Si preguntaran mi opinión sobre la educación sexual en las escuelas, inmediatamente manifestaría mi acuerdo. Si acto seguido me preguntaran acerca de los contenidos de un programa de educación sexual, no sabría qué responder. Sinceramente, creo que no hacen falta un programa escolar y una maestra para explicar -por ejemplo- que a los chicos no los trae la cigüeña. Digamos que lo que importa saber en materia biológica se resuelve en una clase de anatomía. En los tiempos que corren, no es muy difícil acceder a una información básica sobre sexo y relaciones sexuales. Si a esa información no la da la escuela, la dan los amigos, la televisión, la familia.
Para bien y para mal, el sexo está incorporado a la vida cotidiana y, en más de un caso, el problema no lo presenta la moral puritana con su cuota de hipocresía y represión, sino la amoralidad de las sociedades de consumo con su cinismo y su vulgaridad.
Y ahora ingresamos al tema que interesa. Dejemos la anatomía para los médicos y los sermones para los curas y preguntémonos acerca de lo que importa, de aquello que a cada hombre y a cada mujer en particular le cuesta tanto entender y de aquello que no se resuelve con un programa de educación sexual.
En "El arte de amar", Erich Fromm se pregunta sobre lo que representa el amor para el mundo moderno y sobre las dificultades que encuentran los hombres para establecer relaciones fundadas en el amor. Fromm no se refiere al amor en términos generales, se refiere al amor de pareja, a esa relación que se confundió con la procreación, que después se confundió con la sexualidad, hasta que en algún momento alguien empezó a reconocer que el amor entre un hombre y una mujer dispone de su propia lógica, que existe algo que se llama encanto, atracción, deseo... Algo que todos deseamos, de lo que todos alguna vez hemos oído hablar, pero que suele ser leve y fugaz como una brisa.
En definitiva, conocemos más del amor por el camino de la nostalgia, al igual que si fuera como la vida: algo que fatalmente se pierde. Lo que Fromm se pregunta es por qué, si el amor es tan importante, la gente habitualmente no se interroga ni se prepara para ello, como si el azar o el destino fueran los encargados de decidir en esta cuestión.
Sobre el amor se ha hablado mucho, pero no se ha insistido demasiado acerca de la necesidad de saber de qué se trata. Importa, en principio, despejar algunos nubarrones. A pesar de lo que digan los poetas, se puede vivir sin amor; hay muchas personas que aportaron valores importantes a la humanidad y no han conocido el amor. Es más, es probable que el precio a pagar para realizar esas grandes tareas haya sido la ausencia de amor, el renunciamiento al amor.
Históricamente, la humanidad confundió al amor con el placer sexual y la procreación. Durante siglos, el sexo fue estigmatizado, hasta que llegaron las libertades sexuales con sus consignas a favor de la píldora, del aborto y sus críticas despiadadas a la moral puritana de los fariseos de turno.
Si la libertad sexual fue un progreso, convengamos que muchas de sus conquistas fueron atrapadas por las subculturas en sus versiones más groseras y livianas. Digamos que quienes en los años sesenta se movilizaron a favor de la libertad sexual lo hicieron para liberar a la humanidad de las redes de la represión y la hipocresía y no para que el sexo se transformase en la más vulgar y grosera mercancía.
Ni alienaciones sexuales ni alienaciones religiosas: el derecho a amar debería ser la consigna superadora, la consigna que, de realizarse, incluiría a todo lo demás. Conocer el amor le permitiría a los hombres intuir los colores de la felicidad o, como le gustaba decir a Borges, mirar a la persona amada con los ojos con que Dios seguramente nos mira a cada uno de nosotros.
Hablo de un derecho al que, como a tantos otros, hay que ganar pagando el precio de vivir, aprendiendo a conocerse uno mismo y aprendiendo a respetar y a conocer al otro. En los temas del amor no hay garantías, tampoco esperanzas infinitas. Pero hay que aprender a conquistarlo con las armas de la libertad y del coraje, de la sensibilidad y la ternura. Al arte de amar no se lo aprende en un curso. Su saber no está en los libros ni en los folletos; aprender a amar es tal vez la exigencia más frontal que la vida les presenta a los hombres. Todos quieren disfrutar de ese misterio; muchos creen que lo han conocido y, en realidad, lo único que conocieron fue una copia devaluada del original. Otros están mutilados y son pocos, muy pocos, los que han sabido merecerlo.