Cuando era pequeño, junto al río Salado, escapé del cuidado de mis padres y me metí, imprudente, en el río. Me rescató un señor que tomaba sol o pescaba en la orilla. Recuerdo vagamente el llanto nervioso de mi madre, la severidad tardía de mi padre, las felicitaciones y el agradecimiento para un señor (un desconocido) que nunca volví a ver en mi vida. Un episodio: un momento, unos pocos segundos, un puñado de minutos, la diferencia entre la vida y la muerte.
Años atrás, entre las notas "de verano" -largas notas que llevan tácito el permiso de explayarse, de registrar más cosas que la cotidiana crónica nerviosa- que debía encarar, había una que pintaba como rutina pura: recoger del jefe de buzos tácticos alguna recomendación más o menos repetida sobre los cuidados que debe tener un bañista cualquiera, en época estival, al introducirse en ríos, lagunas o tosqueras para refrescarse. Esperaba una nota casi protocolar, un trámite de rigor. Sin embargo, ese señor me explicó una a una las fases de la muerte de un ahogado. Una muerte terrible, bastante más larga que el par de minutos que uno puede estar debajo del agua sin respirar. Jamás me olvidé del impacto que me causó escuchar, registrar y publicar esa nota.
Más adelante, escuchaba los relatos de mi tío Hugo, bombero en Esperanza y encargado obligado, por templanza, por fuerza física y por experiencia, del duro trabajo de rescatar un cuerpo muerto de las aguas. No era ni es una tarea para cualquiera.
Por esta época, de a uno, aquí y allá, en el Salado, en la Setúbal, en el Paraná, en el Leyes, en una cava, en el Coronda, la cifra de ahogados crece en forma lenta pero segura. Al final de la temporada, sólo en el departamento La Capital, habrá veinte o treinta personas menos, ahogadas todas.
En la mayoría de los casos, la causa de una muerte así es casi siempre la misma: imprudencia.
El diccionario dice que prudencia (del latín prudentia) es una de las cuatro virtudes cardinales, que consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo, para seguirlo o huir de ello. También registra: templanza, cautela, moderación, sensatez y buen juicio.
�Qué otra cosa sino imprudencia hace que una persona, aun sabiendo nadar, se arroje al agua en un sitio desconocido o peligroso? Para buena parte de los santafesinos, la laguna o los ríos son los patios infantiles de juego. Y mucha gente sabe nadar muy bien. Esas personas, en general, son las que más respetan el agua.
La gente de la isla dice siempre, sabia y lacónicamente: "El agua no tiene gajos".
Le debo a Eliot la admonición: teme la muerte por agua. Y también ese bello poema IV de "La tierra baldía", que le da título a esta nota, en el que se refiere a Phlebas, el marino o el fenicio (que es lo mismo), muerto hacía quince días, desentendido ya de sumas y restas, rodando en las profundidades, ahogado. Y la advertencia final: "Acuérdate de Phlebas, que fue en otro tiempo tan gallardo y alto como tú".