional en el plano de los conceptos, no es tan fácil distinguirlos en el plano de los hechos. Alessandra Minnicelli, Florencia Nazareno, ¿son idóneas, son excelentes para ejercer la función en la que fueron propuestas? Posiblemente lo sean. Si lo son, vetarlas por parentesco sería injusto, algo así como un nepotismo a la inversa. ¿Cómo saberlo de antemano empero en el momento del nombramiento, cuando todavía les queda por demostrar, con su valía en el ejercicio del cargo, que han sido inocentes de nepotismo intencional?

Si la Argentina fuera un país donde siempre o casi siempre el nepotismo fue ocasional o impropio, las dos funcionarias gozarían de una presunción general en su favor. Pero el nuestro ha sido un país infectado de favoritismo. En un país al que aqueja la sospecha por las manchas del pasado, desgraciadamente, a la mujer del César no le basta con ser honesta. Además, debe parecerlo. La sospecha generalizada que nos habita puede afectar como un agravio gratuito a los familiares nombrados, pero, a la vista de nuestros negros antecedentes en la materia, quizá lo prudente sea, salvo excepciones convincentes a la vista de todos, no designarlos.

Y familismo


El nepotismo no floreció en Roma por casualidad. Ya sea en Italia o en la Argentina, en las naciones latinas la familia es un valor central, el eje de la vida social. Si no fuera por su fuerte presencia, ¿no habría estallado acaso la Argentina caótica de 2002?

Adherimos a la familia como a uno de nuestros más altos valores. Ella nos inspira en las buenas y nos protege en las malas. Pero todo valor, si se exagera, se desnaturaliza. La exageración de la familia es el familismo, que se traduce en la desconfianza hacia todos aquellos que no formen parte del círculo familiar.

En los estudios sobre el desarrollo económico de autores como Banfield y Putnam, sobresale la tesis de que el norte de Italia aventajó decisivamente al sur porque en éste ha imperado un familismo tan extremo como el que caracteriza, por ejemplo, a la mafia. Como lo ha mostrado Francis Fukuyama en su libro Confianza, el familismo impide la formación de compañías privadas y de elites políticas donde sea posible exaltar, por encima del vínculo familiar, la confianza en la idoneidad de los demás. Si en las empresas privadas predomina la relación familiar sobre la capacidad, como ocurrió tantas veces entre nosotros, y si en la nación predomina la lealtad familiar sobre la lealtad cívica, como ocurre en la evasión, ni aquéllas ni ésta pueden subirse a la cima de la excelencia de donde discurre, como un río caudaloso, el desarrollo.

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