Cora, nuestra vecina, se apiadó del desolado "jardín" del frente de casa, donde por ahora reina con dispar éxito un poco de césped que intenta afianzarse entre malezas y el ir y venir de las hormigas. Nos regaló un jazmín que fue plantado con cierta pompa en el centro del pequeño terreno, el tallo atado a medio palo de escoba. Primero, se le cayeron una a una todas las hojas; luego, el tallo tomó un enfermo color entre ocre y amarillo pálido. Con el correr de los meses, dimos por fracasado el intento. Y en el mismo lugar, sin sacar el pálido tallo pelado, plantamos otros dos brotes de jazmín que igualmente sucumbieron con rapidez ante la incontenible voracidad de las hormigas.
Sin embargo, no sin sorpresa, por estos días, alentado quizás por el inusual calor de junio, el jazmín inicial se llenó de pequeños pero indisimulables brotes. Mustio arriba, quizás albergaba vida todavía en sus raíces, y desde allí, después del cimbronazo del transplante y del nuevo sitio (que el agua de más o de menos, que el césped que la ahoga o no, que las hormigas, que el sol de la mañana o de la tarde, que la impericia o la ansiedad del jardinero), el jazmín nos dio otra lección: también, como la muerte, la vida es persistente y requiere de un pequeño puñado de estímulos para surgir, para persistir, para abrir el ciclo completo. Incluso, requiere de cierta indiferencia: la vida igual hace su trabajo.
Días pasados, el diario publicó una foto enviada por un lector donde un girasol, bello y solar, se erguía en medio de un montículo de escombros y basura, casi una traducción santafesina para la fábula de la sufrida flor que igual crece al costado del camino, castigada por el sol, el polvo, la soledad.
Esta semana, a la hermosa panza evidente de Carito le llegó el turno de la ecografía del quinto mes: mi hija crece allí, irrefrenable, segura. Se dibuja su sexo, se afirman sus mínimos huesos, bosteza, se retuerce, mientras su corazón galopa como un caballo suelto.
La vida es poderosa. En todas partes y en condiciones que creemos imposibles, allí está lo vivo, nutriéndose de lo muerto (Eliot dixit), reinaugurando el ciclo entero que sólo nosotros, presuntuosos, creemos agotado en nosotros mismos.
Somos nada en medio de todo.
Todo en medio de nada.
Impulsos tenaces donde y cuando ni siquiera hay impulsos.
A veces se trata de un pequeño, un mínimo latido; o menos, la presunción de un latido, una reverberación, un sonido posible.
Creo que la muerte es o sería menos ominosa y terrible si admitiéramos que sólo posibilita, habilita, alimenta y hasta determina nueva vida.
El incomparable Arquíloco, vital como pocos, declaraba: "Ningún ciudadano es venerable ni ilustre cuando ha muerto. El favor de quien vive preferimos los vivientes. La peor parte siempre toca al muerto". Y Estesícoro sentenciaba que "es de lo más torpe e inútil llorar por los muertos". "Todo cae -dice con brillante escepticismo Michaux-, tú mismo ya vagas entre las ruinas del mañana". Es cierto. Pero, también, todo crece, todo se levanta, todo empuja y se abre. Todo pasa. Todo sigue.