Los aniversarios exigen palabras, aunque muchas veces las exigencias cumplen con el aniversario pero sacrifican al personaje. Como el decoro y el buen gusto aconsejan no hablar bien de uno mismo, corresponderá en este caso referirse al periodista desde el lugar de la crítica y no del elogio. Dejemos en todo caso esa tarea a todos los amigos -y no tan amigos- que para esta fecha envían tarjetas y regalos con las mejores intenciones del mundo.
Con el periodista pasa algo curioso: sabemos que existe, pero si tenemos que detallar esa existencia el tema se complica. Según se mire, el periodista puede ser un trabajador, un intelectual, un entrometido, un fisgón, un enemigo del poder, un amigo del poder, el héroe contemporáneo, los malos que arruinan todas las películas, los eternos aguafiestas, los animadores oficiales de cierta fiestas... y muchas otras cosas más.
No estoy seguro si el personaje está siempre a la altura de la responsabilidad de su oficio. El interrogante vale para los periodistas, pero también vale para los médicos, los abogados y hasta para los podólogos, es decir, para todos los que ejercen alguna tarea cuyas consecuencias influyen sobre la sociedad. El periodista en ese sentido no tiene ni privilegios ni fueros especiales. Acierta y se equivoca como cualquiera; lo que dice no está investido de ningún aura especial, y sus opiniones son tan certeras y falibles como las de cualquiera. La única diferencia que tiene con el resto de los mortales es que lo que piensa lo escribe en un medio de comunicación.
La tarea del periodista es informar, pero hoy se sabe que informar es algo mucho más complejo que transmitir un chisme. La tarea del periodista no es ser objetivo sino ser lo más objetivo posible -lo cual no viene a ser lo mismo- ya que la objetividad absoluta sólo la podría ejercer Dios, en caso de existir. La tarea del periodista no es descubrir la verdad. Entre otras cosas, porque nadie sabe a ciencia cierta qué es la verdad y hasta se sospecha que acerca de la verdad puede haber muchas versiones. Aunque sí se le debe exigir que haga conocer su verdad y que la fundamente con muy buenos argumentos. Al respecto yo diría que al buen periodista no se lo distingue por las supuestas verdades que afirma, sino por las preguntas que plantea y por los argumentos con los que sostiene sus hipótesis.
El aniversario habla del "Día del periodista", pero cuando reflexionamos sobre el personaje debemos admitir que no se puede hablar de "el periodista" como si fuera un ente ideal, sino de "los periodistas", ya que en este oficio hay para todos los gustos, aunque lo que exista en común sea la pasión por escribir e informar.
Y digo "escribir" porque pertenezco a la raza de periodistas de la guardia vieja que no termina de entender cómo alguien puede decirse "periodista" cuando no es capaz de unir un adjetivo con un sustantivo o un sujeto con un predicado. No se entiende cómo alguien puede invocar la condición de periodista y no está en condiciones de escribir "Viva Boca" en la puerta de un baño. Es como que alguien se diga carpintero y no sepa manejar el martillo o alguien se diga tenista o nadador y no sepa usar la raqueta o flotar en el agua.
El periodista trabaja con palabras. El oficio lo coloca en el lugar del intelectual, aunque muchos se resistan a ocupar ese sitio. Al respecto es necesario ser preciso: el periodista que importa es aquél que domina el conocimiento más avanzado de su época. A derecha o a izquierda; conservadores o liberales... los buenos periodistas se distinguen por la calidad y la consistencia de su saber. El periodista opina como un periodista, no como un patán que gesticula en un café.
También deberíamos distinguirnos por la calidad de nuestros valores o por la coherencia que debería existir entre lo que se escribe y se vive. Convengamos que no siempre hemos sabido estar a la altura de las circunstancias; admitamos que en muchos casos las expectativas de la sociedad hacia nosotros exceden nuestra modesta moral privada. Pero también reconozcamos que no son pocos los periodistas que han honrado su profesión con inteligencia y coraje y que muchos han pagado con su vida el atrevimiento de defender lo que consideraban justo.
Por último, conviene recordar los deberes de los periodistas, su compromiso con sus lectores, el compromiso con su propia conciencia profesional y el compromiso con las libertades existentes, sin las cuales no sería pensable ni la libertad de prensa ni el periodista.
Nunca deberíamos perder de vista que así como podemos hacer mucho bien podemos provocar mucho daño. Ejercemos un poder y tenemos la obligación de aprender a limitarnos si es necesario. O, para decirlo con otras palabras, de ser responsables más allá de la ley y más allá del aplauso fácil. No somos héroes, somos simples mortales, ciudadanos que tenemos las mismas dudas, debilidades y perplejidades que el más modesto de nuestros lectores.
Hijos de la modernidad, descendientes del viejo pregón, sólo existimos en una sociedad libre. Honestidad y calidad intelectual, precisión y una mínima pero exigente cuota de decencia personal, son los requisitos básicos para hacer un buen periodista. Como se podrá apreciar, las exigencias son mínimas, pero no bien se las compara con la realidad es posible apreciar que la distancia entre lo que debe ser y lo que existe a veces es demasiado grande.
En estos días han sido innumerables los mensajes, saludos, obsequios y palabras de aliento que hemos recibido en nuestra redacción. A todos ellos nuestro sincero agradecimiento por tantas demostraciones de afecto.
Rogelio Alaniz