Opinión: OPIN-02 La muerte de Ronald Reagan


Se murió este fin de semana, pero intelectualmente estaba muerto desde hacía por lo menos diez años. El Alzheimer no perdona a nadie, ni siquiera a un ex presidente de Estados Unidos, aunque ese presidente se llame Ronald Reagan y haya sido durante ocho años el hombre más popular de su país.

Periodista deportivo y cronista de radio, fue por sobre todas las cosas un actor, tal vez un gran actor, por más que los críticos de cine digan que en sus películas sus actuaciones hayan sido mediocres. Es cierto que como pistolero estuvo muy, pero muy por debajo de John Wayne o George Raft; es cierto que como vaquero no estaba en condiciones de lustrarle las botas a Gary Cooper y, para ser sinceros, digamos que como galán estaba muy lejos de competir con Gary Grant, John Barrymore o Tyrone Power. No olvidar al respecto que él mismo se calificó como un Errol Flynn "clase B".

La descalificación como actor de la Metro no incluye su descalificación como actor en un escenario mucho más grande. Reagan ni siquiera fue mencionado para el "Oscar", pero su set no fue Hollywood sino la Casa Blanca y su principal rol no fue ni de galán ni de vaquero, sino de presidente de los Estados Unidos.

Conservador y reaccionario en el sentido más lineal de la palabra, se destacó desde joven por sus fobias anticomunistas. El actor fracasado fue luego un eficaz dirigente sindical y, desde ese lugar, se dedicó a comienzos de los años cincuenta a delatar colegas supuestamente comprometidos en actividades comunistas.

En algún momento se le ocurrió probar suerte en la política. No le fue mal. El paso de la farándula a la política lo hizo sin demasiados traumas, demostrando que la farandulización de la política no era un invento de la posmodernidad. Durante ocho años fue gobernador de California. Allí probó varias cosas: que podía ser un buen administrador; que su vocación de poder era fuerte; que para ejercer el poder no era necesario estar dotado de grandes conocimientos librescos y que, por el contrario, dos o tres ideas alcanzan y sobran para ser un buen gobernante en clave conservadora. El camino para Arnold Schwarzenegger estaba abierto.

En California puso en práctica su fobia anticomunista arrestando a la líder del movimiento negro, Angela Davis. También allí definió su perfil Republicano enterrando para siempre su pasado Demócrata. Quien estudie su biografía política descubrirá que California fue el ensayo, su gran escuela, allí ya estaban presentes todas la virtudes y vicios que luego trasladaría al orden nacional.

Los observadores consideran que fue el político más popular del siglo veinte junto con Roosevelt y Kennedy. Es probable. Su otra distinción es que fue también el presidente más inculto de un país que tuvo como presidentes a hombres de la talla de Madison, Lincoln, Washington y Jefferson. Reagan no sólo era inculto sino que además se jactaba de su incultura. Curiosidades de la vida: el presidente que mejor expresó las ideas neoliberales de la década del ochenta era al mismo tiempo un hombre que en su vida debe de haber asistido a una biblioteca. De Margaret Thatcher se decía lo mismo. Algo parecido se dice de Menem, pero con una diferencia: Thatcher y Reagan no son corruptos.

No terminan allí sus originalidades. El actor de Hollywood, el aspirante a galán en Beverly Hills, el divorciado, se transformó en el paradigma de la moral conservadora y participó en campañas que intentaban poner límites al divorcio, el aborto y las libertades consideradas "inmorales". El político que dijo que era necesario reducir los gastos del Estado dejó el déficit fiscal más alto de los últimos cincuenta años.

La simplicidad de sus ideas no conspiraron contra sus aspiraciones de liderazgo conservador. Por el contrario, es probable que el efecto haya sido exactamente el inverso. Amigos y adversarios le reconocieron el mérito de ser "el gran comunicador". Con su sonrisa de actor, su estampa de galán "clase B" y sus frases breves, logró expresar las ideas o los prejuicios del norteamericano medio. Nunca se le escuchó una reflexión más o menos compleja. Se manejó con consignas y eslóganes. El sabía que no iba a seducir a los intelectuales de Harvard, pero no ignoraba que esas ideas sencillas, expresadas con vulgaridad y desparpajo llegaban al corazón de ese americano medio que constituye la llamada "mayoría silenciosa".

Más que gobernar se limitó a hacer lo que el "complejo financiero-militar" le aconsejaba en cada circunstancia. De esa manera no se equivocó nunca o, para decirlo con otras palabras, siempre tuvo el apoyo, hasta en el error, de los más poderosos. El hombre sencillo, por su parte, compartía con este presidente su optimismo elemental, su orgullo de ser norteamericano y todas y cada una de sus fobias.

Se le atribuye haber derrotado al comunismo. En realidad el comunismo ya estaba vencido desde hacía unos cuantos años. Como todos los estadistas exitosos, Reagan fue un hombre asistido por la suerte, esa variante de la política tan real y tan difícil de reconocer teóricamente. Históricamente, el que le asestó un golpe demoledor a la URSS fue Carter con su política de derechos humanos y sus maniobras en Afganistán. Cuando Reagan llegó al poder, lo único que tuvo que hacer fue esperar debajo del árbol que caiga el fruto.

Después estuvieron los escándalos. Sorteó cada uno de ellos como pudo y todos dijeron que él era bueno pero los que lo rodeaban eran malos. Sin proponérselo dejó instalado en Estados Unidos el huevo de la serpiente. Reagan fue el gran amigo de Saddam Hussein y fue Reagan quien alentó a Ben Laden para luchar contra el comunismo. Veinte años después el mundo, y el propio Estados Unidos, están pagando un precio demasiado alto por aquellas políticas cuyas consecuencias tal vez eran imposibles de prever entonces.

Reagan ha muerto y su muerte confirma la sabiduría del poema de Manrique: "Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar". Muchos en Estados Unidos lo lloraron, otros seguramente se alegraron. Creo que por principio no es bueno ni saludable alegrarse por la muerte de nadie. Reagan ha muerto, pero las ideas y los intereses que lo sostuvieron están más vivos que nunca.

Rogelio [email protected]