Madrid y La Habana. La ilusión y la decepción. En tanto la relación con los españoles encontró probables carriles de normalización, la crisis soterrada por los derechos humanos en Cuba explotó en las manos del presidente, a pesar del presidente. España probará su virtud de hombre de Estado; Cuba lo desafía frente a su propio discurso.
Cristina Kirchner y Alberto Fernández recalaron en Madrid con dos temas esenciales en sus maletas: la situación de las empresas españolas de servicios públicos y la decisión política de Kirchner de cancelar paulatinamente la deuda con el FMI. Fernández se ocupó de las empresas y los dos expusieron la tesis oficial sobre el Fondo ante el gobierno de Madrid.
Fernández tiene un viejo amigo en Guillermo de la Deheza, un español pacificador que se columpia entre las empresas y los libros. De la Deheza suele presentar sus libros en Buenos Aires con Fernández de un lado y con Ricardo López Murphy del otro; es el único ser viviente que ha logrado unir al oficialismo y a la oposición en la Argentina crispada. De la mano de De la Deheza, Fernández se vio cara a cara con los empresarios españoles con inversiones en la Argentina. Las empresas españolas están haciendo una sutil transformación en la Argentina. Han cambiado a muchos de sus directivos y varios conceptos de la década del 90.
El buque insignia de esos cambios es, tal vez, la empresa Repsol y su nuevo presidente, Antonio Brufau, que ha mutado notablemente el sermón de la antigua dirección. Brufau proviene de La Caixa barcelonesa, dueña de acciones en casi todas las empresas de servicios públicos. La Caixa es una entidad aliada de Rodríguez Zapatero. La iniciativa ha quedado ahora en manos del gobierno argentino.
El jefe de Gabinete conquistó a los empresarios con una sola parrafada: No somos estatistas. Y no lo somos no sólo por ideología, sino también por razones prácticas. Tenemos que disponer de un gran superávit fiscal para pagar la deuda argentina. No tenemos dinero para hacernos cargo de los servicios públicos. Queremos que las empresas estén en manos privadas, y mejor aún si continúan estando en las manos actuales. Por fin el gobierno de Kirchner había sido claro frente a la inseguridad de los españoles.
No hay otro gobierno con el que Kirchner quiera llevarse mejor que con el de Rodríguez Zapatero. El líder español ha modificado muchas políticas de José María Aznar, pero no está dispuesto a sacrificar las empresas de su país para llevarse bien con Kirchner.
Miguel Sebastián Gascón es un asesor muy cercano de Rodríguez Zapatero. La senadora y el ministro hablaron con él más sinceramente que con el jefe del gobierno español o que con el propio rey. El funcionario deslizó algunos consejos políticos: la bondad tiene plazos. Entre marzo y septiembre de 2005, el gobierno argentino debería normalizar su situación económica fundamental para seguir contando con Rodríguez Zapatero. Precisemos el mensaje: debería normalizar su relación con el empresariado, restablecer la seguridad jurídica, resolver definitivamente la deuda en default y alcanzar un acuerdo con el Fondo Monetario. Ser un país homologable, como cualquier otro, según palabras de un político español.
La teoría de cancelar deuda con el Fondo provocó respaldos y otros consejos políticos al mismo tiempo. Todo estará bien mientras paguen y no rompan, les deslizó Rodríguez Zapatero, con irónica advertencia, a los dos enviados argentinos.
Los consejos expuestos por Sebastián Gascón fueron éstos: cualquier operación de cancelación de deuda debería ser posterior a la salida del default, para evitar un mensaje antipático a los bonistas; el plan debería ser siempre gradual y no parecerse a una huida de las revisiones del Fondo, y debería abandonarse la retórica contra el FMI, porque resulta contradictorio reclamar apoyos para flexibilizar el organismo mientras se lo vapulea en público.
Fidel Castro no sólo mantiene encerrada a la doctora Hilda Molina en la jaula de Cuba; también está a punto de provocar una crisis en el gabinete argentino. �Qué llevó a la científica y a su madre a golpear las puertas de la embajada argentina en Cuba?
En la Casa de Gobierno sostienen que una operación secreta montada por el jefe del gabinete de la cancillería, Eduardo Valdés, y por el embajador en Cuba, Raúl Taleb, organizó esa incursión. Kirchner, enterado de tal conspiración a sus espaldas, ordenó que les comunicaran a las dos mujeres que la operación había fracasado y que debían abandonar la sede diplomática. Mandó relevar también a Valdés y a Taleb.
Valdés es un amigo íntimo del canciller y Taleb nunca debió ser embajador en Cuba. Pero resulta extraño que los dos se hayan metido solos en semejante berenjenal. El canciller Bielsa desmintió la veracidad de la conspiración: Yo ordené personalmente que se permitiera la entrada de ellas en la embajada, disparó el viernes. Kirchner dormía cuando Bielsa trató, en medio de la noche, de consultarlo. Las dos mujeres amenazaban con morir de hambre en la puerta de la embajada. Kirchner compartió luego la decisión de Bielsa. Sólo le queda al Presidente el argumento de que las cosas malas suceden cuando él duerme.
Bielsa le comunicó en el acto su decisión a los cancilleres de España y de Venezuela (éste último estaba en Cuba) y al secretario de Fidel. Ninguna conjura se notifica con tanta prolijidad. Les suplicó además a las dos mujeres que no pidieran asilo, porque el asilo es, en la retrógrada Cuba, un delito y no un derecho. Un diplomático argentino está viviendo con ellas para preservarlas. Por eso, Bielsa hizo tronar la palabra "traición" ante sus interlocutores de la Casa de Gobierno; se refería a los rumores que habían caído en el despacho presidencial.
El canciller cubano, Felipe Pérez Roque, ya le había dado varias garantías a Bielsa, desautorizadas luego por Castro. Le aseguró al canciller que vería a los disidentes cubanos en su visita a La Habana, pero se enteró de que no podría hacerlo cuando pisó suelo cubano. Hace poco, Pérez Roque le garantizó que podría llevarse a las dos mujeres si Bielsa pasaba por La Habana. Pero canceló el viaje. Castro había abortado el operativo.
Por último, la carta de Kirchner a Castro. Melosa y condescendiente, el redactor siente, seguramente, más devoción por el comandante cubano que por el presidente argentino. La respuesta a la carta de Kirchner tuvo una respuesta tajante de parte de Castro: "No". Desaire a un presidente que lo trató de "amigo", inmerecidamente.
�Acaso el gobierno argentino no preguntó por la eventual respuesta del dictador cubano antes de jugar a su presidente? Dicen que, otra vez, Pérez Roque aseguró una buena recepción y que Castro cambió el rumbo de las cosas cuando ya estaban en marcha.
Castro pidió el silencio de la familia argentina de Hilda Molina. Lo tuvo durante seis meses. No pasó nada. La diplomacia nacional comenzó a levantar los decibeles de sus reclamos. Tampoco pasó nada. Nunca pasará nada con Castro si se discuten derechos humanos esenciales. Pero ni Kirchner ni Bielsa pueden permitir, por sus historias y por sus epístolas, que nunca pase nada. Hilda Molina debe cumplir su sueño argentino.
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