Nos encantamos. Nos desencantamos. Nos volvemos a encantar. La mente humana se desplaza entre cerros y valles. A veces, el paso del encanto al desencanto y de éste al nuevo encanto es brusco y, a veces, suave. Ocurre con las personas y con las sociedades. Hay personas y sociedades serenas, equilibradas. A través de sus cerros y sus valles, ellas son capaces de aprender, de acumular. Pero también hay personas y sociedades ciclotímicas, maníaco-depresivas, cuyo paso de un estado mental al opuesto es tan violento que las hiere con el aguijón de la discontinuidad. Cada día, empiezan de nuevo. Cada noche, tiran todo por la borda. Navegan en círculos. No saben adónde van.
Llamamos democracia a la soberanía que el pueblo ejerce a través de sus representantes elegidos periódicamente. Pero la democracia es más que esto. A través de una larga experiencia, se ha transformado en el mecanismo gracias al cual los países avanzados logran canalizar sus períodos de encanto y de desencanto en dirección de ese proceso de acumulación incesante que denominamos desarrollo. La democracia es el método que ha permitido a los países avanzados progresar sin descanso, sorteando los peñascos de los cambios incontrolados, catastróficos, del humor colectivo.
�Cómo se obtiene este resultado? Primero, surge un líder que encanta a la mayoría del pueblo. Gana las elecciones y se pone a gobernar. Después de un tiempo más largo o más corto, sobreviene el desencanto. Desde las profundidades del alma colectiva emerge entonces el encanto de un nuevo líder que gana las elecciones y se pone otra vez a gobernar hasta que también a él le llegue el turno del desgaste y la sustitución.
Es mediante este ritmo de sucesivos reemplazos que la democracia logra superar en forma ordenada los cerros y los valles del humor colectivo. El encanto y el desencanto habitan todas las sociedades, sean ellas autoritarias o democráticas. Pero sólo la democracia, al no excluir a la oposición, como el autoritarismo, sino al incluirla como parte del sistema político, consigue convertir los cambios de humor de la sociedad en un juego de suma positiva. Podría definirse la democracia, en tal sentido, como la civilización del encanto y del desencanto.
Para que sea posible esta rotación, hace falta el bipartidismo. Mientras un partido que acaba de prevalecer en las urnas se pone a gobernar, el otro, que viene de perder el favor colectivo, lame sus heridas y se prepara para regresar. Sin bipartidismo no hay rotación y, sin ella, la democracia pierde su capacidad de presidir las transiciones de la sociedad.
Cuando instalaron el primer sistema político moderno al superar la guerra civil entre el rey y el Parlamento, a fines del siglo XVII, los ingleses inventaron el bipartidismo. Los whigs, parlamentaristas, dieron origen a la centroizquierda liberal, que a comienzos del siglo XX fue reemplazada por el laborismo. Los tories, monárquicos, dieron origen a la centroderecha conservadora. A través de la rotación entre liberales y conservadores primero, entre laboristas y conservadores después, los ingleses fueron los primeros en civilizar el encanto y el desencanto, y obtuvieron como premio nada menos que el imperio.
Y han seguido en este juego. En 1979, se encantaron con la conservadora Margaret Thatcher. En 1997, cuando se apagaba la estrella conservadora en manos del insípido John Major, emergió el liderazgo laborista de Tony Blair. Cuando surja un nuevo líder conservador suficientemente atractivo, anunciará el ocaso de Blair.
El modelo bipartidista es, hoy, la marca de las democracias avanzadas. De los Estados Unidos a España, de Francia a Italia, las democracias civilizan de este modo el paso del encanto al desencanto. En América latina, las democracias más estables van acogiendo al mismo sistema. México pasó del monopartidismo del PRI al bipartidismo que ahora también integra el PAN del presidente Fox. Brasil insinúa su propio bipartidismo en la huella de Lula y de Fernando Henrique Cardoso. Es posible que en el Uruguay suceda lo mismo con la centroizquierda de Tabaré Vázquez y la centroderecha de blancos y colorados. Chile, gobernado por la centroizquierda de la Concertación Democrática de Lagos y sus antecesores desde 1990, tiene en reserva la oposición de la centroderecha del ex pinochetista Lavin. Pero algunos países latinoamericanos, si bien son democráticos, no han llegado a plasmar todavía esta fórmula binaria de la sabiduría democrática. Uno de ellos es Venezuela. El otro, la Argentina.
La fórmula de la rotación bipartidista puede fallar por diversas razones. Una de ellas es que, en vez de inspirarlos un sano espíritu de competencia, a los partidos principales los mueva la intolerancia. Así ocurrió entre nosotros entre peronistas y antiperonistas. Así ocurre hoy en Venezuela entre Chávez y sus opositores.
Pero también puede suceder que los partidos principales, en vez de competir entre ellos, confraternicen hasta el punto en que el pueblo termine por percibirlos no ya como rivales, sino como cómplices. Pasó en Venezuela, entre la AD y el Copei, hasta que el disgusto ciudadano por su falta de distancia abrió el camino a Chávez. Pasó entre nosotros, cuando el radicalismo firmó primero el Pacto de Olivos por la reelección de Menem y se asoció después del breve interregno de la Alianza al peronismo bonaerense, convirtiéndose en su apéndice. Cuando la gente empezó a pensar que los políticos "son todos lo mismo" y empezó a pedir "que se vayan todos", señal era de que ya no distinguía entre un partido de gobierno y otro de oposición.
Pero hoy hemos llegado a un extremo tal que el paso de la centroderecha de Menem a la centroizquierda de Kirchner se dio en el interior del mismo partido y con tal furia que la demonización de Menem y la exaltación de Kirchner hablan más de un espíritu de facción que de una rotación consensuada.
Una causa de ello es que el peronismo conserva el estilo militar de sus comienzos. Según la verticalidad que lo caracteriza, cuando hay un nuevo jefe, sea Menem o Kirchner, todo el partido se alinea monolíticamente detrás de él, impidiendo el debate interno. Pero la responsabilidad principal por nuestra ausencia de bipartidismo reside en la oposición no peronista.
Un día, al pasar por una pequeña aldea de la cual se burlaban sus hombres, Julio César les advirtió: "Prefiero ser el primero en esta aldea que el segundo en Roma". Lo mismo dicen hoy los López Murphy, los Macri y los Sobisch: prefieren ser los primeros en sus pequeñas "aldeas" que ser segundos en una gran conjunción opositora capaz de rivalizar con el peronismo. Pero César pudo lo que ellos no podrán porque avaló su soberbia con la espada.
En el cerebro, el hemisferio izquierdo es el de la disciplina y la razón, en tanto el derecho es el de la imaginación y la creatividad. En el sistema bipartidista, el hemisferio izquierdo lo ocupa el gobierno y el derecho, la oposición. Es a ella que le corresponde pensar lo nuevo, para cuando llegue la hora del desencanto y el nuevo encanto. Aunque esté, como está, hipertrofiado, el hemisferio izquierdo nunca podrá reemplazar entre nosotros la atrofia del derecho. Mientras ésta continúe, nuestra democracia padecerá de hemiplejia.
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